Una guerra ilegítima

Por Mario Soares, presidente de Portugal de 1986 a 1996.Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 23/03/03):

Acompañada de su cortejo de horrores, la guerra contra Iraq comenzó en la madrugada del día 20 de marzo. Pudimos presenciar su inicio en directo en las televisiones de todo el mundo. Oímos las palabras del presidente Bush, que, con su acostumbrada obcecación, afirmaba que la guerra sería terrible –dado que, de modo patente, aplicaría el inmenso poder de sus nuevas armas sin compasión–, aunque añadía que, tal vez, esta guerra podría ser menos rápida de lo previsto. Oímos también las palabras del dictador Saddam Hussein, pasmosamente sereno y seguro de sí mismo, quien lanzaba una maldición sobre Norteamérica y el “impío” Bush. Nos resta, ahora, asistir hasta la extenuación a la trivialización de las imágenes de las muertes, devastación y padecimientos de la población inocente (según los rigurosos criterios televisivos del vencedor, sancionado ya antes de la ruptura de las hostilidades, tal es la desproporción de su aplastante poderío militar) y a las imprevisibles –ésas sí– consecuencias de la guerra en la región, como asimismo a los “daños colaterales” que (en todos los sentidos) ésta producirá inexorablemente.

Se trata, como se ha subrayado reiteradamente, de una guerra “ilegal”, “ilegítima” e “inmoral”, librada contra la voluntad de una “mayoría moral” (la expresión es de Colin Powell) del Consejo de Seguridad de la ONU. Aún peor: de una guerra “innecesaria” toda vez que sus invocadas razones (armas de destrucción masiva, conexiones con el terrorismo islámico internacional, restablecimiento de la democracia en la región) se fueron modificando, con el paso del tiempo, a gusto de las conveniencias.

Cuando el equipo de inspectores de la ONU dirigido por Hans Blix, alentado por las concesiones alcanzadas, pedía más tiempo por haberse verificado progresos en el desarme, el argumento justificativo de la guerra pasó a ser, pura y simplemente, el apartamiento del dictador Saddam Hussein. ¿Por qué no se recurrió, entonces, al Tribunal Penal Internacional, solicitando el juicio y condena del tirano bajo la acusación de genocidio y crímenes contra la humanidad? Seguramente, y con mayor eficacia, se habrían evitado millones de muertes, la devastación irremediable de un patrimonio histórico de incalculable valor y quizá catástrofes ecológicas irreparables. Por no hablar de los muchos miles de millones de dólares que cuesta la guerra y que bien podrían emplearse en la lucha contra la pobreza en la región.

Sin embargo, no se le ocurrió tal idea a la coalición invasora. No se le podía ocurrir. La Administración Bush es enemiga, como es sabido, del Tribunal Penal Internacional y quiere destruir el Tribunal Internacional, símbolo del sistema de la ONU. El auténtico objetivo de la guerra, aunque nunca confesado –el dominio del petróleo– no se alcanzaría sin guerra. Y este factor constituía –y constituye– la cuestión esencial. De modo que se fue, irresponsablemente, a una guerra preventiva de consecuencias –reitero– imprevisibles para Oriente Medio y para el mundo, pasando por alto los apremiantes llamamientos en favor de la paz desde todos los rincones de la tierra, de Juan Pablo II a Mandela, Gorbachev o Carter; de los 41 científicos norteamericanos premio Nobel al jefe de las fuerzas armadas norteamericanas en la guerra del Golfo, general Schwarzkopf, sin olvidar los millones de manifestantes que, en todos los continentes, alzaron su voz por la paz.

Se trata de la primera vez en la historia del mundo en que una guerra comienza tan carente de razón, en medio de tantas protestas y tan grandes inquietudes. Con Bush, el “mal elegido”, la diplomacia norteamericana se anotó una de las mayores vergüenzas que se recuerdan. Incluso los países más dependientes de Estados Unidos tuvieron la valentía, en el último momento, de pronunciarse contra la guerra: Pakistán, Turquía, México, Chile, los propios estados africanos con asiento en el Consejo de Seguridad. E incluso aquellos cuyos gobiernos de forma más o menos vergonzante se manifestaron en favor de las posturas norteamericanas invocando la vieja alianza atlántica –como, lamentablemente, el portugués, en la cumbre de las Azores, que la prensa internacional calificó de “cumbre de la guerra”– hubieron de reconocer que actuaron en rebeldía, contra la opinión mayoritaria de sus ciudadanías respectivas.

La guerra representa un hachazo muy fuerte asestado contra el sistema de la ONU y la Unión Europea según la concepción de los llamados “países fundadores”: un proyecto de paz, de seguridad colectiva, de justicia social y de respeto por el derecho internacional y por los derechos humanos. Confiemos en que tanto la ONU como la Unión Europea sepan bregar, como una sola voz –en unión de ese fenómeno nuevo que es la ciudadanía global–, por la voluntad de paz, de bienestar y de justicia de los pueblos del mundo.

“Newsweek” pregunta esta semana en su portada, con entera pertinencia: “¿Por qué razón Norteamérica asusta al mundo?”. Y responde: “Porque la cruzada de Bush no convence y la arrogancia del poder imperial es insoportable”. Como dice con razón Gorbachev: “Norteamérica no es la dueña del mundo…”.

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