Una herencia irrenunciable

«En nombre de nuestra fe, tenemos el derecho y el deber de apasionarnos por las cosas de la Tierra». Teilhard de Chardin pensaba que el cristiano debe trabajar con la fe y no al margen de ella, rompiendo con un dualismo, que reducía el ámbito de la creencia a la relación personal con los ritos de la comunidad de fieles, y hacía del espacio del trabajo, de la presencia en el mundo, asuntos en los que había de prescindir de las exigencias de sus convicciones religiosas. Para el cristiano, sin embargo, el aislamiento del hombre ni siquiera permite su realización. La verdad nos hace libres, pero a condición de que la vivamos como experiencia social y respuesta esperanzada a la llamada de un mundo en desorden.

El cristianismo ha demostrado a lo largo de la historia este compromiso esencial con la libertad. La ha defendido, más allá de atroces errores de individuos e instituciones, frente a los constantes asaltos a la integridad de la persona, frente a la quiebra de aquellos principios que nos garantizan una existencia digna. En el fondo de cada circunstancia penosa de la historia, ha estado siempre la protesta del mensaje original de Cristo, y también la voz perseguida y ultrajada de los cristianos. Cuando las palabras del Evangelio han sido profanadas, puestas al servicio de la explotación o la intolerancia, el vigor de su mensaje ha permanecido intacto, frente a quienes pretendían instrumentalizarlas. Aniquilando el pasado hasta convertirlo en un paisaje irreconocible, algunos sectores confunden el laicismo con su desprecio por la herencia cristiana de nuestra civilización. Estos propagandistas de la vacuidad ideológica y la intemperie moral tratan de presentar el cristianismo como la emanación cultural de una sociedad atrasada, como el lamentable producto de una época que el racionalismo y la modernidad empujaron al desván analfabeto de la historia.

Una herencia irrenunciable

Quienes alardean de oponer su tolerancia al oscurantismo clerical, establecen un absolutismo ideológico donde el cristianismo ha dejado de ser una opción libremente aceptada, tratada con respeto y sin las vejaciones con que se acalla cualquier esfuerzo de defenderlo. El cristiano es ridiculizado en cuanto intenta ser algo distinto al creyente confinado en la liturgia de una secta. Es denunciado en cuanto defiende que sus valores no deben encerrarse en los rituales, sino que deben inspirar una forma precisa de vivir en la sociedad, de proclamar unos principios. Los cristianos solo son respetados en un estado de estupor penitencial, reuniéndose en cenáculos para rogar por el perdón de sus pecados. O son elogiados cuando se entregan a tareas caritativas, destinadas a paliar el sufrimiento de los humildes. Un elogio siempre acompañado de la despreciable escisión entre el aplauso que merece la conducta de esos individuos abnegados, y el repudio a la incomprensible y extravagante fe que se empeñan en sostener, y mucho más cuando la defienden precisamente como motivación última de sus actos de amor esperanzado.

Pero quizás no debamos reprochárselo a quienes se han declarado enemigos del cristianismo, sino a los que, llamándose leales a esa doctrina, han aceptado que se recluya en un espacio aislado de la política concreta, acomplejado en su convencimiento inaudito de que las creencias religiosas carecen de dimensión ética y proyección social. Como si fueran más libres cuanto menos ejercen el sentido cristiano de la libertad. Es decir, cuando su vida pública no rinde cuentas a la búsqueda del bien, a la afirmación de la verdad. El drama del cristianismo de nuestro tiempo no es la agresión que el descreimiento ejerce, como ha venido haciéndolo desde el principio mismo de nuestra historia. El problema radical se encuentra en la desquiciada conducta de quienes, atemorizados ante las campañas de sus adversarios, aceptan que los preceptos morales son un aspecto reservado a la conciencia individual. Se encuentra en la disposición de una mayoría de cristianos a despojarse de sus creencias en cuanto se acaban las horas de liturgia y a aceptar que la sociedad solamente puede hacer uso adecuado de la libertad a condición de desplazar el cristianismo a la esfera de la privacidad.

Aquí no estamos ante la normal y lógica exigencia de que los cristianos respeten las opiniones de los no creyentes. Aquí estamos ante una gratuita y perversa retirada del debate intelectual de nuestro tiempo, al afirmar que la fe cristiana no debe proponer soluciones concretas a los problemas actuales ni opinar sobre cuestiones que afectan al valor de la vida humana, a la dignidad exigible de las personas en la búsqueda de su legítimo bienestar o a los derechos del individuo ante la destrucción de opciones morales que le privan de la posibilidad misma de elegir el tipo de existencia que desea. ¿Se pretende que nada digamos, desde nuestras convicciones cristianas precisamente, acerca del asalto al concepto mismo de libertad y de respeto a la vida que supone la defensa del aborto? ¿Se pretende que cerremos los ojos, nuestros ojos de cristianos, ante la desigualdad y la miseria crecientes que vulneran la capacidad de realización del ser humano? ¿Se cree que vamos a callarnos, como cristianos justamente, cuando se aniquilan los recursos culturales que albergan los valores que inspiraron la civilización de mayor brío humanista que ha conocido el mundo?

Hay en ello una curiosa y deleznable aceptación de una especie de derrota cultural, de abandono de una tradición que solo podemos actualizar si empezamos por aceptarla. No hace mucho, los documentos del Vaticano II afirmaron que los avances de la ciencia y la técnica permitían aguardar con gozosa esperanza la llegada de un tiempo en que la mitología y la intolerancia fueran superadas. Con la mirada puesta en las catástrofes deshumanizadoras del siglo XX, la Iglesia había señalado lo que le esperaba a una sociedad que diera la espalda a Dios y a los principios del cristianismo instaurados para asegurar la convivencia respetuosa entre personas iguales, entre vidas inviolables, entre existencias sagradas. Había advertido de la necesidad de la paz entre los pueblos, no fundada en consideraciones diplomáticas, sino en una idea precisa de la condición del hombre.

Al llegar el siglo XX, el cristianismo pudo presentar sus credenciales, tan antiguas y permanentes como la cultura en la que nació y a la que prestó su sustancia ideológica. Pudo presentarlas ante el grave riesgo de que la sociedad pasara a definirse por la extinción del legado evangélico como una fuerza moral que impregnase los debates y desafíos del mundo contemporáneo. Lo que padecemos hoy, en la forma de mal sinuoso que recorre el sistema circulatorio de nuestra decadencia como civilización, es esta inexplicable ausencia. Sin intelectuales que hagan del cristianismo una toma de posición ante el mundo, sin dirigentes políticos que hagan del cristianismo un orden moral, lo que estamos haciendo no es enriquecer las posibilidades del hombre, sino arrebatarle el sentido último de la libertad. Lo que hacemos no es dar testimonio de nuestro respeto ante las opiniones ajenas, sino dar fe de nuestra indiferencia ante la suerte de todos. Lo que hacemos no es preservar una propiedad privada, sino renunciar a una herencia que no nos ha sido ofrecida para condenarla a este avergonzado y humillante silencio.

Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto. Director de la Fundación Vocento.

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