Una historia compartida

En la política catalana parece que no hay lugar para otros debates históricos que no pasen por dos fechas totémicas: 1714 y 1936-1939. De la primera el separatismo ha abusado para intentar legitimar una ruptura que tuviera como mínimo 300 años de historia. Para ello ha buscado convertir una guerra de origen internacional sobre la sucesión a la corona española en una insufrible afrenta a Catalunya. Mientras que a la segunda recurre de forma insistente el conglomerado de Podemos y los comunes, sobre todo en el Ayuntamiento de Barcelona con su política de memoria histórica, como si la ominosa dictadura que se implanta tras la derrota republicana siguiera ejerciendo hoy algún peso o nada se hubiera hecho después de 1978 para reparar sus injusticias. Escuchando según qué discursos, a veces parece que Franco murió anteayer, cuando resulta que la inmensa mayoría de los españoles ya no ha vivido ni un solo día bajo ese régimen. Han transcurrido ya más años de democracia que de dictadura, de forma que seguir afirmando la existencia de un franquismo que no acaba de pasar no tiene ningún sentido.

Este monocultivo histórico con fines políticos en el que se refugian por separado independentistas y comunes está condenando al ostracismo otras efemérides que merecerían algún tipo de celebración pública para estimular el debate. Este 2016 es el quinto centenario de la muerte de Fernando el Católico, rey de la Corona de Aragón, sin que en Catalunya se haya hecho nada al respecto. Sin embargo, es una figura de enorme interés que permite una aproximación, llena de matices, a nuestra historia compartida. Su mayor éxito fue el matrimonio con Isabel de Castilla en 1469, lo que permitió la construcción de un Estado moderno que supo tejer una política de alianzas que fue alabada por Nicolás Maquiavelo en El Príncipe (1532). La toma de Granada, el descubrimiento del Nuevo Mundo, la incorporación de otros reinos como Nápoles y Navarra o la recuperación de los condados del Rosselló y la Cerdanya, ocupados por Francia durante la guerra civil catalana, lo convirtieron en un estadista cuyo ejemplo se enseñó durante siglos a los príncipes europeos. Con los Reyes Católicos, gracias particularmente a Fernando, España se convirtió en una potencia global que arrebató la hegemonía europea al papado y al Sacro Imperio, y que logró aislar a su más inmediato rival, la monarquía francesa.

A nivel estrictamente catalán, la figura del monarca aragonés abre muchos elementos para el debate. Logró la pacificación completa del Principado, por un lado alcanzando un acuerdo implícito con la oligarquía aristocrática barcelonesa contra la cual había luchado su padre, Juan II; y por otro, poniendo fin al conflicto que libraban los payeses de remença con la nobleza mediante la Sentencia Arbitral de Guadalupe (1484). No liquidó el feudalismo, pero sí sus abusos. Logró afianzar el control del poder real frente a las instituciones catalanas, lo que le mereció la etiqueta de absolutista, aunque también se le rescató como ejemplo de pactismo y moderación cuando, un siglo más tarde, estalló el conflicto con la política de Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares. También tomó medidas económicas para arreglar el desorden de las cuentas públicas, sobre todo de la abultada deuda en Barcelona, lo que ayudó a superar la crisis y el estancamiento anterior.

Sin embargo, Fernando el Católico ha sido una figura denostada por la historiografía nacionalista por su origen Trastámara, dinastía castellana que fue elegida en el Compromiso de Caspe (1412) tras la muerte de Martí l’Humà. Por eso de muchas de esas cuestiones solo se ha querido ver el lado más negativo, acusándole de haber traicionado a los campesinos y la burguesía en favor de la nobleza o de haberse apoyado en un sistema clientelar para controlar las instituciones. También se le reprocha la expulsión de los judíos, un hecho que, como explica Ricardo García Cárcel, fue numéricamente irrelevante en una Catalunya, en cambio, muy castigada anteriormente por la persecución inquisitorial sobre los judeoconversos. Se asocia los Reyes Católicos con la nefasta Inquisición (1478), pero a menudo se olvida señalar que ya estaba presente en Catalunya desde el siglo XIII con la cruzada pontificia contra la herejía cátara. Aunque el gran historiador Jaume Vicens Vives hizo mucho por reparar el maltrato hacia el Católico, hoy aún pesa un cierto estigma cuyo reflejo es el actual silencio.

La unión de Castilla y Aragón fue ante todo personal y nació con una clara asimetría política entre ambos reinos por el mayor empuje económico y demográfico del primero. Pudo haberse roto tras la muerte de Isabel (1504) en una historia donde el azar jugó un papel importante, pero respondía a una poderosa fuerza centrípeta hacia la unidad de las Españas que Fernando logró finalmente preservar.

Joaquim Coll, historiador.

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