Una historia triste

En la novela «El primer hombre», publicada en 1994 , treinta y cuatro años después de morir su autor, Albert Camus escribe uno de los pasajes más conmovedores de la historia de la literatura. Es el instante en que el protagonista de la narración, Jacques Cormer y (alter ego de Camus), va a buscar la tumba de su padre, caído en octubre de 1914 en las riberas del río Marne, durante una de las batallas más tremebundas de la Gran Guerra. En ese momento del relato, al aproximarse a la lápida del cementerio de Saint-Brieuc, el protagonista del libro repara en la edad que tenía su padre al morir y en la suya propia.

Camus lo cuenta así : «Leyó (Jacques) dos fechas, 1885-1914, e hizo maquinalmente el cálculo: 29 años. De pronto le asaltó un pensamiento que le sacudió incluso físicamente. Él tenía 40. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él. Y la ola de ternura y compasión que de repente le llenó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado. Algo había ahí que escapaba del orden natural…, la locura y el caos que se desataban en el momento en que el hijo era más viejo que el padre».

El emotivo texto camusiano ha irrumpido en mi memoria a causa del aniversario de una muerte de la que ahora, en este 2015, se cumplen 70 años. No es una historia semejante, pero contiene el mismo aliento salvaje de burla al sentido íntimo de la naturaleza. El hombre fallecido en Nueva York en 1945 tenía entonces 86. Había nacido en España, en la provincia de Granada, y era un rico terrateniente, liberal, agnóstico y republicano, que llevó a cabo buenos negocios con el cultivo de la caña de azúcar. Pese a tratarse de una persona conservadora en sus ideas políticas, organizaba peonadas fuera de estación para repartir dinero entre los agricultores que trabajaban para él y aliviarles así el hambre. Estuvo casado dos veces y tuvo cuatro hijos de sus segundas nupcias, dos chicos y dos chicas. El primero de los vástagos era un muchacho alegre, desenfadado, «desviado» en sus gustos sexuales, como se decía entonces, que quería ser artista. A su padre le hubiera gustado que estudiase derecho o medicina, pero al joven sólo le atraían el piano, la poesía, el flamenco y las noches de bohemia con sabor a coñac y olor a tabaco. De modo que el padre se resignó, aceptó la homosexualidad de su hijo y, no sólo dejó que el chico se fuera a vivir y probar fortuna en la capital, sino que le financió la aventura.

Aquel finquero de la vegas del Genil se llamaba Federico García Rodríguez, un nombre muy común, del que puede que ahora mismo haya miles en España. Pero el segundo apellido de su hijo no lo comparte nadie, al menos que yo sepa: Lorca. Ese niño caprichoso, a quien su padre ayudó tan sólo por el desmesurado amor que le profesaba, alcanzaría a ser uno de los tres grandes poetas españoles de todos los siglos –los otros, en mi opinión, son Quevedo y Lope– y bien le valdrían a sí mismo los versos elegíacos que, un año antes de su muerte, compuso para el torero Ignacio Sánchez Mejías, corneado en la plaza de Manzanares: «Tardará mucho en nacer, si es que nace,/ un andaluz tan claro, tan rico de aventura».

Sabemos del vil asesinato de Lorca en agosto de 1936, a los 38 años… en este caso un hijo que moría antes que su primogenitor, otra gran burla de la naturaleza. ¿Y por qué esa tumba en Nueva York? Tras vencer en Granada la rebelión franquista, el nuevo gobernador, comandante Valdés, impuso a Federico García Rodríguez una «contribución» de 300.000 pesetas, para sostener a los alzados, y sus tierras fueron incautadas. Federico pidió salir de España, lo que le fue negado. Al fin, en 1940, consiguió el permiso para marcharse. Y un día de agosto de ese año, desde la borda del trasatlántico «Marqués de Comillas», vio por última vez tierra española, en la boca de la ría de Bilbao. Su nieto, Manuel Fernández Montesinos, cuenta que dijo: «No quiero volver a este jodío país en toda mi vida». En los meses siguientes, toda su familia se le unió en Nueva York, acogida por Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública durante la II República y buen amigo de Federico.

La muerte le sorprendió en el verano del 45. Todos los días, escuchaba la radio para enterarse si los aliados habían desembarcado ya en Europa. Y siempre tuvo a su hijo muerto anclado en la memoria.

Hace un par de años, viviendo en Nueva York, me acerqué un día de otoño al cementerio del pueblo que contiene sus restos. Se encuentra en Hawthorne, al norte de Manhattan, no lejos del curso medio del río Hudson. Una vez en el sitio, dar con la tumba –hay decenas de miles allí– requiere su tiempo, escondida como está entre delicadas colinas sombreadas por recios robles. Pero, gracias a la ayuda de una viejecita de la oficina del camposanto, pude encontrarla.

Como en todos los osarios americanos, los sepulcros se alinean casi militarmente, en pequeñas estelas de piedra de menos de un metro de altura y clavadas en vertical en el suelo. La de Federico García Rodríguez se encuentra entre los túmulos del matrimonio Islhast y el de la señorita Anne Smith.

No había flores en los alrededores con que preparar un ramillete para esa humilde tumba. Amarilleaban las hojas de los castaños, un árbol muy distinto del olivo granadino. Me acordé de otro verso de su hijo: «Yo canto su elegancia con palabras que gimen/ y recuerdo una brisa triste entre los olivos».

Rememorando aquella historia, trato tan sólo de rescatar la memoria de un gran tipo olvidado que tuvo el infortunio de sobrevivir a un hijo grande.

Javier Reverte, escritor.

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