Una hora de España

Tomo el título de Azorín, del maestro en el arte de ver. Pero no me sitúo, como él en su obra, frente a la España de la segunda mitad del siglo XVI, sino ante la España de hoy, la de esta hora crucial. A los que gustan trajinar con eso de la «memoria histórica», quizá interese la respuesta que Italo Calvino dio a quienes recabaron su opinión acerca del régimen de Franco. El autor de Las ciudades invisibles, desvinculado ya del Partido Comunista, caracterizó a dicho régimen como «un largo paréntesis en el proceso de descomposición de España». Se me ocurre relacionar la opinión del escritor italo-cubano con la solemne exhortación de Unamuno –nuestro gran vizcaíno– expresada años antes, en 1917, en El Gráfico, de Nueva York: «Porque hay que estar bregando a diario para que la España geográfica, terrenal, económica, no sea sino el cuerpo de la otra, de la España histórica o celestial». Triste sino el de esta vieja nación que se ve condenada a reconsiderar su propia existencia –o subsistencia– cada generación. Salvo algún paréntesis, por lo visto.

La actual situación de España evoca la escena representada en el célebre cuadro de Rembrandt «Lección de anatomía», en el cual el doctor Nicolaes Tulp, acreditado anatomista neerlandés, muestra a los asistentes la disección del cadáver de un ajusticiado. En efecto, todos asistimos atónitos al torpe descuartizamiento de España, más que a su disección. Lento ha sido su ajusticiamiento, que no es otra cosa que su desnacionalización. Primero nominalmente, mediante la progresiva sustitución de los adjetivos «nacional» o «español-española», por «estatal», en relación con los escasos organismos que permanecen adscritos a la Administración del Estado, tras su vaciado competencial a favor de las centrífugas criaturas autonómicas. Y a través de las diversas «inmersiones lingüísticas» y la invención de toda clase de «hechos diferenciales» e «historias particulares» adversarias de las construidas en el vecino patio autonómico, y de la propia historia común. Todo ello en el marco de un multiculturalismo utópico, producto de nuestra vertiginosa decadencia demográfica y de la ausencia de una política migratoria realista y responsable.

Una hora de EspañaLas recientes y agotadoras elecciones generales, autonómicas y municipales, y el subsiguiente chalaneo en el mercado secundario de votos para formar los respectivos gobiernos y parlamentos, están poniendo a prueba la propia consistencia de la llamada democracia representativa, así como la gobernabilidad del Estado de las Autonomías. ¿A quién y para qué han votado realmente los españoles? Las negociaciones postelectorales ponen de manifiesto maridajes de conveniencia en función de intereses exclusivamente partidistas. Se compran y venden votos (los votos de los votantes) como si fueran auténticos títulos valores y al margen de los previos compromisos electorales, explícitos e implícitos, confesados e inconfesables. Se efectúan esas compraventas confundiendo la normal oferta de políticas públicas en un sistema democrático, con espurias demandas soberanistas contrarias a la Constitución política de la Nación y a su esencial fundamento: su Constitución histórica. España, tres milenios de Historia, puso por título el profesor Domínguez Ortiz a su obra jubilar.

Hay que insistir. El disparatado proceso de transferencias a las autonomías en materia de educación, sanidad, servicios sociales, cuencas hidrográficas, fiscalidad, relaciones internacionales, orden público, administración de justicia y penitenciaria… y tantas otras, nos ha traído hasta aquí. No se trata ya de la flagrante quiebra que ello ha supuesto de principios constitucionales básicos, como los de igualdad, equidad o seguridad jurídica, imprescindibles para el normal y armónico desenvolvimiento de la sociedad y de la economía. La penetración en el organigrama institucional de los partidos separatistas, en ocasiones resultado de la inconcebible legalización de auténticas bandas terroristas como ETA, y el impune comportamiento de otros con declarada intención secesionista-anexionista de regiones enteras del territorio nacional (Cataluña-País Valenciano-Baleares; País Vasco-Navarra…), anuncian un preocupante desenlace.

La principal causa de semejante panorama no es otra que el inconcebible diseño y ulterior despliegue del llamado Estado de las Autonomías. De una organización (¿?) del Estado que, para decirlo con palabras del profesor Juan A. Santamaría, escritas hace ya unos cuantos años, «[…] sólo genera incertidumbres, […] que impide gobernar y administrar con normalidad y espíritu cooperativo y que es una fuente de conflictos, de actuaciones de recelo y hostilidad recíproca; [de] un régimen que si no constaran la ignorancia, la improvisación, el arbitrismo y la falta de sentido de la realidad con que fue montado, se diría hecho mal de propósito». A lo que habría que añadir como complemento: la inacción correctora de tales defectos por parte de los sucesivos gobiernos centrales (fracaso de Loapa); la todavía vigente Ley Electoral –inalterada prácticamente desde 1977–, la cual concluye por conferir a los minoritarios partidos disgregadores locales un peso decisivo en las cuestiones nacionales, razón por la cual los gobiernos del Estado han tenido que contar con ellos para formar las mayorías necesarias con que gobernar. Resulta notable que pueda hablarse ahora de la disolución del bipartidismo, cuando el mismo no ha existido propiamente nunca, pues tanto PSOE como PP han tenido que contar con la «aquiescencia», con el «generoso beneplácito», de dichos partidos para constituirse en Gobierno de todos. Habría que hacer inventario de las contrapartidas otorgadas a tan contaminantes socios, no sólo en cantidad sino en calidad, para tener una idea de su influencia. Y en el reparto de papeles para la representación del drama, hay que incluir también al oligopolio de los influyentes medios de desinformación tan eficaces a la hora de manipular hechos, opiniones e ideas al servicio de intereses unas veces identificables y otras no.

La influencia del movimiento globalista dedicado a borrar cualquier expresión de la identidad secular de las naciones, y que, en el caso de la nuestra, actúa con predilección sobre sus propios fundamentos, sobre su ethos social, ha de anotarse igualmente entre los factores coadyuvantes a la disolución nacional. No otra cosa es la cristianofobia ejercida y patrocinada desde diversas instancias, acompañada por la práctica desaparición en escena de la Iglesia española que, es dolorosísimo reconocerlo, ha pasado de la declaración de la unidad de España «como bien moral» al consentimiento de ciertas iglesitas (¿?) inconcebiblemente afectas a diversos separatismos. Sí, aun siendo muy doloroso, es preciso reconocerlo, pues como dijo el gran Cicerón: «La verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio».

En suma, España se encuentra en la mesa de disección del doctor Tulp, inerte y a la espera de ser descuartizada. Como diría el malogrado profesor Salvador de Moxó, nuestra «[…] querida Patria, España, obra común de reyes y labradores, de guerreros y clérigos, de pastores y mercaderes…», se encuentra gravemente enferma y amenazada. Hasta la fecha, sólo S.M. el Rey Felipe VI ha comparecido para evitarlo. Sólo el Rey y el valiente testimonio de una niña catalana de diez años, al parecer sometida a la agresión de su presunta profesora por dibujar en su cuaderno un corazón con la bandera de España, y escribir bajo la enseña: «¡Viva España!».

Leopoldo Gonzalo y González es catedrático de Hacienda Pública y Sistema Fiscal.

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