Una idea actual de España

Éste es un extracto del discurso pronunciado ayer por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en el Teatro Real de Madrid, durante el acto de celebración del número 100 de la revista La Aventura de la Historia (EL MUNDO, 02/02/07):

Cien ejemplares, nueve años de vida, denotan ya una continuidad consolidada de una aventura editorial en un campo tan difícil como el del estudio de la Historia. Durante este tiempo, La Aventura de la Historia ha contribuido a la difusión del conocimiento. Ha contado con aportaciones de representantes, consagrados y noveles, del mundo académico. Y ha dado voz a simples interesados en los debates que ha suscitado el devenir político, social y cultural de España. Ha cumplido, pues, un buen papel.

En todo relato histórico hay siempre, en palabras de Benedetto Croce, un ejercicio de Historia contemporánea. Queramos o no, se indaga el pasado con la mirada siempre puesta en el presente. Nos acercamos al pasado según nuestras propias experiencias y preocupaciones.

Cuando se hace Historia con rigor, ésta nos da claves decisivas sobre el presente. Para ello se requiere atenerse a la metodología científica apropiada y ser respetuosos con los hechos. Serlo siempre, aunque los interpretemos. Como señalara José Antonio Maravall, siempre interpretamos, ya que los hechos están envueltos en pensamiento, tejidos de ideas, aspiraciones y sentimientos.

Si se falsean los hechos, si se bucea en el pasado más o menos remoto con voluntad selectiva, no se hace Historia. Se busca simplemente, revestidos con el armiño de la Historia y de la ciencia, encontrar coartada para juicios predeterminados sobre el presente o, peor aún, para la formulación solemne de profecías cuyo desmoronamiento exigirá el paso de una o dos generaciones. Estarán conmigo en que, en los últimos tiempos, tenemos sobrados ejemplos de esto último.

Por el contrario, si nos protegemos de la falacia del presentismo, del intento de enjuiciar desde categorías presentes lo que sólo resulta inteligible en su contexto temporal, nuestra incursión en la Historia nos permite entablar un diálogo fructífero entre pasado y presente, clarificar mejor los rasgos de nuestro propio entorno económico, social y cultural, arrojar luz sobre la génesis y evolución de los conceptos con los que operamos políticamente.

Porque si es bien cierto que los hombres hacen la Historia, no lo es menos que la Historia hace a los hombres y modela su destino. De ahí que las distintas aportaciones a la nuestra nos permiten comprender mejor la evolución de nuestra sociedad y los rasgos que caracterizan a la España actual.

Creo firmemente que no hemos sido un país tan anómalo, fracasado o excepcional en nuestra Historia. En Tartessos o Iberia, en Hispania o Al-Andalus, en Sepharad o España, todos los que hemos vivido en esta tierra, desde que dejamos huella en las pinturas de Altamira hasta que nos reconocemos en Las Meninas, Los fusilamientos de Madrid o El Guernica, todos, hemos tenido una visión de España. Todos, hasta sin saberlo, hemos trabajado por construir un espacio en el que vivir. Vivir cada vez más, vivir cada vez mejor. Lo hemos hecho a un ritmo propio. Hemos tenido mejores y peores épocas. Hemos escrito páginas gloriosas y hemos sufrido episodios ominosos. Hemos triunfado en nuestro proyecto colectivo y hemos padecido el equivalente a décadas de retroceso.

Durante siglos nos hemos interrogado, probablemente como pocos pueblos, sobre nuestro propio ser y nuestro propio destino. Al tiempo que lo hacíamos, hemos tratado de resolver los problemas esenciales para nuestra supervivencia individual y colectiva. Y en ese empeño, nuestra velocidad de crucero se ha ido acelerando con el paso de los tiempos.

Pero al concluir la dictadura franquista -éste es el horizonte en el que la mayoría de nosotros hemos hecho y hemos aprendido Historia- teníamos pendientes de resolver problemas de gran dimensión y calado. Cuestiones decisivas que, sólo una vez resueltas, podrían permitirnos nuestra plena inserción en la modernidad y nuestra ubicación definitiva entre los países más avanzados.

Sin democracia, la política había jugado, durante siglos, en contra de las capacidades y del dinamismo de nuestra sociedad, lastrando el desarrollo de sus potencialidades. La política, sin embargo, las encauzó a partir de la recuperación de la democracia y, singularmente, desde el establecimiento de los principios, valores, derechos e instituciones contenidos en nuestra Constitución de 1978. En las tres décadas transcurridas desde entonces, España ha dado un vuelco a su trayectoria de siglos.

Ha progresado extraordinariamente en el campo económico y social, ha consolidado la democracia y sus instituciones, ha reconocido y desarrollado derechos y libertades, ha encontrado equilibrio y cohesión territoriales, ha ocupado un lugar identificable en el mundo. Ahora estamos en las mejores condiciones para responder exitosamente a los nuevos problemas, a los nuevos desafíos que tenemos por delante. Con toda seguridad, será mejor si los abordamos desde el diálogo y el acuerdo, desde el consenso en las cuestiones fundamentales, desde el espíritu con el que iniciamos la construcción de la democracia, desde el contenido esencial de nuestra Constitución de 1978, cuyo valor supremo reivindico. Y también desde el reconocimiento mutuo de la legitimidad del lugar institucional en el que a cada uno han situado los ciudadanos.

Buena parte de la contraposición entre las distintas versiones y visiones de España que se han prodigado en los últimos decenios venía del gran fracaso colectivo, éste sí, que supuso la Guerra Civil y las dramáticas consecuencias en las décadas posteriores.

(…) La Constitución de 1978, como producto más logrado del proceso de transición y consolidación de la democracia, nos proporcionó el marco de principios, valores superiores y estructura institucional plenamente homologables con las democracias más consolidadas.

Nos fijó el horizonte para avanzar hacia una sociedad democrática avanzada. Nos impulsó a favorecer las relaciones pacíficas entre los pueblos. Instauró un Estado social y democrático de Derecho. Consagró la monarquía parlamentaria como forma política del Estado. Recogió un extenso y actualizado catálogo de derechos civiles, políticos y sociales, sentando las bases para los llamados de cuarta generación. Reconoció el pluralismo político y social. Situó la defensa del Estado y la dirección de la administración militar en el catálogo de competencias del Gobierno. Protegió la libertad religiosa y la aconfesionalidad del Estado. Acogió un catálogo razonable de mecanismos parlamentarios de control al Gobierno. Promovió una economía libre, capaz de asegurar a todos una digna calidad de vida. Afrontó la descentralización política en la estructura territorial, regulando básicamente el Estado de las Autonomías.

La fortaleza de la Constitución de 1978 residió y reside, tanto o más que en el acierto de sus contenidos, en la inmensa legitimidad derivada del soporte político y social con el que se elaboró y se aprobó; en ser el símbolo supremo del consenso. (…) En el marco ofrecido por la Constitución de 1978, España ha cambiado decisivamente su realidad económica, social, cultural y política. Ha vivido las décadas más fructíferas en un muy largo periodo de su Historia.

Durante este período fecundo, más allá de los errores e insuficiencias en los que todos hayamos podido incurrir y de las legítimas y, a veces demasiado intensas, discrepancias que hayan podido subsistir, todos los gobiernos, de uno y otro signo, han hecho avanzar a España. Los gobiernos de Adolfo Suárez y Calvo Sotelo contribuyeron a poner en marcha y a culminar el proceso constituyente. Los de Felipe González consolidaron la democracia y llevaron a cabo la gran tarea modernizadora de España. Los de Aznar la completaron con nuestro ingreso en la Unión Económica y Monetaria, sentando las bases de una sana cultura de estabilidad presupuestaria.

Como presidente de un Gobierno socialista, me siento orgulloso de formar parte de una fuerza política que siente la Constitución como la de todos; de una fuerza política que ha sido parte activa de todos los grandes consensos de este período democrático; de una fuerza política que, además, lo ha gobernado durante más de la mitad de su duración. Por eso dije en mi discurso de investidura que «la reciente Historia de España es un proceso compartido en el que, en sus diferentes fases, todos hemos jugado un papel que hemos de reivindicar y asumir colectivamente».

Cuando digo todos, me estoy refiriendo a todos. A todos los partidos, a las organizaciones sociales, a intelectuales, artistas y trabajadores de todas clases. Me refiero al conjunto, a los distintos sectores sociales y a las distintas Administraciones. Y, por encima de cualquier otro sujeto, a los ciudadanos que son, en definitiva, los protagonistas, destinatarios y beneficiarios últimos de la evolución social.

(…) España ha progresado más en sólo tres décadas, y los españoles se han beneficiado más de ese progreso, que en varios siglos juntos de nuestra Historia reciente. Hemos consolidado definitivamente la democracia en España. Si exceptuamos el periodo que transcurre entre 1876 y 1923, en tantos aspectos no comparable con la democracia actual, vivimos el periodo más prolongado de estabilidad institucional de nuestra historia constitucional.

(…) Durante este periodo histórico, los españoles han sido más ciudadanos que nunca, han contando con más derechos, relacionados con la cultura, el medio ambiente, o la más amplia protección, y han disfrutado de plenas garantías para su ejercicio. El esfuerzo por la igualdad de género o la supresión de toda discriminación en función de la opción sexual son, en este orden de cosas, logros irreversibles.

La Constitución estableció el esquema de descentralización territorial, pero ha sido a lo largo de este periodo cuando se ha puesto en marcha realmente el Estado de las Autonomías. En su desarrollo, siempre se ha avanzado en la misma dirección: el incremento del nivel de autogobierno.

Asistimos ahora a un nuevo ciclo de reforma estatutaria. Un ciclo cuyo inicio en cada comunidad se produce por parte de mayorías políticas distintas: en unos casos, del PSOE; en otros, del Partido Popular; en otros, de partidos con vocación nacionalista.

Es un ciclo en el que hasta ahora sólo existe un desacuerdo, Cataluña, convertido inicialmente en objeto preferente de la confrontación política y hoy ya preterido. En los otros casos ha habido acuerdo, y presumiblemente lo habrá en los que están en tramitación parlamentaria o van a ser remitidos al Parlamento. El deseo de más autogobierno es, pues, la regla, y la renuncia, la excepción. El acuerdo es, pues, la regla, y el desacuerdo la excepción.

La Historia reciente muestra que el Estado de las Autonomías ha sido beneficioso para cada una de ellas y para el conjunto. Como este nuevo ciclo de autogobierno se basa en el respeto a los valores, normas y procedimientos de nuestra Constitución y se construye con el mismo respeto a los intereses generales y a la solidaridad, mi conclusión no puede ser otra que la de que de este proceso, ya muy avanzado, resultará una mejor integración del conjunto con mayor nivel de autogobierno y mayor corresponsabilidad con lo que es común. Por tanto, una España más fuerte, una España más integrada.

(…) Hacienda, Seguridad, Justicia y acción exterior más fuertes [son los pilares] para un Estado más fuerte, más eficaz. Y más cohesionado, mejor vertebrado, con un Plan Estratégico de Infraestructuras y Transportes que ha apostado por una España en red, que prima a las zonas más necesitadas, y con una política de I+D+I que atiende también a la cohesión.

España ocupa hoy el lugar que le corresponde en el mundo; el que, por otra parte, desean muy mayoritariamente los ciudadanos. Defendemos el multilateralismo, el derecho y las organizaciones supranacionales, su contribución a la paz. Para ello, promovemos el diálogo entre culturas, pueblos y religiones a través de diversas iniciativas, singularmente la Alianza de Civilizaciones. Somos centrales en la Unión Europea y firmemente partidarios de su progreso como unión política y de los ciudadanos. Hemos superado la mera retórica en nuestras relaciones con Iberoamérica.

(…) A lo largo de estas décadas, hemos pasado de ser una presunta excepción a un inequívoco ejemplo. Un ejemplo de transición a la democracia, seguido por numerosos países de distintos continentes. Un ejemplo de progreso económico y de creación de empleo. Un ejemplo de diálogo entre los interlocutores para los acuerdos sociales. Un ejemplo de reconocimiento de nuevos derechos. Un ejemplo de contribución a la paz y estabilidad internacional.

No está todo hecho. Quedan, todavía, bolsas de marginación y pobreza. Todavía se mantienen desigualdades lacerantes. Padecemos, todavía, déficits culturales.

Todavía sufrimos el horror de la locura terrorista. Ésta es, con toda seguridad, la mayor de nuestras cuestiones pendientes para disfrutar en paz y libertad del país que hemos construido. Tenemos derecho a vivirlo así: en paz y libertad. Nos lo hemos ganado con el esfuerzo de generaciones. Y no nos van a privar de ese derecho quienes son incapaces de comprender el valor de la vida, la voluntad de la mayoría y la fuerza de la palabra. Por eso mismo, he reiterado mi voluntad de dedicar todo mi esfuerzo, mi capacidad y mi decisión a poner fin al terrorismo. Me siento, y esto es lo importante, obligado a hacerlo. Porque esto es lo que los ciudadanos exigen prioritariamente de un Gobierno: que les garantice el derecho a vivir, plenamente, en paz y en libertad.

Hace ahora algo más de ocho años, la Real Academia de la Historia promovió un ciclo de conferencias que luego editó en un extenso volumen bajo el título de España. Reflexiones sobre el ser de España. Allí, por si había duda, se da cuenta de la permanente reflexión, casi agónica, sobre el significado histórico de España como idea, como creencia, como sentimiento. Es difícil creer que ese es el ambiente de la España de hoy.

Si muchos coincidimos en la existencia de una tensión política desproporcionada, también habrá que hacerlo, y con mayor rigor, con que esa tensión se compadece mal con lo que los ciudadanos españoles manifiestan acerca de cómo viven sus vidas. Porque -y les voy a dar un titular- 2006 ha sido el año en el que nuestros compatriotas afirman que las cosas les han ido personalmente bien o muy bien en el mayor porcentaje de toda la etapa democrática.

(…) Hoy no hay crisis de ciudadanía. Pero algunos claman sobre el desmembramiento de España, el fin de la nación, el debilitamiento o desaparición del Estado. Esto es presente, anunciado sobre precedentes cuyo sentido profundo la Historia se ha encargado de desmentir y que desmentirá una vez más.

(…) Más pronto que tarde llegará el momento en que se aprecie la fortaleza democrática, que viene acreditando el Estado; el nuestro. Que ha permitido encauzar democráticamente los conflictos, que ha demostrado su capacidad de integrar, democráticamente, a todas las ideologías en la tarea de gobernar los destinos colectivos.

Ésa es la fortaleza del Estado. Ésa es la realidad del ser de España.

Soy de los que piensan que el futuro siempre será mejor. Eso me lo ha enseñado la Historia. Y eso es lo que quiero contribuir a asegurar para mi país. Ésta es la España que en gran medida he heredado y la que me esfuerzo en mejorar. Una España que tiene su marco en la Constitución de 1978, y que no puede anquilosarse si quiere seguir progresando. Porque una Constitución democrática es una norma abierta a la vida, al cambio, a las reformas, a la innovación, a la fijación de nuevas metas.

(…) La España actual supera cualquier momento histórico de nuestro pasado. Y la España que ha de venir seguirá el rumbo del progreso común, compartido. Será una España más fuerte, porque la convivencia de nuestras identidades habrá dejado de constituir para siempre un motivo de enfrentamiento. Será una España más fuerte en una democracia fuerte, en la que los españoles -se sientan como se sientan- vivirán plenamente como ciudadanos.

Ellos, todos nosotros, somos los que hacemos la Historia. Y en esa aventura de vivir juntos nos hemos conjurado para permanecer libres, y en paz.

Éste es el único destino que contemplo para el país al que sirvo desde mi actual responsabilidad. Y lo hago bajo los principios que aprendí defendiendo mi primera causa política: la Constitución democrática de 1978.