Una invasión mundial de medusas amenaza el equilibrio ecológico / Jellyfish love the oceans we pollute

“¡Ay!” es lo que la mayoría de nosotros piensa cuando se le vienen a la cabeza las medusas. Pican. Son viscosas y no tienen cerebro. Entonces, ¿quién hubiera creído que la modesta medusa pudiera salir de las sombras y surgir como un destructor de la pesca y los ecosistemas e incluso como una amenaza a los pingüinos y ballenas?

A lo lejos, en la Antártida -la última reserva natural virgen, algunos podrían decir- el equilibrio está cambiando de krill a medusas. En esta dura tierra, prácticamente todo lo que es más grande que un krill come krill: ballenas, aves marinas, peces y pingüinos.

Pero los krill están desapareciendo gracias a nosotros y a las medusas. Pescamos grandes cantidades de krill para nuestros suplementos de omega-3; las medusas comen grandes cantidades de plancton, lo que deja poco para que el krill pueda comer.

En todo el mundo, desde el Mar de Bering hasta el Mar de Japón, desde el Mediterráneo hasta el Golfo de México, de China a la bahía de Chesapeake, desde el Mar Negro hasta el Báltico hasta el Benguela en las costas de Namibia, en cualquier lugar donde los océanos están en problemas, las medusas se hacen con el control. A las medusas les va mejor en aguas más cálidas. Nuestras emisiones de dióxido de carbono están calentando el agua y volviéndola corrosiva. Las aguas más cálidas -incluso a una fracción de grado- contienen menos oxígeno que el agua más fría y cambia el equilibrio de quién sobrevive y quién muere.

Una criatura extraña parecida a una medusa, llamada salpa, está aprovechándose de esto. Las salpas son sin duda una de las criaturas más extrañas del mundo. Pueden crecer un 10% de su longitud corporal por hora y pasar por dos generaciones en un día. Están más estrechamente relacionadas con los seres humanos que con la mayoría de los otros tipos de medusas, aunque ciertamente no se parecen a los humanos. Sus cuerpos parecen barriles vacíos y gelatinosos. Las salpas no pican, pero sí hacen daño por sus cifras asombrosas. Pregunta a los operadores de la planta de energía nuclear Diablo Canyon en la costa central de California.

En 2011, las medusas bloquearon las rejillas en la estación de energía en Hadera, Israel. En 2011, las salpas cerraron temporalmente una planta de energía nuclear en California.

En abril de 2012, la planta de Diablo sufrió un cierre de emergencia porque las salpas bloquearon las tuberías de entrada en el sistema de enfriamiento. Esto puede parecer extraño, pero las medusas han ocasionado varias decenas de cierres en plantas de energía nuclear, centrales térmicas a carbón, plantas de desalinización -prácticamente cualquier tipo de industria que utiliza agua de mar. Corren riesgo incluso los centros de datos que se enfrían por medio del agua del mar como el complejo de Google en Finlandia.

Distintos tipos de medusas han ocasionado matanzas masivas de peces en granjas de salmones alrededor del mundo. Irlanda, Escocia, Chile, Australia, Nueva Zelanda… por mencionar algunos. Si hay granjas de salmones, puedes estar seguro que tienen terribles problemas con medusas.

Las medusas también han tomado el control de Lurefjorden, uno de los hermosos fiordos en Noruega y en tiempos uno de sus mejores sitios para la pesca. No se encuentra un sólo pez. Recientemente, las medusas colonizaron dos fiordos más y la pesca ha declinado.

Las picaduras y los cierres de emergencia son malos -y admitámoslo, esas cosas viscosas son repelentes- pero el verdadero problema con las medusas es su dinámica de depredador-presa con los peces. En la superficie, los peces son obviamente el depredador superior: son más listos, más rápidos y a menudo más grandes. Piensa en los tiburones, las rayas y las lubinas: es difícil imaginar que las medusas puedan defenderse contra estos luchadores. Pero las medusas son arteras. Se comen los huevos y las larvas de los peces y el plancton del cual se alimentarían las larvas. Y por medio de este doble revés de depredación y competencia, pueden debilitar el ecosistema en los tobillos.

Sin embargo, las medusas ocasionan otros daños, de los que somos conscientes hasta ahora. Ponen patas arriba la cadena alimenticia. Conforme se asciende en la cadena alimenticia, el valor energético incrementa. Por ejemplo, las gambas proporcionan más energía que el plancton que es su presa, pero los peces que se alimentan de gambas proporcionan aún más. Sin embargo, las medusas, una elección de muy baja energía comparada con las gambas o los peces, están secuestrando la mayor energía de estas especies en sus cuerpos de baja energía. En esencia, están hilando el oro en paja, o convirtiendo el vino en agua.

En un sistema saludable, los peces son competidores y depredadores superiores a las medusas. Pero las cosas que hacemos los humanos -pescamos, contaminamos, represamos, construimos, translocamos- hacen que la vida sea más dura para los peces y más fácil para las medusas. Y así vemos que muchos de los ecosistemas más afectados “están de cabeza” porque están dominados por medusas en lugar de peces. La medusa común (Aurelia aurita) y la nuez de mar (Mnemiopsis Leidyi) dominan en el Mar Interior de Japón. La ortiga de mar (Chrysaora Pacifica) en la bahía de Chesapeake y en la corriente de Benguela en las costas de Namibia. Nueces de mar en los mares de Europa. La medusa abisal (Periphylla Periphylla) en los fiordos de Noruega. Medusas del tamaño de una nevera que crecen en los mares de China y yendo a la deriva hacia las aguas japonesas y coreanas.

Y una vez que tienen el control, no parecen soltarlo.

De manera que nos encontramos en la situación inimaginable de estar en competencia contra las medusas, y, puedes estar seguro, tienen la ventaja en la cancha.

Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Qué deberíamos hacer? Ese es el problema. El océano es el soporte de nuestro sistema de vida -es de donde sacamos nuestra comida, nuestro oxígeno, muchas de nuestras industrias y a menudo nuestra inspiración. Pero no tenemos una solución para los daños que le estamos causando. Necesitamos tiempo para poder innovar con soluciones.

Necesitamos invertir en investigación para frenar el daño así como para hacer frente a nuestro mundo que cambia rápidamente. Y necesitamos mantener un diálogo serio sobre lo que valoramos y lo que estamos dispuestos a hacer para conservarlo.

Podríamos comenzar por legislar un estándar de limpieza de entrada en el cual el aire o el agua liberada de la industria deberá salir por lo menos tan limpia como estaba cuando entró, o a esa industria no se le permitiría funcionar. Claro, esto ocasionaría muchas quejas, pero muy pronto, las industrias contaminantes deberían de innovar formas de ser más limpias para mantenerse económicamente viables. Este es tan sólo un ejemplo, pero debemos pensar en muchos más. Y tenemos que hacer algo.

Recientemente, leí en algún lugar que seguramente pasaremos a la historia como la generación que podría haber salvado al océano pero no lo hizo. Me hizo llorar, porque me temo que es cierto.

Lisa-Ann Gershwin ha investigado a las medusas por más de 20 años y ha descubierto más de 180 nuevas especies, entre ellas 16 que son potencialmente letales. En 1998 fue galardonada con una beca Fulbright para estudiar las proliferaciones de medusas y medusas fósiles en Australia. Lisa es la directora de Australian Marine Stinger Advisory Services, y autora de Stung! On Jellyfish Blooms and the Future of the Ocean (¡Picado! Sobre las proliferaciones de medusas y el futuro del océano; mayo de 2013, University of Chicago Press). Vive en Hobart, Tasmania.

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“Ouch!” is what most of us think when we think of jellyfish. They sting. They’re slimy and they have no brains. So who would’ve predicted that the lowly jellyfish could emerge from the shadows as a destroyer of fisheries and ecosystems and even as a threat to penguins and whales.

Far down in Antarctica — the last pristine wilderness, some might say — the balance is shifting from krill to jellyfish. In this harsh land, just about everything bigger than a krill eats krill: whales, seabirds, fish and penguins.

But krill are disappearing, thanks to us and the jellyfish. We fish out vast amounts of krill for our omega-3 supplements; the jellyfish eat vast quantities of plankton, leaving little for the krill to eat.

All over the world, from the Bering Sea to the Sea of Japan, from the Mediterranean to the Gulf of Mexico, from China to the Chesapeake, from the Black Sea to the Baltic to the Benguela off Namibia, any place oceans are in trouble, jellyfish are taking over. Jellyfish do well in warmer waters. Our carbon dioxide emissions are both warming the water and causing it to become corrosive. Warmer water — even a fraction of a degree — holds less oxygen than cooler water and shifts the balance of who survives and who perishes.

A strange type of jellyfish-like creature called a salp is particularly taking advantage. Salps are surely one of the world’s most bizarre critters. They can grow 10% of their body length per hour and go through two generations in a day. They are more closely related to humans than to most other types of jellyfish, though they certainly don’t look like it. Their bodies look like clear, gelatinous barrels. Salps don’t sting, but they do their damage in their staggering numbers. Ask the operators of Diablo Canyon nuclear power plant on the coast of central California.

In April 2012, Diablo was plunged into emergency shutdown because of salps clogging up the seawater intake pipes for the cooling system. This might seem freakish, but jellyfish have caused many dozens of such shutdowns at nuclear power plants, coal-fired power plants, desalination plants — pretty much any type of industry that draws seawater. Even seawater-cooled data centers such as Google’s Finnish facility are at risk.

Different types of jellyfish have caused mass fish kills at salmon farms all over the world. Ireland, Scotland, Chile, Australia, New Zealand… you name it. If salmon are being farmed, you can bet there are terrible jellyfish problems.

Jellyfish have also taken over Lurefjorden, one of Norway’s beautiful fjords and previously one of its best fishing spots. There is nary a fish to be found. Recently, two more fjords have also become colonized by jellyfish as their fisheries have declined.

The stings and emergency shutdowns are bad — and let’s face it, that whole slimy thing is a bit off-putting — but the real problem with jellyfish is in their predator-prey dynamic with fish. On the face of it, fish are obviously the superior predator: They are smarter, faster and often bigger. Think of sharks and stingrays and largemouth bass: It’s hard to imagine that jellyfish could possibly hold their own against these fighters. But jellyfish are sneaky. They eat the eggs and larvae of fish, and the plankton that the larvae would eat. And through this double whammy of predation and competition, they can cripple an ecosystem at the ankles.

But jellyfish do other harm, which is only just beginning to be appreciated. They flip the food chain upside down. Normally as you go up the food chain, the energy value increases. For example, shrimp pack more energy than their plankton prey, but big fish that eat shrimp are better still. Hower, jellyfish, a very low-energy choice compared with shrimp or fish, are sequestering the higher energy of these species into their own low-energy bodies. They are, in essence, spinning gold into straw, or turning wine into water.

In a healthy ecosystem, fish are superior competitors and predators over jellyfish. But the things we humans do — we fish, we pollute, we dam, we build, we translocate — are making life harder for fish and better for jellyfish. And so, as we look around the world, we see that many of the most heavily disturbed ecosystems have “flipped” to being dominated by jellyfish instead of fish. Moon jellies and comb jellies in the Inland Sea of Japan. Sea nettles in the Chesapeake and the Benguela current off Namibia. Comb jellies in the seas of Europe. Santa’s hat jellies in the fjords of Norway. Refrigerator-sized jellies growing in the seas of China and drifting into Japanese and Korean waters.

And once in control, they don’t seem to be letting go.

So, we find ourselves in the unimaginable position of being in competition with jellyfish — and make no mistake, they have the home-court advantage.

So, what can we do? What should we do? That’s the problem. The ocean is our life support system — it’s where we get our food, our oxygen, many of our industries and often our inspiration. But we don’t have a solution for the damages we are causing. We need to buy time, so solutions can be innovated.

We need to invest in research to slow down the damage as well as to cope with our rapidly changing world. And we need to begin serious dialogue about what we value and what we are willing to do to preserve it.

We could start by legislating a clean-to-intake standard in which any air or water discharged by industry must be at least as clean as it was going in, or the industry is not permitted to operate. Sure, there would be great gnashing of teeth, but quite quickly, polluting industries would have to innovate ways to be cleaner to stay economically viable. This is just one example, but we must think of many more. And we must do something.

I read somewhere recently that we in all likelihood will go down in history as the generation that could have saved the ocean but chose not to. It made me cry, because I fear it is true.

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