Una izquierda sin mechero

Todo fumador sabe que llega un momento en que la piedra del mechero se gasta: la chispa, brillante y obediente antaño, ya no salta. Frotamos la yema con la rueda hasta hacernos daño, sin lograr generar la llama que permite encender el cigarrillo. Es la hora resignada de tirar el mechero a la papelera y comprarse otro. Con las palabras sucede algo parecido. Pasado un tiempo, el uso las desgasta debilitando su capacidad de comunicar. Por ello, así como el agricultor, con tal de no agotar su suelo fértil, alterna de estación en estación el tipo de cultivo o deja parcelas en barbecho, así los hablantes rotan cada tanto las palabras, para no agotar con su repetición abusiva su potencia expresiva. Puesto que el significado de una palabra no depende de la eternidad de una ley inscrita en la naturaleza, sino –en aquello que denotan– del respeto socialmente acordado a una convención y –en aquello que connotan– de una constelación cambiante de experiencias y vivencias, tanto más rápido será su agotamiento cuanto mayor sea el maltrato a esa convención y más alejado el contexto histórico de su nacimiento.

Viene esto a cuento de los recientes comicios madrileños. La campaña ha girado, como es notorio, en torno a un choque de toscos dilemas dicotómicos: libertad o comunismo, democracia o fascismo. El consignismo es vicio detestable y receta desastrosa en quien ejerce el gobierno, pero un cierto grado de simplificación de los mensajes parece un mal congénito de la liza electoral, que el ciudadano educado debe saber, si no disculpar, sí al menos descontar. Para gobernar, mejor el bisturí; en campaña, por desgracia, se estila el sílex, y no han sido las primeras o últimas elecciones en que la apropiación abusiva de una palabra noble o el uso de un epíteto malfamado se emplean como artillería de partido. Lo significativo en esta ocasión, desde mi punto de vista, es la muy distinta suerte que han corrido las respectivas consignas. Mientras la invocación de una imprecisa y por ello versátil «libertad» ha sido un eficaz excipiente electoral para el centroderecha –ayudado, sea dicho de paso, por el temible aspecto de Cristo Pantocrátor que se esfuerza en adoptar la izquierda últimamente– la llamada a derrotar el «fascismo» ante portas ha resultado, a la postre, ser a cobro revertido para la izquierda y fatal para un PSOE que aspiraba al inicio de la campaña a captar voto moderado. A tal punto el espantajo fascista sonaba bufo que tanto Díaz Ayuso como Martínez Almeida pudieron tomarse la amenaza a chirigota, en la confianza de que, más allá de divergencias ideológicas, nadie sensato creía realmente que la democracia estuviera en jaque en Madrid (con la conspicua excepción de las «268 personalidades del mundo intelectual y social» que, en arenga cuya lectura hacía subir a las mejillas un tono bermellón intenso, exhortaron a los madrileños a «frenar en seco el avance del fascismo en nuestro país», tras «veintiséis infernales años de atentados contra los derechos y la dignidad de la mayoría ciudadana»). Como ha escrito en este periódico Manuel Arias Maldonado, lo mortalmente serio había pasado a ser ligeramente cómico.

No me parece anecdótico: la palabra «fascista», yesca con las que tantas veces se ha removido las pasiones en las últimas décadas, ya no inflama, ni moviliza, ni alerta, ni nada. De tanto usarla, ensanchando su lista de destinatarios para que quepa en ella desde un liberal conservador hasta un socialdemócrata clásico desconectado de la doxa plurinacional o la última ola del penúltimo particularismo, la piedra del mechero se ha gastado. La chispa no salta ¿Es una mala noticia? Depende. Lo será si se comparte la teoría de Umberto Eco acerca de la existencia de un «fascismo eterno» (traducido en España, anota con lucidez Jorge del Palacio, como «franquismo eterno»), perpetuamente infiltrado en el sistema y necesitado de perpetua y extenuante extirpación. Para quienes sostenemos, en cambio, que «fascismo» es término que solo debiera usarse en sentido técnico, es decir, para referirse a la doctrina antiliberal, antiparlamentaria, antidemocrática, ultranacionalista y exaltadora de la violencia, de la que enfermó Europa en la primera mitad del siglo XX, derrotada por la democracia liberal en la posguerra en distintos contextos y estadios, la aparente desactivación del antifascismo como recurso electoral es una buena noticia. Sobre todo en España.

Primero, por el respeto debido a generaciones –en primer plano las pertenecientes al socialismo democrático, pero también a otros linajes ideológicos–, para quienes luchar contra fascistas fue algo más penoso y sacrificado que apalizar estatuas o teclear soflamas en Twitter. Segundo, porque se podrá educar mejor en la idea de que la política democrática no es un combate maniqueo entre el bien y el mal, ante el que solo cabe la barricada, sino, como dice Alain Finkielkraut, el arduo ejercicio de tener que elegir entre dos bienes en tensión. Tercero, porque, sin la rémora de un nombre único para designar todo lo malo que circula por la historia, quizá acertemos mejor con el nombre de lo que nos desagrada, y descubrir, por ejemplo, que la febrícula xenófoba tristemente exhibida por Vox en esta campaña no es menos condenable cuando la exhiben los partidos del nacionalismo periférico a los que solo por oportunismo electoral se ha recibido en los salones del «bloque progresista». Para que se entienda: los guardias civiles en Navarra no son menos seres humanos que los menas en Madrid. Por último, porque la izquierda es la primera interesada en tirar al cesto de desperdicios este antifascismo sin fascistas, piedra gastada de un mechero que ya no le sirve para ganar elecciones, y volver a aprender a usar como cerillas palabras cálidas, como las que ella misma aportó generosamente para prender la lumbre del hogar que nos dimos en 1978. Sin sentimiento de comunidad no hay servicios públicos, y ninguna comunidad puede crecer sobre la tierra quemada del guerracivilismo. Quizá me equivoque, pero quiero pensar que el nulo efecto que ha tenido esta vez entre madrileños el opiáceo antifascista es signo de que a los españoles de mi quinta nos gustaría poner ya fin a esa guerra civil vivida como farsa que los padres y abuelos supieron poner fin como tragedia.

Juan Claudio de Ramón es escritor.

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