Una izquierda sin referentes

Prefiero escribirlo ahora y no dejarlo  para más adelante, porque conforme nos acercamos a lo inevitable los equipos de campaña se crispan, y entonces resulta que uno escribe un artículo sobre las elecciones y salen como setas los apóstoles de la evidente, apostillando, con la gravedad que otorga llevar varios quinquenios cobrando del estado: “No es eso, no es eso”. La izquierda académica, institucional siempre, es una parodia de la radicalidad. Hagan lo que hagan, están cubiertos por el manto de los derechos inalienables del gremio. Suerte envidiable, confesémoslo.

Algún día tendríamos que atrevernos a explicarlo con detalles y en concreto: de la universidad es difícil que salga algo que no sea conservador, porque la enseñanza siempre trabaja con letra muerta. Habría que pensar, y no sólo como sarcasmo, si el hecho de que Einstein estuviera adscrito a aquella legendaria Oficina de Patentes no facilitó la frescura de su inteligencia. Mucha gente hace mofa de Kafka, empleado con manguitos en una casa de seguros. ¿Alguien se lo imagina formando futuros prosistas, dando clases de literatura alemana para checos? Cabe pensar que hubiera sido letal para su imaginación y para su obra, que no para la tranquilidad de su hacienda.

¿Por qué la mayoría de nuestra clase política son abogados o ex profesores, cuando no ambas cosas? Lo lógico en los tiempos que vivimos es que se hubieran formado de economistas. Antaño iban juntos durante los primeros años de formación.

Desconozco si en otros países europeos también ocurre lo mismo, pero de serlo sería inquietante. Bastaría con un dato, y es que los letrados son muy necesarios, incluso imprescindibles, en las quiebras, pero accesorios en los comienzos de la vida empresarial.

Digo esto a modo de introducción a la mayor de las evidencias; nuestra experiencia no sirve para un carajo. Sin ser nuevo, todo parece diferente. Por citar un ejemplo que me sulfura: el tránsito de los antiguos confesores espirituales a los coaching actuales – esos psicólogos de ocasión que ayudan a sobrellevar las inseguridades-no acabo de entenderlo como un avance sino como regresión. Algo similar me ocurre con los asesores políticos; especie de clandestinos en situación legal, con poderes ocultos e informantes anónimos, espías de la realidad. Una de las aspiraciones que deberían orientar a la gente que trata de sanear la vida ciudadana, sobre todo la política, sería exigir que se hicieran públicos los asesores de los líderes políticos. Del mismo modo que resaltamos en los periódicos que los subsecretarios de un ministerio son fulanito y menganita, hacer otro tanto con los que están más pegados al mando. Son importantes los asesores; a partir de ellos se toman decisiones que afectan a todos. Eso nos ayudaría a entender por qué hacen lo que hacen, y quizá también a no sorprendernos de por qué no hacen lo que debieran.

Estamos abocados a las elecciones más lúgubres de la democracia española, al menos desde la perspectiva de la izquierda real. (Aquí deberíamos adoptar el viejo lenguaje que se utilizaba para el socialismo, entre la realidad y la teórica). Vamos a unas elecciones con dos partidos socialistas, uno en el poder y otro en la oposición, que sin embargo son el mismo pero que tratan de no parecerse. ¿No me negarán que es una aportación al surrealismo político sin precedentes en nuestra historia?

Por si existiera alguna duda voy a ser más concreto. El presidente Zapatero, esa aportación del realismo mágico a nuestra cotidianeidad política, ha colocado al país al borde del abismo, al parecer por culpa de los mercados; un ente sobre el que hay un empeño por convertirlo en algo indescriptible, pero que siempre ha estado ahí y sobre cuya base se ha edificado el poder desde que se le dio tal nombre. Según una versión, la del realismo mágico aplicada a la política, todo iba bien, incluso disfrutábamos del mejor de los mundos hasta que aparecieron los perversos mercados que han convertido al presidente Zapatero y a su gobierno en una parodia de novela latinoamericana de los sesenta.

Ahora bien, el otro partido socialista, representado por Alfredo Rubalcaba sostiene que él sabe cómo superar la malignidad de los mercados, e incluso tiene una fórmula para reducir el paro, el déficit y demás contrariedades. Es verdad que era hasta anteayer vicepresidente del Gobierno, pero eso no parece afectar mucho a la osadía del envite. Por muy ingenuos, cándidos y hasta idiotas reconcentrados que sean los electores, esto va mucho más allá del surrealismo y por eso me refiero a fuentes más modernas de nuestra cultura literaria. Cabe el quiebro ideológico de pensar que el adversario, en este caso el Partido Popular, lo va a hacer peor que ellos, pero eso es un argumento que desde cualquier perspectiva, no ya radical sino moderada, no tiene otro apuntalamiento que la maldición gallega de que todo es “empeorable” siempre. Y Rajoy es gallego, por lo tanto más de un talento de campaña puede apostar sobre seguro.

Siempre que las cosas van muy mal aparece alguien preguntándose, como si fuera nuevo y se cayera del guindo, “¿qué le pasa a la izquierda?”. En este caso ha sido Nicolás Sartorius en un artículo, penoso en su inanidad, publicado en el diario aún más leído de España. ¿Sabes qué le pasa a la izquierda, querido Nico? Pues le pasa lo mismo que a ti; que ha perdido toda credibilidad. Bastaría echar una ojeada a lo que hiciste desde que fuiste uno de los líderes de un sindicato con historia, las Comisiones Obreras, y de un partido – el PCE-en el que a punto estuviste de ser secretario general de no ser por esa falta de temple y fuste que exigía que te entronizaran “bajo palio”. No es una cuestión personal, al contrario, ojalá lo fuera y se limitara a eso; es algo de mayor envergadura. Siento hacia Nicolás Sartorius una simpatía que viene de antiguo y considero que fue, en su tiempo, una de esas cabezas bien amuebladas de las que se esperaban algo más que bricolajes de Ikea. Pero su generación, que es la mía, somos también responsables no sólo de las preguntas obvias sino de las respuestas tópicas. ¿Hacer ahora el decálogo de lo que debería acometer un gobierno de izquierdas, presuntamente el que está en el poder, cuando llevas años en un silencio cómplice, en una fundación cómplice y en una colaboración cómplice? Por favor, seamos discretos ya que no somos ejemplares.

¿Alguien se imagina con veinte años, o treinta, y sumándose al programa de Rubalcaba  para la regeneración de la izquierda? Hablando en plata, o sería lelo o trepa, alternativa no exenta de racionalidad en estos tiempos desesperados. Algún talento emboscado me advertiría que siempre queda la izquierda clásica de Cayo Lara, ese “joven” de mi quinta que descubrió el comunismo cuando estaban a punto de borrarlo del mapa. Los conversos tardíos son un peligro tan grande, que la Iglesia católica, en la época del nacional catolicismo franquista, creó en Salamanca un “Seminario de Vocaciones Tardías”, del que lamentablemente nadie hizo su historia, y sería de sumo interés. Un respeto para los viejos luchadores, pero hacia las viejas ideas ninguno.

¿Y entonces? Pues no lo sé, la única certeza es que el voto derechista arrasará, cargado de motivos y ansioso de revancha. Y el resto, de momento, seguirá mirando ese espectáculo que, observado desde cerca, tiene algo de obsceno. Un tipo con más costras que un galápago, ajado por el servicio, cascado de ser siempre un segundo, viejo de todo, al que ningún corredor de apuestas observando su dentadura apostaría ni un doblón, se exhibe representando a la izquierda que se hace las preguntas que no ha querido responder desde hace dos décadas. Y enfrente, un funcionario de carrera, fondón y correoso, gallego ejerciente del que nadie espera nada que no sea afrontar los números. Es decir, que la cuenta la pagarán los únicos que ni siquiera sabían a qué estaban jugando los profesionales del ramo. ¡Oh, los estrategas!

Gregorio Morán

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