Una jugada arriesgada

Por Mariano Marzo, catedrático de Recursos Energéticos de la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 02/03/03):

El crecimiento de la economía mundial durante las últimas décadas ha sido propulsado por un continuo incremento en la utilización del petróleo: entre 1985 y el 2000 la demanda mundial creció en 13,1 millones de barriles por día (un 17% del consumo actual). Nuestra forma de vida resulta imposible sin el petróleo y, a corto plazo, no se vislumbra otra alternativa comercialmente viable. La opinión pública intuye que la disponibilidad de petróleo abundante y barato constituye un pilar básico de las sociedades industrializadas y que el acceso a este bien preciado ha sido, es y será, causa de conflictos y un punto clave en la política exterior de las naciones. Por esta razón, resulta sorprendente que el análisis y debate de la actual crisis iraquí esté pasando casi de puntillas sobre lo que constituye una de sus facetas clave: el posicionamiento por el acceso privilegiado a las fuentes de suministro de crudo. Porque ni los grandes países consumidores (EE UU, los miembros de la Unión Europea, Japón, China…), ni las grandes superpetroleras tienen suficiente producción ni reservas para afrontar con garantías el futuro. Dependen, de manera dramática, de la supuesta infalibilidad en un mercado global de los principios del “libre comercio”, de arriesgadísimas inversiones en el exterior y de las incertidumbres del juego geopolítico.

Según la previsión del Departamento de Energía de Estados Unidos, el crecimiento de la demanda de petróleo entre el 2000 y el 2010 rondará los 20 millones de barriles diarios. Por otro lado, como los campos envejecen, la producción en muchas regiones tradicionales se encuentra de capa caída o lo hará pronto. No sólo tendremos que cubrir la nueva demanda, sino que además deberemos afrontar un descenso de la capacidad de producción del 5% anual, lo que significa tener que reemplazar 40 millones de barriles diarios. Resulta, pues, que en el transcurso de una década tendremos que poner a punto una nueva capacidad de producción cercana a los 60 millones de barriles por día. Es decir, necesitamos otra Arabia Saudí.

La inversión necesaria para alcanzar el incremento de producción deseado ha sido cifrada en más de un billón de dólares. Les parecerá mucho. Sin embargo, no cubrir los objetivos tendría probablemente un coste mayor: si no se alcanzaran los niveles de suministro adecuado, los precios del crudo se dispararían y ello tendría un impacto significativo sobre el crecimiento económico mundial.

¿De dónde saldrá tanto petróleo y tanto dinero? La respuesta a la primera parte de la pregunta es inmediata. Las reservas mundiales de petróleo no están localizadas a gusto del consumidor, de manera que no podemos obviar el hecho de que Oriente Próximo contiene el 65% de las reservas y ofrece los costes de producción más bajos (2-3 dólares por barril). El incremento global en el suministro no tendrá lugar sin una gran expansión de la producción en dicha región, aunque esto no será suficiente y habrá que abrir a tope las espitas del resto de productores y conectar nuevas áreas al mercado. Sin duda, dentro de Oriente Próximo, Arabia Saudí, con el 25% de las reservas y el 12% de la producción mundial, sigue siendo el Rey de Reyes. Sin embargo, tras el 11 de septiembre, la situación interna del reino y su desencuentro con EE UU han aconsejado a este último país diversificar sus suministros. Y ahí Irak juega un papel importante. Actualmente ocupa el segundo lugar en el ranking mundial de reservas (con un 11%), aunque éstas podrían doblarse, especialmente si la exploración en el desierto occidental, a lo largo de la frontera con Arabia Saudí, da los frutos esperados.

Por lo que respecta a la segunda parte de la pregunta y centrándonos en el escenario de Oriente Próximo, una cosa está clara: los países que tienen las reservas carecen de medios financieros y de la tecnología necesaria para incrementar su producción. Por ello, las grandes petroleras saben que, tras la retirada de las sanciones de las Naciones Unidas, tienen una oportunidad única para participar en la rehabilitación y puesta a punto de la nueva industria iraquí del petróleo. No olvidemos que para contentar a sus accionistas, las superpetroleras deben incrementar su producción sin olvidarse de reponer y ampliar sus reservas. La llegada de grandes inversiones a Irak podría urgir a Arabia Saudí, Kuwait y otros países del Golfo a acelerar su propia expansión implicando a compañías extranjeras en el desarrollo de sus campos. El nuevo Irak podría actuar como un catalizador para una creciente inversión de capital y tecnología en el Golfo.

En este contexto, EE UU, cuyo Gobierno ha impedido a sus petroleras negociar con Bagdad, no pueden tolerar que el Gobierno de Sadam haya firmado acuerdos por valor de decenas de miles de millones de dólares con compañías de una veintena de países, entre los que destacan petroleras francesas, rusas y chinas. Si EE UU derroca a Sadam, todos los acuerdos firmados después de la imposición de las sanciones de la ONU en 1990 se convertirán en papel mojado y la negociación con el nuevo Gobierno iraquí les permitirá reubicarse favorablemente en el gran juego estratégico del acceso al petróleo de Oriente Próximo.

La jugada es arriesgada. El más mínimo error de cálculo podría desestabilizar las monarquías del Golfo y originar una crisis energética y económica sin precedentes. Sin embargo, EE UU se juega en el envite su supremacía. Como firme opositor a la guerra, me gustaría equivocarme, pero creo que la suerte está ya echada.

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