Una lección sobre el liderazgo

Por Eduardo Zaplana, delegado de Teléfonica para Europa y ex portavoz del Grupo Popular en el Congreso (29/07/08):

Ayer se cumplieron 28 años de la muerte de uno de los grandes políticos de nuestra reciente democracia: Joaquín Garrigues Walker. El fue una de las personalidades que nos dejaron huella a quienes tuvimos la oportunidad de conocerle y, sin duda, el líder que más influyó a una generación de jóvenes liberales cuando las libertades en España eran todavía una quimera.

Nos influyó por su capacidad política, pero también por su ejemplo de compromiso cívico y democrático. En un país en el que se desaconsejaba a los jóvenes involucrarse en la vida pública, él siempre dio la cara por las libertades y animó a que diéramos un paso adelante, porque el sueño de un país libre valía la pena.

El mismo dio testimonio durante la Dictadura, cuando no aceptó acomodarse al oficialismo, rechazó la sombra apacible de las prebendas del régimen y prefirió tomar partido en las actividades de la oposición democrática. Porque a pesar de los riesgos e incomodidades que pudiera suponer esa labor, para él era un imperativo ciudadano.

Garrigues se implicó en traer la democracia y también en ayudar a que se consolidase cuando todavía muchos no creían en ella. Algunos de ésos, más tarde instalados en otras ideologías compatibles con el nuevo escenario democrático, le acusarían de conservadurismo. A él, que siempre fue un liberal.

Con gran generosidad compartió el centro político con quienes viniendo del Franquismo necesitaban credenciales democráticas para la nueva etapa de la Historia de España que se iniciaba y que, sin duda, también ayudaron a crear. El mismo reconoció la labor histórica desempeñada por Adolfo Suárez cuando, ya gravemente enfermo, abandonó por unas horas la clínica en la que estaba ingresado y acudió a votar a favor del presidente y en contra de la moción de censura del PSOE. Muchos todavía seguimos recordando cuando el propio Felipe González, en aquel difícil día, le reconoció su coraje, convicciones y lealtad. Eran los tiempos de la Transición.

Había soñado y trabajado por una España en democracia y pudo ver cumplida su aspiración. Tuvo en esto, como en tantas otras cosas, una vida corta pero plena. A pesar de ello, la convivencia ideológica dentro del proyecto de la UCD de posturas liberales con otras que no lo eran le trajo no pocos sinsabores, de los que él mismo dejó constancia en varios artículos de opinión. Algunos todavía recordamos, a pesar de los años, aquel que tituló: El pelícano que se descolgó de la jaula de oro. Al fin y al cabo, era lógico que no confiaran en la fuerza del liberalismo quienes nunca habían sido liberales.

Nunca hizo de la sonrisa una mueca estética. Pero le tocó sufrir a gentes de espíritu limitado que confunden la naturalidad, la buena educación, o las buenas formas, con actitudes frívolas o poco fiables. Sus profundas convicciones democráticas eran compatibles con esas buenas formas e incluso con la simpatía hacia el adversario.

En todas las circunstancias dio la cara por las libertades y nunca rehuyó la batalla política. Lo suyo no fue un ejercicio retórico o de oportunidad, sino un compromiso moral y personal. Para él era algo evidente. Nunca necesitó cambiar de estrategia porque siempre estuvo con la libertad, sin ambages ni dobleces.

Cuando se habla de principios conviene decir cuáles son en concreto. El, como buen liberal, tenía pocos pero muy firmes, el más importante de los cuales era la libertad. Al contrario que otros, no necesitó maquillar una biografía política, porque su vida política hablaba por sí misma.

Por eso siempre fue capaz de imponerse sobre las circunstancias adversas. En eso consiste el liderazgo, en no ser esclavo de los acontecimientos sino en afrontar la realidad del momento sin complejos, con ideas y con equipo.

Estuvo en minoría durante la Dictadura, pero su resistencia y la de muchos otros dio los frutos que hoy todos podemos compartir. También se quedó en minoría en el seno de los gobiernos de la UCD. Qué comparación con algunos que siempre están con la mayoría en la política de bambalinas, aunque no hayan encontrado respaldo ciudadano en su andadura política.

En política no siempre se gana. La victoria y la derrota son pasajeras. Ahí están los ejemplos de Churchill, De Gaulle, Reagan o Mitterrand, que perdieron y se quedaron en minoría, incluso en sus respectivos partidos, y a los que sus conciudadanos no dudaron en acudir cuando pensaron que sus ideas eran necesarias para afrontar los desafíos de sus sociedades.

Frente a quienes entendían la política como una dependencia salarial o una posición social, aquellos que estuvieron con los principios pudieron escribir algunos de los renglones más brillantes de la historia de la libertad. Como nos advirtió Garrigues a los jóvenes liberales entonces, si no se actúa de esa forma en la vida, «tu guitarra libertaria habrá dejado de cantar».

Joaquín se quedó en minoría, perdió, y fueron otros quienes llevaron el rumbo de la nave de la UCD al final que todos conocemos, probablemente porque, entre otras causas difíciles propias de la época, no se supo poner en valor la gran obra realizada y pudieron los complejos.

Como nos escribió días antes de fallecer a un grupo de jóvenes liberales, «ya te digo, al principio lucharás contracorriente pero tú verás el alba que hemos intuido otros, modestamente». Tuvo que pasar casi una década, hasta la refundación del Partido Popular en 1990 (desde unos presupuestos liberales que impulso José María Aznar), para que en seis años se lograse no sólo derrotar a una izquierda que muchos creían hegemónica, sino además garantizar altas cuotas de progreso y cohesión social.

El compromiso político de Joaquín Garrigues no estaba basado sólo en una ambición legítima, sino en un compromiso ético y ciudadano con sus compañeros políticos. Un compromiso que no era abstracto, sino real. Por eso dio la cara en todo momento por las personas que le acompañaban en sus proyectos políticos. En un ámbito, como es la política, en el que muchos consideran que la deslealtad es un elemento más del paisaje, él, a quien siempre le tocó jugar a la contra, fue un hombre leal con su gente. Tanto en los buenos como en los malos momentos. Su generosidad hacía que asumiese los errores en primera persona del singular y los aciertos en primera persona del plural. Al fin y al cabo, en eso también consiste el liderazgo. Recordemos, por citar sólo un ejemplo -y al margen de otras consideraciones- las declaraciones de Margaret Thatcher después de la acción de la policía británica en Gibraltar en 1988, asumiendo con una clara prueba de liderazgo toda la responsabilidad en momentos de enorme presión política; o, sin ir más lejos, recordemos también el dos por uno de Felipe González.

Garrigues, que era un liberal resistente, nos advertía a los entonces jóvenes liberales que «el enemigo acecha por doquier a derecha e izquierda», porque siempre hay quien quiere controlar y dirigir dejando de lado el protagonismo de los ciudadanos. Por eso veía con sarcasmo tanto los complejos de la derecha conservadora como los errores del socialismo real.

La democracia y las libertades son una lucha diaria. En todo momento hay quienes pretenden dictar en qué creer o cómo pensar. Gentes que pretenden imponer estilos de vida timoratos o conservadores en los que se rehúye del compromiso político por miedo a equivocarse y perder un ápice de influencia.

Como dijo de él su amigo y compañero en tantas batallas políticas, Antonio Fontán -hoy marqués de Guadalcanal-, «el suyo fue un liberalismo ajeno a toda confesionalidad, tanto religiosa como laicista». Hay mucha gente a la que le cuesta aceptar esa libertad de espíritu, el no tener más dogmas que la libertad.

Se involucró en la vida pública, entre otras razones, para evitar que la sociedad civil se viese condenada a la parálisis de tener que estar siempre pendiente del poder. Para que hubiese una sociedad fuerte y autónoma constituida por ciudadanos que disfrutasen plenamente de sus derechos y libertades.

No sé qué papel hubiera jugado en estos años. Seguro que relevante. Pero lo más importante es que muchos seguimos recordándole, orgullosos de haber disfrutado de su amistad y analizando la política con el sentido del humor y la lealtad que algunos nunca concitarán cuando los tiempos se vuelven adversos. Eso mismo ocurre con Chimo Muñoz Peirats, o con las enseñanzas y estímulos de Antonio Fontán o Luis Miguel Enciso y tantos amigos que han dado dignidad al ejercicio de la actividad política.

Hace 28 años se fue prematuramente un político al que todavía le quedaba mucho que aportar y que decir. Quienes tuvimos la fortuna de seguir sus empresas políticas le recordamos todavía con nostalgia. Joaquín Garrigues fue un político que, al andar, supo hacer camino. A él, como a Adolfo Suárez, les seguimos recordando por lo que fueron y por lo que hicieron. Muchos de los que en su día les dejaron en minoría, sin embargo hoy han quedado relegados al olvido.