Una leve moderación en un país dividido

Con el 51% de los votos, el 23% del total de electores, ganó Santos una victoria sufrida. Los seis puntos porcentuales que sacó a su oponente, sólo serán suficientes si cumple las promesas electorales o, más precisamente, las que debió hacer al conjunto variopinto de fuerzas que contribuyó a su relección. En democracias electorales consolidadas, como la de Colombia, al final se gana con un voto y ahí radica el misterio de ese mandato popular que cada titular debe interpretar y poner en práctica desde las instituciones del Estado. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas, que por ley se reducen a dos candidatos y al voto en blanco, polariza. El lenguaje exaltado, la mentira fabricada con técnicas de mercadeo electoral fueron más acentuados en la oposición cuyo centro gravitacional radica en el expresidente Uribe y su movimiento Centro Democrático, forma peculiar de populismo de derecha-extrema derecha que concita el fervor popular apelando a símbolos tradicionales, hipocresía social convencional, frases elocuentes, todo uncido a un conjunto de intereses como los de la gran minería extractiva o de los terratenientes que, incluso a sangre y fuego, quieren modernizar el agro colombiano, o los intereses detrás de contratos con el Estado, particularmente con los municipios ricos. Populismo que también representa los intereses del tendero de la esquina o del campesino que ve esfumar sus ahorros cuando salda cuentas en los bancos de la “oligarquía bogotana” o cuando compra abonos químicos o pesticidas importados, donde la cadena de intermediarios lleva la tajada del león.

La hipocresía convencional se cubre de un barniz cristiano —ya católico, ya de religiones protestantes de cuño estadounidense— para vilipendiar el respeto constitucional a los derechos reproductivos de las mujeres, las preferencias sexuales; condenar el vestuario indecoroso, el consumo personal de marihuana. El resentimiento social estalla a flor de piel: los políticos de clase alta son “manzanillos perfumados” que complotan en clubes en medio de la disipación que llama “social bacanería”. Políticos que se juntan con los magistrados de los tribunales y los fabricantes de opinión para calumniar a los hombres de bien y ahora negocian con el enemigo ontológico de la nación colombiana: los narcoterroristas de las FARC. Esto no es caricatura. Ese carisma patriarcal de Uribe —que ilustré en mi artículo de hace 12 años, Un presidente de a caballo— incrementó decibelios y configuró un método de agresividad efectista a través de las “redes sociales”.

Una leve moderación en un país divididoUribe no consiguió aceptar que, una vez presidente, Santos podía interpretar a su manera las banderas que lo llevaron a la victoria. Por ejemplo, que era razonable pensar que se había llegado a los rendimientos decrecientes en la estrategia militar contrainsurgente; que los Estados Unidos salían de Irak y Afganistán; que la reducción sistemática de los fondos del Plan Colombia implicarían un enorme esfuerzo fiscal en el frente de la guerra y que, a fin de cuentas, las FARC y el ELN, estaban lejos de rendir armas. Debilitadas, circunscritas en la geografía, eran fuerzas poderosas, pero quizás en trance de negociar y poner fin a la guerra.

Hay que recordar un hecho básico; en un régimen de relección inmediata, un candidato presidencial piensa en dos períodos, en ocho años, no en cuatro. Es transparente en el giro de política internacional e interna cuando Santos abrió su campaña reeleccionista el mismo 10 de agosto de 2010 reuniéndose con Chávez en uno de los lugares de reverencia bolivariana: la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta. Atendió, además, el llamado de los exportadores colombianos que tienen en Venezuela un mercado importante. Al rechazar radicalmente el giro, Uribe, a quien se debía la reducción de las FARC, se aisló del consenso de “unidad nacional”. El sufrido país colombiano, víctima de tantos crímenes de guerra de todos los contendientes, quería, una vez más, dar un margen y permitir la negociación con una guerrilla mayoritariamente desprestigiada.

Tergiversando el proceso, cobrando exageradamente los costos inherentes al “negociar en medio de la guerra” que, a diferencia de la época de Pastrana, opera bajo un fuerte cambio de correlación de fuerzas en el terreno, Uribe construyó una oposición a ultranza.

Eso se midió en las urnas el pasado 15 de junio. Salió derrotado el uribismo, pero Santos debe trabajar la victoria. Sin duda que ganó la moderación y eso, en este mundo de una derecha impresentable y fundamentalista, la del Tea Party, la del Frente Nacional de Francia, la del Gobierno húngaro, merece el elogio. Colombia escogió la moderación. Santos la representa. Pero armar una política moderada, armónica en el marco de la diplomacia sudamericana, manteniendo la relación privilegiada con Estados Unidos, impone un giro general en varios sentidos.

Las negociaciones de La Habana deben llegar pronto al acuerdo para aprovechar el momento electoral. Además, las FARC encuentran mejores pistas de aterrizaje una vez dejen las armas y se transformen en movimiento político. Ya han aceptado que el sistema legal internacional no permite una paz con impunidad. Ya han ganado el punto según el cual la verdad importa y que no se trata solo de una “memoria” reconstruida académicamente.

Pero viene lo más difícil. El mapa electoral del 15 de junio retrata fielmente el país político: los dos candidatos compartieron el apoyo de los grandes caciques y gamonales con sus idiosincrasias de juego sucio; los jefes políticos de izquierda en su mayoría se inclinaron a Santos y quizás la pequeña minoría que votó atendiendo la voz de la razón, individual y voluntariamente, aunque una buena porción votó en blanco. Este cuadro es difícil de manejar.

Santos ha de girar a la izquierda moderada en un país derechista, algo libertario, bastante individualista. Por ejemplo es posible reconquistar el electorado cafetero. Al fin y al cabo ningún presidente ha castigado tanto el presupuesto nacional subsidiando directamente a los caficultores. El problema es que la Federación de Cafeteros ya no es un intermediario político idóneo con las bases. El monopolio de la Federación y su burocracia paquidérmica no solo afecta la eficiencia de los negocios, sino que ya no filtra equitativamente hacia los cultivadores pequeños y muy pequeños.

Para que Santos ponga coto a las transnacionales debe intervenir con energía en el frente de la gran minería extractiva, fuente de enormes rentas y poderes fácticos regionales. Debe poner el acelerador en la política de restitución de tierras. Tendrá que preparar anímicamente al país, quizás con base en el Censo Agropecuario que se levanta, a comprender y apoyar una política que equilibre las cargas cancelando las enormes gabelas y ventajas del rentismo agropecuario que hacen de Colombia el país más inequitativo y desigual del planeta. Debe atender seriamente las fallas geológicas de la educación colombiana, la escuela primaria y secundaria, expuestas en los exámenes del sistema internacional PISA y sacar las consecuencias del cuadro en la educación superior y en la sociedad toda.

Todo eso implica tomar en serio la política. Santos no lo hizo en su primer mandato. Lo comprendió para la segunda vuelta demostrando que puede hacerlo y que es un político moderado. Ahí radica su fuerza; confiemos en que tomará el riesgo de usarla.

Marco Palacios es historiador colombiano.

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