Una luz natural

Querido J:

Mis paseos me llevan a pasar muchas veces frente a edificios de Coderch. Vivo muy cerca, además, de uno de los más extraordinarios, las casas de Raset-Modolell, también llamadas del Banco Urquijo. Alrededor de los edificios Trade, esa vie ondoyante del cristal y del acero, he visto cómo iban envejeciendo todos los edificios sucesivos. El de El Corte Inglés, por supuesto, pero también las arrogantes torres de La Caixa. Los Trade siguen siendo los mejores edificios modernos de Barcelona. Los primeros años de El Bulli fueron también de especulación sobre aquella casa que quedaba en la otra punta de la Almadraba, en Rosas, hasta que un día supimos que era de Coderch y de un médico llamado Rozés, y que era, en fin, la casa que nunca tendré. Algunas tardes bravas de paseo subo hasta donde vive el filósofo Pániker. El suyo con Coderch fue un fértil desentendimiento. Pániker piensa que Coderch era un gran arquitecto chalado y neurótico y Coderch pensaría probablemente que Pániker era un cliente chalado y neurótico. Así que uno empezó la casa y el otro la terminó. Pero el resultado es excelente: no puede descartarse que, a veces, el buen cliente deba echar al arquitecto y viceversa.

Una luz naturalA lo largo del tiempo muchas personas interesantes me han hablado de Coderch, singularmente sus colegas Jordi Garcés, Oriol Bohigas, Anna Soler y Óscar Tusquets. A veces dudaba de lo que admiraban más, si al inmenso arquitecto o al descomunal personaje: pero no hay gran personaje que valga sin obra. Todo el gran arsenal de anécdotas de categoría de Coderch (desde la humillante bofetada al corrupto arquitecto municipal de Barcelona como su asistencia a las manifestaciones antifranquistas armado de chófer y cochazo) cobran sentido cosidas a sus muros. Un gran personaje sin obra no es más que un pobre hombre. Anécdota sin categoría. Tusquets le dedica un retrato de su último libro, pero es poca cosa. Tusquets estaba llamado a escribir un gran libro de memorias propias y ajenas tomando a Coderch como guía e interlocutor. Aún está a tiempo. Del personaje, naturalmente, resaltó siempre su condición de hombre libre, la complejidad de un caballero católico y franquista cuya inspiración era el pueblo, sin cursiva. Y también su moral: trataba a los carpinteros o albañiles como imaginaba que tal vez lo habría hecho Brunelleschi y estaba sorprendentemente convencido de que la habitación de las criadas debía tener luz natural. Trabajó y nunca se dio por satisfecho: la primera condición del genio. Su más grave error, o coquetería, fue escribir un artículo que se llamaba, precisamente, «No son genios lo que necesitamos ahora».

Coderch lleva unos cuantos años muerto y ahora acaba de cumplir cien. Tratándose de un artista formidable y de un español libre, y de un hombre que lo primero que hacía en sus proyectos era apartar la mierda, eso decía y eso se ve en sus casas limpias y dignas, resulta natural que la Cataluña de los pisaúvas (¿qué sentido tendrá hablar de naciones cuando un mismo territorio es capaz de alumbrar a José Antonio Coderch y al profesor Junqueras?) haya ignorado absolutamente a Coderch de sus grasientos homenajes, lo cual no es solo coherente sino muy de agradecer. De este modo la iniciativa ha quedado en manos de un cubano blanco, de mi buen amigo Ginés Górriz y su esposa Elina Vilá, que con Agnès Blanchard llevan Mínim, unas refinadas tiendas de muebles donde Coderch se sentiría a gusto. El cubano Górriz, que habla ruso y sabe latín, ya obtuvo fama en su momento por ser el hombre que desnudó a Albert Rivera. Ahora ya es también el único hombre que se acordó de Coderch. Ni instituciones ni gremios ni civiles próximos han competido con él. En una de sus tiendas ha montado un pequeño Belén coderchiano con su lámpara Disa, su chimenea Capilla, sus fotos, sus cartas de póker, sus cintas de música, su pipa y su Chivas Regal. De la lámpara, por cierto, han hecho una reproducción a escala humana donde el visitante puede ejercer de bombilla y arriesgarse a tener una idea. Lo más importante de la exposición, sin embargo, es el rescate del proyecto póstumo del arquitecto, La herencia, que yacía abandonado en los archivos. En los últimos años de su vida Coderch imaginó pisos practicables, que fueran variando de fisonomía y dimensiones al ritmo de las necesidades de sus habitantes. Algo así como el tercero primera y el tercero segunda intercambiando habitaciones según fueran naciendo o marchándose de casa los hijos. El proyecto es interesante. Pero creo que el último Coderch tenía una impresión algo optimista de la especie humana, en especial cuando se concreta en el vecino, intelectualmente también llamado el infierno sartriano.

La exposición no es lo único ni lo principal del homenaje. Porque nuestro cubano blanco, con la ayuda de Poldito Pomés, ha hecho una película sobre Coderch, donde hablan sus impagables colaboradores y muchos de sus colegas, y que tiene grandes momentos, divertidos, conmovedores y didácticos. Iba a escribirte que se trata del documento sobre su vida y su obra más completo pero me ha parecido ofensivo de tan obvio. El artista y el hombre que allí aparece es uno que trabajaba y vivía de dentro para fuera. Comprenderás perfectamente su grandeza.

Sigue con salud

Arcadi Espada

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