Una luz tenue sobre el calentamiento global

En medio de una creciente ola de preocupación por el cambio climático, muchos países -incluidos Brasil, Australia, Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea- sancionaron leyes en los años 2000 que prohibían o restringían sustancialmente el acceso a las bombillas incandescentes. La intención era entendible: si todos en el mundo cambiaran la mayoría de las bombillas por lámparas fluorescentes compactas (CFL por su sigla en inglés) de bajo consumo, podríamos ahorrar el 3,5% de toda la electricidad, o el 1% de nuestras emisiones de  CO2.

El intento actual por parte de los republicanos en el Congreso norteamericano de volver atrás en el esfuerzo de Estados Unidos por prohibir las bombillas incandescentes reanimó esta discusión. Muchos sostienen que la agenda está siendo impulsada por los negadores del cambio climático y su actitud cavernícola. Pero vale la pena revisar la premisa de que prohibir cosas es la manera más inteligente de abordar el calentamiento global.

Seamos claros: efectivamente necesitamos hacer algo para enfrentar el cambio climático. Pero esto no significa que debamos simplemente recortar todas las emisiones. Quemar combustibles fósiles también tiene beneficios importantes, y deberíamos sopesar esos beneficios en relación con los costos.

Un impuesto al carbono debería ser equivalente al daño que produce. El mejor cálculo de esto es aproximadamente 7 dólares por tonelada de CO2 o 0,06 dólares por galón de gasolina (0,015 euros el litro). Los países más desarrollados ya tienen un impuesto de esta envergadura (y muchas veces superior) a la electricidad y los combustibles fósiles, aunque éste también incorpora los costos de la contaminación ambiental y la inseguridad del suministro.

Si bien comprar las CFL cuesta más, éstas resultan mucho más baratas a lo largo de su vida útil, porque consumen mucha menos energía (mucho más si se tiene en cuenta el costo del CO2 incluido en impuestos a la electricidad). En consecuencia, teniendo en cuenta una simple base costo-beneficio, parece tener sentido que la mayoría de la gente pase de las bombillas incandescentes a la nueva tecnología más verde.

Eso es lo maravilloso de las soluciones tecnológicas al cambio climático: si una opción alternativa es más barata, la gente empezará a usarla. En mi casa usamos CFL, y me alegra saber que estoy causando menos emisiones de CO2 y ahorrando dinero.

¿Por qué, entonces, es necesario tener que prohibir las antiguas bombillas? La razón es que el costo monetario es sólo un factor. A mucha gente le molesta que las CFL tarden tanto en “calentarse”. O creen que su luz es “graciosa”. O temen que las bombillas puedan diseminar mercurio venenoso si se rompen. Para algunos, las bombillas de bajo consumo pueden causar ataques epilépticos y migrañas.

El costo inicial también es un factor, especialmente para quienes tienen presupuestos bajos. Y en lugares donde las luces no se utilizan demasiado, una bombilla incandescente de menor precio puede costar menos en general que la alternativa de bajo consumo.

Uno podría pensar que la gente está en condiciones de elegir por sí sola cuáles son las bombillas correctas. Pero quienes defienden la eliminación de las bombillas incandescentes sostienen que ellos tienen más conocimiento del asunto. Como dijo recientemente el secretario de Energía de Estados Unidos, Steven Chu, “Estamos descartando una alternativa que sigue haciéndole perder dinero a la gente”.

Dejando de lado otras posibles objeciones a esta opinión, existe el problema de que esto presupone que todas las bombillas incandescentes cuestan menos de 7 dólares por tonelada de CO2. Esto claramente no es válido para quienes sufren migrañas o ataques epilépticos por las nuevas bombillas, o para quienes están realmente preocupados por el mercurio, o para aquellos que tienen otras razones para preferir las bombillas incandescentes.

La solución debería ser concentrarse en mejorar la tecnología -haciendo que las luces sean más seguras, más brillantes, que calienten más rápido y que ahorren más energía, para que más gente reemplace más bombillas.

Pero no son sólo las bombillas lo que las autoridades intentaron prohibir. Los parlamentarios de la UE votaron abrumadoramente a favor de que se prohibieran los calentadores para exteriores, a los que un miembro del parlamento calificó como “un lujo que el planeta no puede permitirse”.

¿Quién decide cuándo algo es un lujo? ¿Y hasta dónde llega esto? ¿Deberíamos prohibir el aire acondicionado o las cajas satelitales de televisión porque para algunos son un lujo? ¿Tendríamos que prohibir los autos particulares en aquellos lugares donde hay transporte público para trasladarnos de A a B con menos emisiones de CO2?

Tiene sentido reflejar el costo del CO2 (entre muchos otros factores) en el precio que pagamos por conducir nuestros autos o calentar nuestras terrazas; pero cuando la erradicación avanza más lentamente de lo que algunos legisladores desean, una prohibición no es la solución apropiada.

Las reducciones reales de las emisiones de carbono recién se producirán cuando exista una tecnología mejor que justifique que individuos y empresas cambien su comportamiento. Las lámparas de bajo consumo y otros progresos nos pueden hacer avanzar algo, pero existen enormes obstáculos tecnológicos que superar antes de que los combustibles fósiles, en general, se vuelvan menos atractivos que las alternativas más verdes.

Aquí es donde muchos responsables de las políticas se equivocan. Los gobiernos hablan demasiado sobre establecer un impuesto a las emisiones de carbono relativamente alto, mientras que le prestan escasa atención a asegurar un incremento significativo en investigación y desarrollo para generar los avances necesarios.

Limitar el acceso a las bombillas “equivocadas” o a los calentadores para exteriores, en definitiva, no es el camino correcto. Sólo solucionaremos el calentamiento global si aseguramos que las tecnologías alternativas son mejores que nuestras opciones actuales. Entonces, la gente de todo el mundo elegirá usarlas.

Bjørn Lomborg, autor de The Skeptical Environmentalist y Cool It, director del Centro del Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague.

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