Una mercería para los nacionalistas

La sentencia del Supremo parecía, también, la sentencia de muerte del procés. Confieso que no venció mis reservas, las filosóficas, que las jurídicas las dejo para los especialistas. La insurrección anticonstitucional no era ni una broma ni un farol. Dada la naturaleza del asunto, ni siquiera podía serlo. Ni la calificación cabría. La proclamación de independencia desde instituciones de autogobierno, en tanto aspiración a reconocimiento de un nuevo Estado, tiene siempre vocación de realidad. Un farol que tiene o puede tener eficacia causal deja de ser una bravata. Si triunfa, las palabras se mudan en realidad. Estamos ante un genuino enunciado performativo: por el mismo hecho de formularse se convierte en hecho. Cumplía impecablemente el requisito de autenticidad establecido por John Austin, en su clásico Cómo hacer cosas con palabras (1962). El «yo te bautizo» crea un hecho, el ingreso en una comunidad religiosa cuando lo formula un sacerdote y la proclamación de independencia deja de ser una baladronada cuando la realiza el presidente de la Generalitat en su jornada laboral.

Pero sí, los golpistas fracasaron. Y lo sabían. Por supuesto, no han faltado los dispuestos a vitaminarlos. Son voces que recomiendan proporcionarles una salida. Cuesta entender a qué se refieren. Supongo que no se trata de un arreglo personal, material. De ponerles una mercería. Esa ya la tienen asegurada. Carod-Rovira consiguió una cátedra en la Pompeu Fabra, financiada por La Caixa, y el resto, desde entonces, pues más o menos colocados. Y los académicos que falsearon los datos y cebaron las quimeras durante años, en su mayoría desaparecidos, de vuelta a sus quehaceres de siempre. Si acaso, un tuit ocasional como pellizco de monja. Ahora parece que otra hornada quiere tomar el relevo con viejos materiales reciclados (diálogo, respuestas políticas, catalanismo), pero ya no es lo mismo: a lo sumo, aspiran a una columna en la prensa del régimen o a tertuliar en TV3.

La salida que parece reclamarse es de las llamadas «airosas»: la posibilidad de apearse sin sonrojo ni disculpas. Sabían que habían fracasado y que, en un horizonte temporal previsible, no hay lugar para una segunda oportunidad. Pero quieren mantener la cabeza alta, no tener que admitir públicamente su responsabilidad y su derrota. El cuento no es nuevo. Sucedió en Ermua y, de otra manera, con ETA antes del Gobierno de Zapatero. Cuando estaban contra las cuerdas, siempre aparecía un moderado (el PNV, el mismo Zapatero) defendiendo la conveniencia de no dejarlos fuera de juego, de «integrarlos en las instituciones». Los resultados los conocemos. Otegi, el hombre de paz, en las televisiones, y los constitucionalistas descalificados por crispar. Se han integrado tanto que se permiten decidir si los otros se pueden integrar. Alsasua, por resumir: hasta el Gobierno de Sánchez tuvo la desvergüenza de calificar como provocación actos públicos de quienes no están por saltarse la ley (si acaso, por modificarla). Y los provocados a los que convenía evitar el trauma eran precisamente aquellos que se saltaron las leyes y bastantes otras cosas.

A mí si les ponen mercería me trae sin cuidado. La salida que me importa es la de nuestra democracia. Y las dos salidas, la suya y la de la democracia, son estrictamente incompatibles. La salida airosa de los golpistas es un callejón sin salida para nuestra democracia. Nuestra vergüenza como comunidad de ciudadanos. Intentaron quebrar el marco constitucional, forzaron la apuesta y, si la perdieron, no cabe darles otra oportunidad. Una solución para los golpistas supone, se pretenda o no, dignificar su causa. La indecorosa disculpa del pecado venial: se saltaron la ley «por razones políticas». Un guion conocido: en el trasfondo de su trastorno hay una causa justa a la que hay que dar respuestas. La película la hemos visto muchas veces y conocemos su final: chantaje a chantaje hasta la locura del 2017 y de cada día en una Cataluña instalada fuera de la ley donde no rige ni el código de circulación. En resumen, la solución para la democracia es la derrota de los nacionalistas, de sus ideas y propuestas.

Cualquier solución higiénica para nuestra democracia exigiría, para empezar, un independentista lo suficientemente templado como para proclamar ante los suyos: «Me he equivocado y os he equivocado a vosotros», para decirlo con Francisco J. Laporta en un excepcional artículo aparecido hace un par de meses (Cataluña, la independencia imposible, El País, 29/10/2019). Un independentista, como el estadista del poema de Kipling, dispuesto a decir: «Mentí por tanto para complacer a la multitud/ Ahora mis mentiras se han descubierto todas y debo enfrentarme a los hombres que maté/ ¿Qué cuento podrá servirme aquí, en medio de mis jóvenes enfurecidos, defraudados?».

Pero me temo que esperaremos en vano. Hace falta coraje para admitirlo, entre otras razones porque, en política, las disculpas alientan la disposición a castigar al arrepentido (Richard Hanania Does apologizing work? An empirical test of the conventional wisdom, Behavioural Public Policy, 2015). Y si algo caracteriza a la clase política catalana es su falta de coraje. Recuerden que el punto de no retorno lo decidieron apenas mil jóvenes gritando a Puigdemont en la plaza de Sant Jaume. O piensen en los bandazos de ERC, dispuesta a desmentirse ante la menor crítica de sus gólems callejeros. Si algo ha quedado claro en este tiempo es que los líderes nacionalistas actúan según el principio de menor resistencia. Algo que sabíamos pero que nunca nos tomamos en serio (y así nos va: si el fiscal no hubiera perdonado a Mas la querella por malversación a cuenta del 9-N no se habría llegado al 1-O). Y eso que sobraba la evidencia: la ausencia del Estado y la impunidad han estado directamente relacionadas con el imparable crecimiento de los desplantes y las matonerías. Las apuestas, cada vez más altas. Sí, de farol. Pero farol a farol, cedimos y parece que, además de la mercería, les debemos disculpas por no se sabe qué. Vamos, la entera biografía del PSC, el partido de la eterna deuda.

No es retórica. Permítanme precisar el concepto con la cobardía del ejemplo, uno entre tantos: el PSC votando junto a los independentistas el traslado de la comisaría de Via Laietana. Las razones de los nacionalistas se conocen: eliminar uno de los pocos lugares que a los barceloneses nos recuerda la presencia del Estado, que hay alguien velando por nuestros derechos. Desde octubre de 2017 muchos hemos pasado por allí para trasmitir a los policías nuestra gratitud, a recordarles que había una Cataluña decente. Las razones del PSC no se conocen o no se cuentan. El argumento de que se trata de borrar el pasado porque durante el franquismo en ese edifico se cometieron barbaridades nos obligaría a arrasar media ciudad, comenzando por el Palacio de la Generalitat, sede en otro tiempo de la Diputación. Y siguiendo con el de enfrente, el Ayuntamiento. Si acaso, tendríamos más razones con la Generalitat y el Ayuntamiento: su compromiso con la democracia es poco más o menos el mismo que cuando entonces. Lo más serio es que la pleitesía del PSC, el mayor responsable de la propagación del virus nacionalista, es hoy el guion del gobierno de todos. Y el secesionismo, que parecía resignarse a la mercería, hoy aspira a unos grandes almacenes. Con Sánchez en La Moncloa tienen asegurado un Black Friday perpetuo.

Sí, fracasaron y lo sabían. El problema es que parece que nosotros lo hayamos olvidado. Y, ahora, cuando se han dado cuenta de nuestro olvido, vuelven para cobrar no se sabe qué deuda, para volver a empezar. Camino de otro farol. Y en uno de estos…

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita).

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