Una muerte es una tragedia, un millón solo es estadística

Buenas noticias en el infierno. Quién iba a decirle a Iósif Vissariónovich Stalin que nosotros, civilizados hijos del siglo XXI, íbamos a darle un nuevo y más siniestro sentido a una de sus famosas frases. Si él descartaba los más de veinte millones de cadáveres producto de sus purgas con la cínica afirmación que encabeza este artículo, los maestros del terror de hoy parecen haber descubierto la eficacia de la fórmula contraria. Así hemos podido constatarlo al asistir consternados, y casi en directo, a la decapitación del periodista norteamericano James Foley. Apenas unas semanas más tarde, y como parte de un bien dosificado plan, era la cabeza de su compatriota Steven Sotloff la que rodaba ante nuestros ojos y hace unos días la del cooperante británico David Haines. Las arenas de Irak, de Siria, de Palestina y tantas otras se empapan a diario con sangre de millares de hombres, mujeres y niños asesinados de modo tanto o más cruel que estos tres hombres, pero nosotros solo nos espeluznamos ante la imagen de su ejecución. ¿Por qué? Porque, como dijo el camarada Iósif, una muerte con nombre y apellido es una tragedia, lo demás es estadística. Y sin embargo, estas muertes en directo son más que tragedia. Son una nueva forma de administrar el horror.

Una muerte es una tragedia, un millón solo es estadísticaGracias a los medios de comunicación y a diferencia de Stalin, EI, esa organización terrorista suní que se ha autoerigido en califato, no necesita poner un millón de muertos sobre la mesa, le basta con uno para conmover al mundo. Pero hay más datos que calibrar en estas espeluznantes ejecuciones mediáticas (por cierto, ¿para cuando una acción eficaz que evite que este tipo de vídeos puedan ser mostrados en YouTube?). Hablo de mensajes subliminales que se derivan de su puesta en escena. El verdugo, por ejemplo. Ahora sabemos que su vestimenta de tipo islámica y su perfecto acento inglés es parte de una estrategia pensada para demostrar que luchamos con una hidra de, al menos, dos contradictorias cabezas. ¿Quiénes son estos guerreros del desierto a los que incluso Al Qaida rechaza por sanguinarios? La primera respuesta parece simple. Son extremistas suníes a los que la desastrosa invasión de Irak y aún más lamentable gestión de los años posteriores a ella han dejado fuera del poder pero armados hasta los dientes con material bélico proveniente, en su mayoría, del desmantelado ejercito iraquí (bravo, Bush; bravo, Paul Bremer). Las subsiguientes revoluciones de la Primavera árabe, esas que los progres visionarios saludaron como la llegada de la democracia a Oriente Medio, que Dios les conserve la vista, hicieron el resto. Entre el material rapiñado de aquí y de allá, y con la ayuda de ex mercenarios y de rencillas tribales, el EI ha conseguido formar un ejército que se mueve con soltura entre las ruinas de tantos estados fracasados. Cuenta además con buenas fuentes de financiación. Ya no hablamos de ayuditas de algunos jeques árabes que, en el tablero de política internacional, ponen una vela a Dios (América) y otra al Diablo. Se trata de petróleo. Según la BBC, los pozos que controla EI producen dos millones de barriles diarios que se vende a buen precio en el mercado negro.

Hay por fin una última y no menos importante lectura del aspecto del mencionado verdugo. Pertenece a la llamada yihad internacional. He aquí la otra cabeza de la hidra, y la más inquietante. Empezamos a vislumbrarla hace años gracias a Bin Laden, hijo de un millonario y educado en los mejores colegios de lengua inglesa que, llegado el momento, prefirió la chilaba a los trajes de Savile Row, la jaima a los hoteles con jacuzzi. ¿Qué hace que cada vez más muchachos criados en los valores occidentales de pronto renieguen de ellos? ¿Por qué alguien oriundo de un lugar pero que se ha criado en otro actúa así? Creo que puedo contestar por experiencia directa o al menos similar. Un niño que llega a un país que no es el suyo, primero trata de integrarse lo antes posible, disimula su acento, cambia sus costumbres, reniega de sus orígenes. Más adelante sin embargo, se produce el efecto contrario. Crece en él el orgullo de ser distinto y buscar referentes en sus orígenes. Se trata de un fenómeno natural y, en la mayoría de los casos, completamente inofensivo. Sin embargo, es interesante señalar que la globalización, esa que logra que comamos la misma hamburguesa, nos vistamos con la misma camiseta o calcemos idénticas zapatillas Nike así en Pekín como en Quito o en Canberra, tiene –además de sus indudables efectos positivos– un curioso efecto colateral que propicia que muchos necesiten buscar referentes muy cercanos. Es una inquietante vuelta a la tribu. Cuanto más nos uniformamos más crecen los extremismos islámicos, las tensiones raciales, los afanes imperialistas disfrazados de reunión de pueblos hermanos, los nacionalismos trasnochados. Basta con ver las noticias para poner nombre y lugar a cada uno de estos dispares fenómenos. Se llaman Califato, se llaman protestas raciales en los Estados Unidos, se llaman invasión de Ucrania o, menos dramáticamente, referéndum escocés e independentismo catalán.

No, no es agradable el panorama que alumbran los primeros albores del otoño. Los pesimistas creen ver en tan inquietantes síntomas, y también en la cifra redonda que nos separa de la primera de las dos grandes guerras, todo tipo de signos funestos jeremiando que la historia tiene la mala costumbre de repetirse. Imperios en decadencia en el caso de la Primera y manipulación de los sentimientos nacionalistas en el caso de la Segunda estuvieron en el origen de las dos confrontaciones mundiales y a muchos les parece ver también en esto un paralelismo con la situación actual. Sin embargo, Stalin o Hitler necesitaron millones de muertos para sembrar su horror mientras que a los miserables de hoy en día les basta con tres muy bien dosificados en los medios de comunicación. Por eso yo soy más del parecer de Mark Twain, que decía que la historia no se repite, pero rima. Solo es de desear ahora que la procastrinación para atajar los desafíos cuando todavía eran incipientes y manejables que hubo en los años 40, rime lo menos posible con nuestro presente.

Carmen Posadas, escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *