Una mujer francesa

No hay mayor consagración en la República Francesa que ser enterrado en el Panteón. Este fue el destino de Simone Veil el domingo pasado, en París, acompañada por el himno nacional y un largo elogio pronunciado por el presidente de la República. El hecho de que Barbara Hendricks, una estadounidense, cantara la Marsellesa es testimonio de la inclinación del presidente francés hacia el multiculturalismo. Esta ceremonia laica, rara en nuestra historia, es un legado de la Revolución Francesa, obsesionada en sus comienzos por los recuerdos históricos de la República romana. Entonces se necesitaba para la nueva Francia una religión laica, que Robespierre llamó «Culto de la razón», y un templo en el que depositar los restos de los héroes. Esta fue la función del Panteón, una iglesia de estilo romano transformada a tal efecto. En su frontón se inscribió la frase «A los grandes hombres, la patria agradecida». En francés clásico, la palabra hombre es neutra e incluye a las mujeres.

Una mujer francesaLos primeros pasos fueron caóticos. El primer «héroe» en entrar en el Panteón, en 1791, fue Mirabeau, abogado y diputado, uno de los padres fundadores de la Revolución, que fue también el primero en salir un año después, cuando se descubrió que había espiado en nombre del Rey. Le siguieron Voltaire y Jean-Jacques Rousseau, enemigos fraternos, pero recuperados ambos por los revolucionarios. En el siglo XIX, algunos mariscales de Napoleón I, cuyo nombre ha sido justamente olvidado, se apropiaron de las sepulturas. Con la Tercera República, llegaron elecciones más sensatas, como Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Émile Zola, escritores consagrados. Después, en el siglo XX, estudiosos como Marie Curie. De Gaulle favoreció a sus compañeros de lucha, a miembros de la Resistencia ante los nazis como Jean Moulin. Más tarde, André Malraux, versátil genio y novelista de la Guerra Civil española.

Volvamos a Simone Veil, porque con ella se ha escrito una nueva página en la historia de Francia. Deportada a los 16 años al campo de exterminio de Auschwitz junto a su madre, sobrevivió y se embarcó después en una carrera pública tan ejemplar que fue más una epopeya que una carrera. Esta se articuló en torno a tres temas tan poderosos y actuales que el presidente Macron no pudo evitar establecer un paralelismo con nuestro tiempo y obtener inspiración para su propio Gobierno. La memoria del Holocausto, para empezar, esencial porque los últimos testigos desaparecen y siempre habrá quien niegue la barbarie.

Simone Veil se negó a ser vista como una víctima de los nazis, pero utilizó su prestigio para recordar constantemente que la civilización es un frágil barniz: su mensaje, amplificado por Macron, va dirigido tanto a los totalitarios de ayer como a los populistas de hoy, que juegan con las razas y las religiones como quien juega con fuego. También por esto Emmanuel Macron declaró que ahora el exterminio de 70.000 judíos franceses y gitanos a manos de los nazis figurará en la historia de Francia del mismo modo que la Resistencia.

La segunda lucha de Simone Veil, obviamente inacabada en los tiempos del #Metoo, fue contra el acoso sexual, la justicia para las mujeres y, especialmente, la legalización del aborto, presente en la memoria de todos los franceses; en 1975 defendió con heroísmo esa ley ante el Parlamento, contra una oposición furiosa. En aquella época, tanto ella como el presidente Valéry Giscard d’Estaing tuvieron la habilidad de presentar esa legalización no basándose en principios teóricos, sino en nombre de la salud de la mujer. Además, Simone Veil se negó toda su vida a ser etiquetada como «feminista». Desconfiaba del feminismo del mismo modo que rechazaba con horror cualquier ideología radical.

Su tercera lucha fue la Unión Europea, basada inicialmente en la reconciliación entre Francia y Alemania; dado su pasado, su gestión fue aún más notable y convincente. Por ese motivo, fue elegida en 1979 como primera presidenta del Parlamento Europeo. También en este caso habría sido inútil que Emmanuel Macron insistiera en la necesidad de esa lucha por la civilización y contra la barbarie. Lo que Macron no dijo, y habría estado fuera de lugar aunque sigue siendo poco conocido, es hasta qué punto Simone Veil tendía a la derecha y cuánto odiaba a los socialistas. ¿No es extraño, dados sus compromisos? No. Los socialistas siempre intentan persuadirnos de que solo ellos son portadores de reformas esenciales y de justicia social.

Simone Veil demostró que, por el contrario, la justicia está anclada ante todo a los valores tradicionales y no se basa en una mitología política. Para quienes no han tenido la oportunidad de conocer a Simone Veil, añadiré que esta heroína francesa era muy hermosa, pero no era dulce. Hablaba y actuaba con autoridad, y llevaba mal la contradicción, porque sabía que su camino era el correcto y que el tiempo se le estaba acabando.

A su lado en el Panteón descansan las cenizas de su marido, Antoine Veil, con quien compartió 67 años de vida en común. En París, el 1 de julio, durante el recorrido del cortejo, me llamó más que nunca la atención el fervor popular de los miles de personas anónimas que asistían a la ceremonia; Simone Veil había cambiado sus vidas a mejor. ¿Qué hombre de Estado puede decir lo mismo?

Guy Sorman

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