Una nación para un sueño

Brilla el significado de la historia sólo en tiempos de peligro. Una fractura social y nacional como la que estamos viviendo no sólo nos proporciona los datos de la crisis, sino que también nos permite comprender cómo se constituyeron las condiciones de la estabilidad. Estar a la altura de las circunstancias nunca ha supuesto adaptarse resignadamente a la envergadura de los acontecimientos, sino levantar una conciencia que nos permita dominarlos. Cuando Ortega deseaba plantear el único modo de ver las cosas que corresponde al hombre, por lo menos el único modo interesante, solicitaba esa mirada que no se dejara vencer por la falsa actualidad, por la estatura aislada de los hechos. «Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud», señaló en la primera página de sus Meditaciones-del-Quijote. Ser hombres de nuestro tiempo no consiste en la habilidad para captar la fugacidad de lo inmediato. Reside en disponer de una conciencia histórica, que proporcione significado a la mera precipitación de los acontecimientos, que permita vivir como seres humanos, no asistiendo a lo que pasa, sino comprendiendo lo que ocurre.

Esa carencia de perspectiva es uno de los efectos más graves de nuestra crisis. España no sólo vive un devastador ciclo de penalidades económicas, una deserción de las cláusulas de seguridad material, un menoscabo de las esperanzas de recuperación de bienestar que turban justificadamente nuestra serenidad. Hay algo, por encima o por debajo de todo esto, que es mucho más grave, porque puede poner en peligro la posibilidad de nuestra existencia como nación y, como resultado, hacer imposible que salgamos juntos e indemnes de esta grave coyuntura. España carece hoy de esa mirada capaz de dotar de sentido histórico a lo que nos ocurre, de insertar nuestras vicisitudes en una experiencia de larga duración, en una memoria nacional donde el recuerdo de aquellas ocasiones en las que hemos sabido salir adelante deje de darnos el aliento ilusorio de la retórica o el alivio sedicioso de la impotencia, para proporcionarnos una esperanza bien fundada en saber de lo que fuimos capaces hace no demasiado tiempo.

El estrago de los años lleva ya tiempo diezmando las filas de una generación valerosa. Y no parece que corresponda ahora limitarse a defender lo que se construyó entonces mediante una referencia a instituciones que el pueblo español tiene el derecho permanente a reformar. Lo que debe plantearse no es sólo la letra que entonces se pronunció, sino el espíritu de unidad y de reconciliación desde el que tantas personas quisieron reemprender el curso de la historia. Lo que conviene ahora es plantear aquella idea de España que les animó a todos y que insertó en las referencias morales y políticas de nuestra modernidad el carácter de una nueva generación, que se sumaba a los esfuerzos realizados desde el principio del siglo XX por hombres y mujeres agrupados en intentos fracasados por hacer de nosotros una nación de ciudadanos.

Aprendamos de esa generación del 78. Revivamos aquellos tiempos en los que teníamos un horizonte común, aquellas jornadas en que nuestros corazones se movilizaron para que nuestro pulso compartido golpeara las tinieblas. Aunque a algunos les duela ahora recordar cómo tantos jóvenes eran capaces de vibrar con un poema y una canción que hablaban nada menos que de una España en marcha. Rindamos homenaje a una nación entera a través del recuerdo de quienes supieron servirla. Pongamos en lo que ahora quiere ser fugacidad y olvido la determinación de nuestra memoria y la sensatez de nuestro agradecimiento. Hagamos valer hoy el orgullo por haber sido quienes fuimos cuando, rompiendo con los peores hábitos de nuestra conducta colectiva, hicimos lo más difícil, lo que exigía la disciplina nacional, la virtud cívica, el sentido patriótico, la responsabilidad con la España que teníamos al alcance de nuestras manos. Cuando expulsamos a nuestros demonios familiares y abrimos nuestra conciencia a la necesidad de vivir como ciudadanos libres en una nación respetuosa y respetada. Cuando comprendimos que, por una vez, por un momento quizás irrepetible, podíamos disponer de nuestra soberanía para hacernos con una patria fundamentada, como aquellas que dieron lugar al mundo moderno, en la idea de que todos quienes la habitan sólo podían hacerlo como hombres y mujeres libres e iguales en derechos.

Aquella gran esperanza se encarnó en algunos, en los mejores. Fueron quienes indicaron ese camino más arriesgado, quienes señalaron la senda menos confortable. Todos ellos representaban momentos terribles de la historia del mundo, cuando las verdades siempre eran como puños y el adversario siempre era un enemigo, cuando el golpe era más eficaz que la palabra, y la muerte ajena, más propicia que la vida en común. Nuestra insensatez actual parece haber olvidado que la generación de 1978 había nacido en tiempos de penumbra y supo avanzar con ejemplar decisión hacia la luz, llevando de la mano todo el futuro que hoy es presente. Honremos a quienes supieron que sólo gana en común quien renuncia individualmente, y tuvieron la decencia de aprender cómo sus actos sólo se justificaban por un bien supremo que, por aquel entonces, solía llamarse España. En un momento tan grave como el que atraviesa esta nación, cuando la crisis económica vuelve a colocarnos ante el abismo de nuestra propia negación, ese homenaje no puede dedicarse al vaporoso recuerdo de un tiempo interesante, sino a la vigorosa actualidad de una experiencia imprescindible. Fuimos capaces de emprender un camino que nos llevó a saldar definitivamente los peores momentos de nuestra trayectoria histórica, que nos apartaron del mundo occidental y nos convirtieron en una colectividad extravagante, a la que ni siquiera se tomaba en serio como nación.

Aceptemos el ejemplo como lo que debe ser: una inspiración para hacer de nuevo lo más difícil. Hoy, también, lo más fácil es acogerse a las emociones que fragmentan, a las identidades que separan, a las demandas de ruptura y a la renuncia a buscar soluciones a nuestros problemas sintiéndonos miembros de una misma comunidad. A veces, en los tiempos de zozobra, cuando no sabemos qué camino elegir, el sentido moral nos advierte de que suele ser el más complicado. Exijamos la responsabilidad del estadista que no encoge la longitud de su mirada para ajustarla a la miopía de las emociones instantáneas. Ese es el camino donde deberá preservarse aquello que costó tantos sacrificios, y cuyo valor sólo nos pertenece si los honramos, no si nos limitamos a evocar su forma para traicionar su significado. En el exilio, los judíos rezaban: «Si me olvido de ti, Jerusalén, que se seque mi mano derecha y la lengua se me pegue al paladar». En momentos en que España está al borde de un exilio moral, aquel liderazgo de quienes nos llevaron al encuentro de una patria común, pronunciada desde todas las ideologías, defendida desde todas las culturas, reconocida desde todas las tradiciones, no sólo exige el emocionado recuerdo de quienes nos abandonan, sino la severa advertencia contra quienes parecen haberlos olvidado.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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