Una nación sin Estado

La principal característica del reto lanzado hace dos años por el nacionalismo catalán al Gobierno de Mariano Rajoy es que se situaba fuera de la política. La política no es, nunca, un juego de suma cero. La política es lo que después de una noche electoral cualquiera permite decir a todos los partidos que han ganado. Los que ganan, en efecto, y los que perdiendo, ganan de algún modo estrafalario, pero efectivo. Pero este 9 de noviembre no pertenece al reino gris de transacciones y acuerdos, tan desagradable a veces y, probablemente, tan imprescindible para la convivencia. En vano, durante estas últimas semanas, el Gobierno se ha esforzado en lanzar mensajes de componendas, de acuerdos más o menos secretos, de marrullería táctica. Su intención era, precisamente, devolver la áspera situación vigente a la política. Poder decir, la noche del 9 de noviembre yo también he ganado.

No ha podido.

Frecuentemente, y desde que el presidente Mas convocó el 9 de noviembre, el presidente Rajoy se negó a responder a la pregunta: «Qué hará usted si el presidente Mas decide sacar las urnas a la calle.» Yo, como otros cientos, también se lo pregunté un mediodía en La Moncloa. Su respuesta parecía sincera y cerraba casi por completo la posibilidad de la repregunta. Su respuesta era: «No me cabe en la cabeza que el presidente Mas no cumpla la ley».

Pues ya le cabe.

Durante este aciago domingo español el presidente Rajoy ha debido de sufrir una terminante ampliación de cabeza. Su homólogo catalán no sólo ha incumplido la sentencia y la instrucción del Tribunal Constitucional sino que no ha disimulado el alarde. Que la Fiscalía venga a por mí: ése ha sido su tajante mensaje a la ley.

Ningún demócrata debe prestar la más mínima atención a los resultados de la mascarada organizada por la Generalidad de Cataluña y su juego sucio con la democracia. Ningún extremo del 9 de noviembre cumple con las garantías mínimas que la decisión democrática exige. A este inane voto presuntamente independentista todo sigue saliéndole gratis y la mascarada sólo acentúa la espiral de irresponsabilidad y frivolidad en que han caído buena parte de los ciudadanos de Cataluña. Alentados, por cierto, y es descorazonador decirlo desde el oficio, por un periodismo que, prestándole los modos, el léxico y la cobertura de una verdadera operación democrática, se ha erigido en la más potente herramienta legitimadora del simulacro.

La gravedad de este domingo no reside, así, en el desafío independentista sino en el desafío a la ley. En realidad, la independencia sigue sin ser el verdadero objetivo de los nacionalistas. Incluso los más acérrimos militantes de la cruzada saben que la independencia sería un negocio ruinoso, al menos para una generación de catalanes. Detrás de la fantasmal invocación del derecho a decidir no ha habido nunca más que el derecho a mandar. Y desde este punto de vista, el 9 de noviembre ha supuesto un éxito incontestable para el presidente Mas.

La verificada humillación al Estado complacerá, sin duda, al nacionalismo, pero traerá innobles consecuencias a la democracia española. Entre ellas una nueva cota de desafección de una ciudadanía ya muy castigada por la pérdida de confianza entre los ciudadanos y sus representantes. En este sentido, el 9 de noviembre supone una forma de corrupción moral y política del sistema extremadamente dañina. No hay justificación razonable a la posibilidad de que un alto cargo institucional incumpla la ley y pueda seguir ejerciendo su función. Y lo más feo del asunto es que ya no afecta sólo al presidente Mas. Es decir, no sólo afecta al que incumple la Constitución, sino también al que no la hace cumplir, pese a la instrucción de su primordial y solemne juramento.

Las noticias son también malas para la política partidista. La única estrategia visible del presidente Rajoy era la ley y su fracaso es constatable y de largo alcance: entre la desafección generada estará la de muchos votantes y militantes del Partido Popular. Tampoco los partidarios de alguna presunta tercera vía pueden sentirse reconfortados. Es improbable que algún pacto duradero y profundo pueda alcanzarse a partir del quebranto de la ley y de su exhibición jactanciosa. Aunque bien es verdad que en algún sentido puede haber habido un acercamiento: ya parecen ser dos naciones sin Estado las que de tú a tú negocian.

Arcadi Espada

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