Una nueva política fiscal para la izquierda

Sentada en un céntrico bar barcelonés, una pareja de jóvenes disfruta de la música en directo y de un par de cervezas. Él parece haber estudiado ciencias políticas y trata de explicarle a ella uno de los mayores cambios sociopolíticos de nuestra época. «Los estados ya no son lo que eran. Siguen siendo entes de grandes dimensiones, pero su poder decae en detrimento de otros actores. Imagínate que el Estado es un barco, y que los ciudadanos son sus pasajeros. Supón que este barco navega en las aguas, que son los mercados, y que lo ha hecho sin zozobra ni gran oleaje. Hasta hoy. ¿Qué pasa si los mercados, la marea, va adquiriendo cada vez más y más virulencia?» Ella, que había seguido los debates del 15-M desde sus prácticas en el extranjero, contesta con determinación: «En ese caso, prefiero viajar en un transatlántico antes que en un bote de pescadores».

Y así es. Hoy en día asistimos en Europa a un paisaje francamente dantesco. Somos testigos de la incapacidad de los estados para ejercer con plenitud aquello que les caracteriza, su soberanía, por culpa de un viejo conocido de la izquierda: el mercado desregulado. En especial, los mercados financieros, capaces como han sido de doblegar la voluntad de comunidades políticas a golpe de comunicado, compraventa o revisión de calificación crediticia. Encontramos ejemplos de tal delito todos los días desde hace unos meses: Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia… Y con algunos coautores: las condiciones leoninas del primer rescate griego, por ejemplo, fueron avaladas por los representantes políticos de los gobiernos europeos. Conservadores, en su mayoría.

Para la izquierda política europea, este es un momento ideal para lanzarse al ruedo del debate ideológico y proponer la tan ansiada alternativa a la austeridad. En especial, las fuerzas socialdemócratas deben centrar sus esfuerzos en reapropiarse de una idea que forma parte del código genético progresista: la utilización de la política fiscal en su doble vertiente, como creadora de crecimiento y como instrumento de redistribución. La izquierda necesita una nueva política fiscal, libre de complejos y legitimada por su finalidad redistributiva, apartada del zeitgeist neoliberal de los últimos tiempos.

La nueva política fiscal tendría su fundamento en tres pilares, las tres erres que determinan los elementos nucleares para un proyecto social alternativo: regulación, recaudación y reinversión.

Primero. El mantra de la regulación tuvo su auge en los momentos posteriores a la caída de Lehman, y durante un tiempo centró la agenda política del G-20. La regulación permite una intervención quirúrgica del Estado en la economía, estableciendo las reglas del juego de determinadas actividades, fundamental para una fiscalidad socialdemócrata. En este campo, déjenme apuntar algunas iniciativas urgentemente necesarias: 1) una agencia de calificación de deuda europea, pública e independiente; 2) la publicitación y registro de los CDS (credit default swaps o seguros de impago), auténticas armas financieras de destrucción masiva; y 3) la inclusión del crecimiento económico como objetivo en el estatuto del BCE.

Segundo. La recaudación. Para reconstruir el viejo transatlántico es necesario que el Estado se nutra de unas fuentes de financiación tales que lo resitúen en el centro del poder económico. El Parlamento Europeo aprobó en marzo un informe en el que avaló un paquete de nuevas formas de financiación comunitaria: el impuesto sobre transacciones financieras, los eurobonos y el impuesto sobre la emisión de carbono. A nivel español, a la receta comunitaria se le añaden tres nuevos ingredientes: la recuperación del impuesto sobre el patrimonio, la guerra sin cuartel contra el fraude fiscal y el aumento de la progresividad del IRPF.

Tercero. La reinversión. Tradicionalmente, la política fiscal se había centrado básicamente en la recaudación. El auténtico giro copernicano supone poner especial énfasis en el gasto público. Como han señalado numerosos premios Nobel de Economía, no habrá recuperación sin crecimiento económico, así que el dónde gastar y el cómo invertir adquieren hoy en día una relevancia inusitada. El círculo virtuoso, la senda del crecimiento, respondería al siguiente patrón: inversión productiva del Estado en forma de gasto público; mejora de la actividad económica; aumento de la recaudación fiscal; fortalecimiento del poder del Estado y vuelta a la inversión productiva.

Lamentablemente, el pacto social implícito entre mercado y Estado, definitorio del proyecto socialdemócrata, se resquebraja. Los mercados sacan músculo sin pudor ante los poderes públicos y la fortaleza de los estados del bienestar mengua precisamente en un momento en el que la ofensiva socialdemócrata debería ser total, en todos los frentes, y en especial el de la fiscalidad. La política fiscal es el brazo del Estado, su espada y su escudo, el casco del gran barco social. En los tiempos que corren, la marea de los mercados financieros viene crecida, y en tal caso es mejor viajar en un transatlántico que en un bote de pescadores.

Por Julio Jiménez, economista.

1 comentario


  1. En cuanto a la medida de las agencias de calificación, estoy de acuerdo que esta agencia europea debe ser totalmente independiente, pero a la vez creo que, es este caso, “independiente” es incompatible con “pública”. Los países no se pueden poner notas a sí mismos, entrarían en un claro conflicto de intereses y ningún inversor se fiaría de ellos. La agencia de rating europea debe nacer de una iniciativa privada para que los inversores se fíen de sus notas. Lástima que no se haya creado ya.

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