Una opción razonable

Por José María Marco, historiador (EL MUNDO, 27/03/03):

Como en la polémica sobre la intervención en Irak están saliendo bastantes referencias a la Guerra de Cuba (1898), conviene recordar algún dato más sobre aquel conflicto. Hasta la intervención de Estados Unidos, España ganaba la guerra. En cuanto Estados Unidos decidió intervenir, el Gobierno español supo que la había perdido.Pero no fue capaz de trasladar esa amenaza a la opinión pública.La opinión pública española no había medido el potencial americano y no se daba cuenta de que se enfrentaba a un país en plena expansión y a un ejército incomparablemente superior. En vez de evaluar con frialdad la situación, se dejó llevar por la euforia patriótica y por la confianza en las fuerzas de la nación.

El Gobierno (liberal) no se atrevió a contradecir a la opinión pública y a contarle la verdad. En vez de cumplir con lo que él mismo sabía que era su deber, prefirió mandar la flota a una derrota segura. Los militares se sintieron, no sin razón, sacrificados a una opinión sin criterio y, en última instancia, a la cobardía de los políticos. Los políticos justificaron su conducta con el razonamiento de que la opinión pública no podría comprender nunca una negociación razonable con Estados Unidos. La opinión pública se sintió estafada por la clase política. El sistema liberal y parlamentario sobrevivió porque ya estaba implantado en las costumbres. Pero lo que desde entonces se llama crisis del 98 es en buena medida el resultado de la posición falsa en la que se situaron todos los protagonistas de aquel drama.

Los españoles lo pagaron con décadas de aislamiento. Durante muchos años, se abstuvieron de participar en los principales acontecimientos ocurridos en el mundo, por mucho que esos acontecimientos les afectaran también a ellos. La abstención se terminó cuando, tras la normalización y la democratización del país, los españoles se incorporaron a la Comunidad Europea y a la OTAN. La participación en la Guerra del Golfo y en la de Kosovo, junto con los aliados, cerró esta larga etapa poco brillante.

Todo hacía pensar que, ante una reapertura del conflicto de Irak, cerrado provisionalmente tras la guerra de 1991, jugarían otra vez las alianzas internacionales y España seguiría interpretando su papel, discreto, en el concierto internacional. No ha sido así. El canciller Schröder, apurado en las últimas elecciones, lanzó una dura campaña antinorteamericana para ganarlas. Le siguió Chirac, que ha creído del interés de Francia alejarse también del socio americano. Dos antiguos aliados cambiaron de pronto el rumbo de su política internacional, con lo que obligaban a todos los miembros de la Unión Europea y de la OTAN, así como a los candidatos a incorporarse a alguna de estas organizaciones, a redefinir su posición.

Tal vez Francia y Alemania daban por supuesto que los otros socios europeos les seguirían. La Carta de los Ocho despejó la incógnita.A Francia y Alemania se sumaba Bélgica. Todos -digo bien, todos- los demás países europeos han optado por mantener la alianza anterior. Resulta por tanto razonable que España se haya colocado junto a la mayoría de sus socios europeos. Sobre todo si se tiene en cuenta que a esa mayoría se unen los países candidatos a entrar en la Unión (todos los de la antigua Europa del Este más Turquía) y Estados Unidos.

España, por otra parte, no es una potencia militar y, si hubiera elegido la alianza francoalemana, nadie le habría seguido. Ahora seríamos parte del eje franco-belga-alemán-español. El liderazgo que España ha logrado con su decisión, posición de la que tanto parece disfrutar el presidente Aznar y que tanta rabia produce en la oposición, es sobrevenido. Los españoles no tenemos todavía los medios (el Ejército, la presencia en la escena internacional) a la altura de nuestro nuevo papel. Pero no es difícil comprender que sería absurdo desaprovechar la ocasión creada por Francia y Alemania. Aspirábamos a ser protagonistas, ahora lo somos y tenemos que dotarnos de los medios que esta nueva posición nos exige.

La posición de España podía haber sido distinta si las ventajas de la alianza con Francia, Alemania y Bélgica fueran superiores a las de la alianza con todos los demás países occidentales.En otras palabras, el proyecto europeo que presentan Francia, Alemania y Bélgica podía haber resultado más atractivo que el que empieza a dibujarse entre el resto de países. Pues bien, no lo es. Los dos rasgos fundamentales de la Europa que se esboza para después de pasada la tormenta son el mantenimiento de las relaciones con Estados Unidos -el lazo trasatlántico- y un moderado liberalismo en lo económico, con la economía española como modelo.Un modelo que en sus líneas generales cuenta con el respaldo del PP y del PSOE, por lo menos hasta ahora.

Lo único realmente nuevo que tiene esta «nueva Europa» -por retomar la retórica de Rumsfeld- es que se comunica en inglés, no en francés. Aun suponiendo que eso sea una desventaja, ninguna ventaja más presenta por su parte el proyecto franco-belga-alemán. Francia está ensimismada en la conciencia de su excepcionalidad, enferma de narcisismo y de nostalgia, mientras Alemania no acaba nunca de poner en marcha las reformas que le devolverían a su antiguo papel de locomotora de la economía europea. Son países muy ricos, pero no crecen. Los dos practican políticas fuertemente intervencionistas, con gobiernos gigantescos, y sin capacidad para crear trabajo ni oportunidades. De ese lado, la prueba está hecha. El modelo francoalemán no sirve.

Más aún, a menos que se crea llegada la hora de la definitiva paz mundial, la Europa franco-belga-alemana, emancipada de la supuesta hegemonía norteamericana, tendrá que defenderse. ¿Están dispuestos los tres países, y quienes se asocien a ellos, a hacer el esfuerzo que requeriría una auténtica emancipación? Sería interesante aclarar este punto, cuantificar cuánto costaría la ruptura de la alianza con Estados Unidos y saber de dónde iba a salir el dinero para pagar la -ahora sí- nueva defensa europea.Probablemente nos encontraríamos con que el famoso Estado del Bienestar de que tan orgullosos están los europeos se ha levantado sobre el esfuerzo armamentístico de los norteamericanos.

Cualquier clásico hablaría de cinismo y corrupción moral. En términos menos drásticos, puede resultar comprensible que la opinión pública occidental, en particular la de los países occidentales que no sufrieron los atentados del 11 de Septiembre, no se sienta amenazada por el régimen neonazi de Sadam Husein. Pero no lo es que los políticos jueguen con esa sensación de seguridad si no tienen la absoluta convicción de que esa sensación responde a la realidad. Algo parecido hicieron los gobernantes españoles en el 98. Engañaron a la opinión pública, convencida de un hecho que era falso de arriba abajo. Las consecuencias morales, psicológicas y políticas de aquella mentira no pudieron ser más lamentables.

Y, ya que hablamos del 98, existe una razón suplementaria que puede ayudar a explicar la posición de España en este asunto.La población hispanoparlante en Estados Unidos será pronto equivalente a la población española. ¿Vale la pena sacrificar cualquier posibilidad de influir en ella y enriquecernos con su aportación? Y otra más: cuando Chirac haya hecho volar en pedazos la ONU para satisfacer su vanidad, ¿dónde le conviene estar a España? ¿Donde pueda influir en el nuevo orden internacional? ¿O donde tenga que aceptar lo que le dicten los franceses y Chirac? La verdad es que, aunque sólo fuera por decoro estético, la izquierda occidental se podía buscar un líder menos impresentable que M. le Président .

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