Una pequeña luz al final del túnel

Por José Enrique de Ayala, general de brigada en la reserva,. Fue segundo jefe de la división Centro-Sur en Irak (EL PAÍS, 11/03/07):

La conferencia regional de seguridad celebrada ayer en Bagdad, como preparación a la que tendrá lugar en el mes de abril en el ámbito ministerial, constituye el primer paso sensato en los últimos dos años para tratar de revertir el proceso de degradación política y militar en el que se halla sumido Irak. Su aceptación por EE UU, e incluso su promoción -ya que es más que improbable que el primer ministro iraquí Al Maliki haya tomado la iniciativa de convocar esta conferencia sin la aprobación de Washington-, marca un giro importante en la política norteamericana hacia las vías diplomáticas y políticas ante la evidencia de que no existe una solución militar para el problema iraquí, reconocida incluso por el general Petraeus, máximo responsable sobre el terreno de la coalición militar que ocupa Irak desde el año 2003.

Por primera vez desde noviembre de 2004, representantes de EE UU e Irán se han sentado a la misma mesa, lo que es una excelente noticia en un momento en el que la tensión entre ambos países ha aumentado hasta límites peligrosos. Este tipo de reuniones multilaterales pueden aprovecharse para establecer contactos bilaterales discretos, bloqueados hasta ahora entre ambos países por el rechazo iraní a la condición previa de suspender el enriquecimiento de uranio, que podrían dar paso en el futuro a un diálogo directo en línea con las recomendaciones del informe Baker-Hamilton y, a través de él, a la desactivación de un conflicto potencial que podría añadirse al de Irak y tener consecuencias incalculables.

Los intereses de los participantes en la conferencia son, en cualquier caso, muy distintos. EE UU y el Reino Unido pretenden obtener de los vecinos de Irak, especialmente de Irán y Siria, garantías para limitar el contrabando de armas, cerrar los campos de entrenamiento y controlar la infiltración de combatientes. Por su parte, a los países árabes e Irán les interesa conseguir un calendario de retirada de las fuerzas de la coalición, aunque no todos estén de acuerdo en las condiciones y el ritmo de esa retirada. Cabe por tanto la posibilidad de que esta iniciativa se salde con un fracaso como fue el caso de su predecesora, que tuvo lugar en Sharm-el-Sheij auspiciada por Egipto, el 23 de noviembre de 2004. No obstante, las circunstancias actuales permiten albergar cierta esperanza de que podamos estar asistiendo al principio de una solución.

En estos dos últimos años EE UU y el Reino Unido han pasado de creer en la posibilidad de un Irak relativamente estable y prooccidental a intentar buscar una salida más o menos digna que no deje a la zona en una situación peor de la que estaba antes de la intervención. Entre los vecinos de Irak, por su parte, se ha extendido el temor a que el enfrentamiento entre suníes y chiíes se propague de forma incontrolada por la región, pues todos tienen importantes minorías de uno u otro signo. Incluso el régimen iraní, beneficiado indirectamente por la implicación del aparato militar estadounidense en Irak, ha mostrado su voluntad de desactivar el enfrentamiento sectario en la visita que hizo el pasado día 3 de marzo el presidente iraní Ahmadineyad al rey Abdulá de Arabia Saudí.

Hay signos, por tanto, de que actualmente se dan las condiciones para que todos los actores implicados busquen sinceramente un camino para la paz, que sólo puede llegar a través de un acuerdo político interno entre todos los grupos étnicos y religiosos iraquíes, avalado por los países árabes y por Irán, del mismo modo que los acuerdos de Taif pusieron fin a la guerra civil libanesa en octubre de 1989. El proyecto de ley sobre el reparto de los beneficios del petróleo aprobado recientemente por el Gobierno de Bagdad podría ser una pieza fundamental para la reconciliación, si es sancionada por el dividido Parlamento iraquí en mayo. En el marco de este hipotético acuerdo, Washington debería por su parte renunciar definitivamente a mantener bases permanentes en Irak y anunciar un plan de retirada total de sus tropas que se implementaría progresivamente a medida que las sucesivas etapas de la hoja de ruta para la paz entraran en vigor.

Si se desaprovecha esta oportunidad la situación sólo puede empeorar. EE UU puede verse obligado a retirarse por razones de política interna, dejando a Irak sumido en el caos y a la región en un peligro de enfrentamiento total que tendría graves repercusiones en el resto del mundo.