Una pica en Berlín

Nos escrutaba atentamente con su mirada teutona, gastada en años de trabajo periodístico. Mientras le exponíamos nuestra visión de la realidad catalana, era evidente que él buceaba en la interioridad de su pensamiento, transitando entre nuestra palabra y la narrativa independentista que otros le habían contado. De su subconsciente histórico emergían los viejos prejuicios contra España, que han sido tierra abonada para la propaganda soberanista. Pero él quería, ante todo y sobre todo, comprender.

– «Entonces, ¿la mayoría de catalanes no son independentistas?».

Procurábamos ir desenredando la madeja discursiva que el independentismo ha tejido con persistencia por Europa. Para eso habíamos ido a Berlín una delegación de Societat Civil Catalana. Y acudiremos a Bruselas, Londres y Luxemburgo las próximas semanas. Para dar voz a millones de catalanes que ven con estupor como algunos medios y políticos europeos flirtean con el independentismo.

Hemos ido al corazón de Europa a explicar que el procésno ha sido un utopismo simpático. La lógica de partición nacionalista que lo impulsa significa exactamente el revés del proyecto de integración europeo y su desarrollo se ha efectuado de espaldas a la razón política ilustrada que sostiene nuestras democracias. ¿O es que hemos olvidado ya que Locke estableció una vez para siempre que la ley democrática es el fundamento de la libertad civil? ¿O es que queremos omitir que el Estado de derecho constitucional es un bien común fundamental y la premisa indispensable de la paz social y del progreso económico?

Hemos procurado aclarar que el independentismo no es mayoritario en Cataluña. Explicábamos que los partidos secesionistas no han llegado nunca al 50% de los votos. De acuerdo al último barómetro del CEO, sólo un 32% de catalanes tiene la independencia como preferencia. Pedíamos, por eso, que no utilizaran esa identificación habitual y dañina entre catalanes e independentistas. Es cierto que tampoco hay que rasgarse las vestiduras. En nuestras Cortes, se ha llamado mucho tiempo Grupo catalán al grupo de CiU. De esos polvos, estos lodos.

Exponíamos a nuestros interlocutores que el procés había sido un movimiento de matriz nacionalista claramente amplificado desde las élites del poder político y mediático. Poco a poco, sintonizaban con nuestros argumentos, basados en premisas tan revolucionarias y estrambóticas en Europa como la reivindicación del estado de derecho, el imperio de la ley democrática y el respeto a la Constitución. Para ellos, que un catalán sostuviera esas tesis tenía algo de revelación y de sorpresa.

Frente al romanticismo de las identidades territoriales, propugnábamos una comunidad política decantada por la Historia pero sobre todo sostenida sobre el ideal de ciudadanía, el patriotismo constitucional liberal y la nación entendida como tarea cívica. Les interesaba mucho también conocer el enorme grado de autonomía de que disponía Cataluña. Hay pocas realidades en Europa con tantas competencias políticas, económicas, sociales y culturales como nuestra tierra. ¿O es que en la escuela de Schleswig-Holstein se estudia con inmersión lingüística en danés? ¿O es que el danés es lengua oficial en ese Estado Federal?

Sosteníamos que la lógica del procés significa una seria amenaza para el proyecto europeo. Por eso, Puigdemont no podía ser presentado como un Beatle romántico perseguido por un Estado opresor. Los líderes separatistas habían actuado con una enorme irresponsabilidad. Su actuación había supuesto un grave riesgo para el bien común. Al margen de los debates y decisiones judiciales y penales (que respetamos y en los que no queremos interferir), a nosotros nos interesaba que la opinión pública alemana comprendiera la realidad de lo sucedido.

Nos habíamos propuesto que entendieran que unos partidos políticos sin mayoría social y sin diputados suficientes para cambiar la ley audiovisual o la ley electoral habían derogado de facto y de forma unilateral el Estatut de Cataluña y la Constitución española, votada en su día por el 90% de catalanes. Y todo ello lo habían hecho de forma pública y notoria, con ostentación, burlándose de las resoluciones judiciales, desafiando constantemente al Estado de Derecho y abonándose al engaño y a la astucia.

Y sobre una gramática abiertamente populista. Estamos convencidos de que el movimiento independentista ha sido la réplica catalana del terremoto populista que recorre Europa. Porque, ¿no es populismo la constante cultura del agravio (fiscal), la identificación de un culpable de todos los males (España) y la propuesta de solución mágica para todos los problemas (la independencia)? ¿O no es populismo la deslegitimación constante del Estado de derecho constitucional, la apelación demagógica a una democracia sin método ni contenido o el legitimismo de la masa como actor principal de la vida política?

Exponíamos que este proceso de segregación y de chantaje político había situado a Cataluña al límite. Entre otras cosas, porque se había optado por dividir una realidad enormemente entrelazada. Cataluña y el resto de España estaban unidos por vínculos históricos, familiares, culturales y comerciales. Pero más allá de la estructura, la catalanidad y la españolidad se encontraban entrelazadas en la intimidad, en el corazón de los catalanes. De acuerdo al último CEO, el 80% de catalanes se siente también español de alguna manera y una inmensa mayoría se sabe en su país cuando viaja por España. Querer romper de forma ilegal y unilateral este tapiz tan imbricado -y hacerlo de forma tan demagógica- es una irresponsabilidad histórica.

Debo reconocer que alguna vez me pudo la tentación del espejo. Así que, antes de terminar, delicadamente, le preguntaba a mi interlocutor: ¿Usted se imagina cómo hubieran respondido Alemania o Francia si durante cinco años un poder autonómico hubiera tratado sistemáticamente de engañar al Gobierno y reventar el orden constitucional?

«¿Éramos partidarios del diálogo?», nos preguntaban. Claro. Del diálogo y de una reconciliación profunda entre catalanes. Dentro del estado de derecho y de los procedimientos constitucionales. Como en cualquier país serio de la Europa democrática. Un diálogo sereno y abierto, desde el marco constitucional y teniendo en cuenta la pluralidad de la sociedad catalana. Y es que, al fin y al cabo, más allá de levantar la bandera de España o de la Constitución, nos encontramos levantando en Berlín la pica del sentido común.

José Rusiñol preside Societat Civil Catalana.

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