Una poderosa fuerza geológica

Hace algo más de una década, en el 2004, veía la luz un libro de Will Steffen y otros (Global change and the Earth system: a planet under pressure) en el que se sintetizaban los resultados obtenidos durante el periodo 1999-2003 en el marco de un proyecto científico de síntesis denominado Programa Internacional Geosfera-Biosfera (IGBP, en sus siglas en inglés). Dicha síntesis pretendía mejorar el conocimiento de la estructura y el funcionamiento del sistema Tierra y, muy particularmente, del efecto que la creciente presión de la actividad humana ejerce sobre nuestro planeta.

El proyecto se inspiraba en la idea, propuesta en el año 2000 por el premio Nobel de Química Paul Crutzen y su colaborador Eugene Stoermer, de que, como consecuencia del impacto de la humanidad sobre el sistema Tierra, nuestro planeta había dejado atrás el Holoceno para adentrarse en una nueva época geológica denominada Antropoceno (El PERIÓDICO, 10-8-2015). Crutzen sostenía que el inicio de dicha época debía situarse en el comienzo de la revolución industrial.

El proyecto IGBP se proponía seguir la trayectoria de la aventura humana sobre el planeta a partir de la evolución de una serie de indicadores socioeconómicos, registrando, de forma paralela y para el mismo intervalo de tiempo (1750-2000), las tendencias mostradas por otros indicadores que informaban sobre la estructura y funcionamiento –o si lo prefieren, sobre la salud– del sistema Tierra. Como resultado, se obtuvieron una docena de gráficas para los indicadores de la actividad humana y otras tantas para las características del sistema Tierra, las cuales mostraban un hecho llamativo: un cambio espectacular en la magnitud y velocidad del impacto humano desde 1950 en adelante.

Un fenómeno que en el libro de síntesis del IGBP arriba citado se describía del siguiente modo: «La segunda mitad del siglo XX es única en la historia de la humanidad. Muchas actividades humanas que iniciaron su despegue en el transcurso del siglo XX han experimentado una brusca aceleración hacia finales de dicho periodo. Sin duda, los últimos 50 años han visto la transformación más rápida en toda la historia de la humanidad en lo que se refiere a las relaciones entre el hombre y su entorno natural». Esta constatación propició en el 2007 la acuñación de la expresión la gran aceleración, inspirada en el título de otro libro (The great transformation) publicado en 1944 por Karl Polanyi.

A principios del 2015, las gráficas compiladas 11 años atrás en el marco del proyecto IGBP han vuelto a ser objeto de publicación por Steffen y otros (The trajectory of the Anthropocene: the great acceleration), quienes han procedido a actualizarlas hasta el 2010, incluyendo, además, la novedad de que en las 12 gráficas correspondientes a las tendencias socioeconómicas se diferencia la actividad atribuible a los países industrializados (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) de la relacionada con las economías emergentes o BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y África del Sur) y de la imputable al resto del mundo. Esta segregación permite explorar la presión diferencial que los tres grupos de países han ejercido y ejercen sobre el sistema Tierra, contribuyendo de este modo a delimitar responsabilidades.

Una propuesta interesante del trabajo de Steffen y otros es la de hacer coincidir el inicio del Antropoceno con el de la gran aceleración y que este podría concretarse en el 16 de julio de 1945. Una fecha en la que tuvo lugar la detonación de la primera bomba atómica en Álamo Gordo (Nuevo México, Estados Unidos). La razón de esta propuesta es simple. Los isótopos radiactivos liberados en esa explosión y otras posteriores llegaron a la atmósfera dispersándose por todo el planeta, para luego ser fijados en los sedimentos o en los hielos de las regiones árticas o antárticas. No hay más que estudiar las anomalías radiactivas de los sedimentos recientes de cualquier parte del mundo, o del hielo de los casquetes polares, para encontrar la primera evidencia inequívoca del impacto de la actividad humana a escala planetaria, lo que marcaría el límite entre el Holoceno y el Antropoceno.

Más allá de esta anécdota estratigráfica, es importante que retengamos la idea de que la gran aceleración marca el inicio de un crecimiento sin precedentes del sistema socioeconómico global, es decir, del componente humano del sistema Tierra. Y no debemos subestimar la escala y velocidad del cambio observado: en poco más de dos generaciones, la humanidad se ha convertido en una fenomenal fuerza geológica de ámbito planetario.

Mariano Marzo Carpio, Catedrático de Recursos Energéticos.

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