Una polémica muy francesa

El fin de semana del 14 de julio  vio desencadenarse en París una bonita polémica acerca del desfile militar organizado con motivo de la fiesta nacional francesa. Algunos vieron la ilustración de otra tradición francesa: despedazarse respecto a temas aparentemente menores comparados con otros como el futuro del euro, la crisis económica, Afganistán, Libia, etcétera. Pero precisamente porque trata sobre los símbolos, la nueva polémica ha tenido tanta magnitud. Los símbolos tienen una importancia capital.

Eva Joly, que será la candidata de Los Verdes (partido de izquierdas en la oposición), sugirió reemplazar el desfile militar por un “desfile ciudadano”. El primer ministro, François Fillon, reaccionó acusando a Eva Joly de “no tener una cultura muy antigua de las tradiciones francesas, de los valores franceses, de la historia francesa”. Fillón aludía implícitamente al hecho de que Eva Joly no haya nacido en Francia. es de origen noruego, residente en Francia desde hace cincuenta años.

Es cierto que organizar un desfile militar tan importante hace de Francia una excepción entre los países occidentales. No existe un acontecimiento semejante por ejemplo ni en Estados Unidos ni en el Reino Unido, países en los que, no obstante, el patriotismo es indiscutible y el apoyo popular a las fuerzas armadas es innegable.

Esta excepción tiene raíces históricas. En el año 1880 el 14 de julio fue designado como fiesta nacional y se previó asociar a esa jornada un desfile militar. El país estaba entonces todavía traumatizado por la derrota frente a Alemania en 1870 (la primera sufrida contra un solo país y no una coalición de estados). La república acababa de ser instaurada con una mayoría de tan solo un voto. El régimen republicano era frágil, el país vivía desmoralizado e inquieto. Era necesario insuflar confianza, orgullo y unidad a la nación. Y desde entonces se ha conservado el desfile militar, excepto durante los años de la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial.

Es evidente que las razones que llevaron a instaurar el desfile castrense ya no existen en la actualidad. Francia y Alemania se han reconciliado y ya no existe ninguna amenaza militar sobre el territorio francés. Por eso en la actualidad es una cuestión de tradición. Se trata de perpetuar una ceremonia cuyo origen histórico se ha desvanecido desde hace mucho tiempo pero que se ha convertido en un ritual identitario.

Como acostumbra a pasar, el alcance de las acusaciones se ha exagerado considerablemente. Si el desfile militar constituye una excepción francesa en el marco de los países occidentales, ello no hace de Francia un país más agresivo o más dispuesto a entrar en guerra que otros. Si Eva Joly se manifiesta contra el desfile no es porque haya nacido en Noruega, sino porque pertenece a un movimiento político, Los Verdes, que siempre ha mostrado sus reticencias frente a estas manifestaciones militares. Por el hecho de que Joly esté en desacuerdo con esta particular expresión de patriotismo no se la pueda juzgar acusándola de antipatriota.

Recordemos cuando Los Verdes formaban parte del Gobierno del socialista Jospin en 1999 que el país entró en guerra con el resto de los estados de la Alianza Atlántica contra Yugoslavia a propósito de Kosovo.

El desfile militar sigue teniendo un gran éxito popular. Decenas de miles de personas se apretujan en los Campos Elíseos y más de seis millones de franceses lo siguen por televisión (es decir, uno de cada diez franceses), sin que ello suponga asociar este público popular y familiar con aficionados de las guerras recientes.

Y se trata, además, de un momento importante para los militares, siempre muy sensibles a la cuestión de la vinculación entre el Ejército y la nación y al reconocimiento que esta última les otorga. Sin duda suprimir el desfile sería visto por los militares como una ingratitud y un abandono por parte del resto del país justo en el momento en que están arriesgando sus vidas en escenarios bélicos lejanos.

De hecho, esta polémica se ha producido sobre todo porque se acercan las elecciones presidenciales francesas y cada candidato quiere movilizar su campo.

Pero poner en duda la doble nacionalidad puede ser algo curioso, no solamente porque es un medio de proyección internacional para Francia (del que no se sirve con asiduidad, al contrario de lo que hace Estados Unidos), sino también porque ello incomoda en primer lugar al presidente de la República, casado con la francoitaliana Carla Bruni.

Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.

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