Una presidencia alimentada de mentiras termina con la peor de todas

 

Hasta cierto punto tiene sentido. Una preside

Un hombre pasa junto a un mural del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en McConnellsburg, Pensilvania, el 4 de noviembre de 2020. (Amanda Andrade-Rhoades/The Washington Post)
Un hombre pasa junto a un mural del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en McConnellsburg, Pensilvania, el 4 de noviembre de 2020. (Amanda Andrade-Rhoades/The Washington Post)

ncia puesta en marcha con mentiras y alimentada con ellas desde entonces, estaba destinada a terminar con la peor de todas.

La presidencia de Donald Trump en Estados Unidos comenzó el 20 de enero de 2017, con la que aseguró había sido “la audiencia más grande que haya presenciado alguna vez una toma de posesión, punto”, una afirmación cuya absurdidad fue evidente para cualquier persona con ojos. Desde su primera semana en el cargo, el presidente mintió sobre unas elecciones en las que todos coincidieron que había ganado. Afirmó que un “FRAUDE ELECTORAL” de “millones” de no-ciudadanos, cadáveres y “personas registradas en dos estados”, lo había privado de obtener la mayoría del voto popular en 2016.

“No creo que nadie haya hecho lo que hicimos durante los primeros 100 días”, proclamó Trump, tras haber proferido cientos de mentiras durante ese tiempo. Aseguró, sin pruebas, que el expresidente Barack Obama había colocado un “micrófono” en “mis teléfonos”. Mintió repetidas veces sobre la atención médica, la economía, la inmigración y el comercio. Incluso llegó a afirmar que, bajo su plan fiscal propuesto, “probablemente pagaría más (impuestos) de lo que estoy pagando en la actualidad”, lo que, a diferencia del resto de sus afirmaciones, podría haber sido literalmente cierto, porque, como sabemos ahora, Trump apenas pagó impuestos.

Pero todo eso fue apenas el comienzo. Trump ha mentido sobre prácticamente todo desde entonces. Mentiras grandes y pequeñas, significativas y sin sentido. Ha dicho cualquier cosa para colocarse en la mejor posición o en la mejor situación. Mintió sobre haber pagado por el silencio de una estrella porno. Mintió, a pesar de pruebas fotográficas, cuando dijo que nunca había conocido a una mujer que lo acusó de violación.

Mintió sobre el motivo por el que estaba siendo sometido a un juicio político, y sobre la razón por la que debió haber sido acusado, al afirmar que su llamada telefónica con el presidente ucraniano había sido “perfecta”, y al asegurar que el fiscal especial Robert S. Mueller III lo había exonerado. Mintió acerca de intervenir de forma engañosa un mapa de huracanes con un marcador Sharpie.

Y así siguió, con una mentira tras otra.

A medida que pasó el tiempo, Trump siguió engañando con fines egoístas a una velocidad cada vez mayor, sobre temas cada vez más importantes. Para finales de agosto, cuando aceptó su nominación a la reelección, Trump había dicho más de 22,000 mentiras en el cargo, avanzando a un ritmo de más de 50 por día, lo que significa que probablemente ya haya superado las 25,000.

Las mentiras más recientes son las más graves, tanto para los ciudadanos como para nuestra democracia. Sin dudarlo, Trump ha dicho cualquier cosa sobre la pandemia que le ha parecido políticamente útil, sin importar si era cierto o tuviera sentido. Ya nos sabemos la letanía de memoria: el coronavirus no afecta prácticamente a nadie. Ya estamos saliendo de la pandemia. Ya casi llega una vacuna. La inmunidad colectiva nos salvará. Tenemos demasiados casos porque hacemos muchas pruebas. Los médicos y hospitales mienten sobre las muertes para conseguir dinero. La prensa habla del COVID-19 para perjudicarlo. Cuando llegue el 4 de noviembre, nunca más volveremos a saber sobre el virus.

El 4 de noviembre, el país registró un récord de 104,004 nuevas infecciones. El número de muertos ha superado los 233,000. Seguiremos contando casos y muertos mucho después de que hayamos terminado de contar los votos.

En cuanto a nuestra democracia, Trump difamó de manera incesante y maliciosa el proceso electoral, tal como lo hizo cuando asumió el cargo. Enfrentando una batalla cuesta arriba por la reelección, hizo todas las falsas afirmaciones que pudo para deslegitimar —o preparar el escenario para desafiar— el resultado. Al demonio la verdad, la lógica y la coherencia, incluso al precio de socavar el sistema democrático que juró proteger.

La votación por correo postal creará un fraude, dijo Trump, excepto cuando la realizan personas o lugares que lo apoyan. Los gobernadores demócratas enviaron boletas por correo a perros. Algunas boletas fueron “arrojadas a los ríos”. Los votos han sido falsificados o han sido rechazados: elija su opción. “Las elecciones del 2020 serán las más INEXACTAS Y FRAUDULENTAS de la historia”, “una gran vergüenza para Estados Unidos”, tuiteó en julio. Dijo que solo podía perder si las elecciones estaban “amañadas”.

En efecto, Trump anunció desde hace mucho tiempo lo que está haciendo en este momento: mentir sobre haber ganado y reclamar falazmente que le están robando, “una estafa al pueblo estadounidense”, antes de que se hayan contado todos los votos y sin tener la más mínima prueba de fraude. En los estados en los que va perdiendo, ha dicho que los votos se han contado mal o que deben volverse a contar. En los lugares donde va ganando, ha insistido en que el simple conteo de nuevos votos equivaldría a “encontrar” boletas fraudulentas.

Ha asegurado la existencia de “un montón de pruebas” de “fraude al voto y fraude electoral estatal”, sin tener en realidad ni una pizca de ellas. Y donde sea que haga efecto, ha entablado demandas infundadas. Ha exigido “¡DETENER EL CONTEO!” —o no— dependiendo no de los hechos ni de la ley, o de simple justicia, sino de lo que crea que en determinado momento podría beneficiarlo.

La conducta de Trump ilustra, al igual que todo lo demás en los últimos cuatro años, su incapacidad para el cargo. Trump podrá perder sus demandas y probablemente las elecciones, pero nunca renunciará a sus acusaciones de fraude.

Y al final solo habrá logrado una cosa: habrá desperdiciado su última y mejor oportunidad de demostrar que podía admitir la verdad y, por una vez, hacer lo correcto para el país en vez de para sí mismo.

George T. Conway III, a Washington Post contributing columnist, is a lawyer and a co-founder of the Lincoln Project, an anti-Trump super PAC.

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