Una relación «muy» especial

Después del final de la Segunda Guerra Mundial las naciones occidentales fueron tomando conciencia progresivamente del peligro que representaba la Unión Soviética, que para 1948 se había apoderado ya de la mitad oriental de Europa. Ante el peligro soviético los políticos del Reino Unido, en especial Churchill y Bevin, se esforzaron en restaurar las estrechas relaciones que habían mantenido con los Estados Unidos durante la contienda y reforzar lo que hoy se conoce como una «special relationship», que se ha mantenido desde entonces con igual fuerza en todos los ámbitos y en particular en el seno de la Alianza Atlántica. Podemos encontrar un precedente ya en 1935, año en que el primer ministro británico Stanley Baldwin expuso su visión de las relaciones entre los dos países en un discurso pronunciado en el Albert Hall de Londres: «Siempre he creído que la mayor seguridad contra la guerra en cualquier parte del mundo, en Europa, en Oriente o por doquier, sería la íntima colaboración del Imperio británico con los Estados Unidos de América».

No es de extrañar que esta relación sea considerada con distintos matices a uno y otro lado del Atlántico. Por parte británica hay autores que no la consideran como un intento inglés de establecer acuerdos a un nivel superior a los establecidos con otros aliados, sino como «el uso juicioso de la experiencia del antiguo poder imperial británico para influenciar en la nueva superpotencia». Otra interpretación más dura pertenece al norteamericano John Gaddis que sostiene que «los británicos se proponían influir en los estadounidenses lo máximo posible, y aspiraban a interpretar el papel de los griegos como tutores de los nuevos romanos». Una afirmación idéntica la encontramos en Charles Maier. En cualquier caso parece que la palabra clave es «influenciar». Kissinger, en su ensayo «Diplomacia», afirma que «los líderes británicos lograron hacerse tan indispensables para el proceso de toma de decisiones en los Estados Unidos que los presidentes y quienes les rodeaban llegaron a ver las consultas con Londres, no como un favor especial hacia un aliado débil, sino como un elemento vital de su propio gobierno».

Otro enfoque sobre esta relación especial y los sentimientos británicos de ascendencia sobre su antigua colonia, sobre su propia europeidad y sobre el arraigo de su idea imperial lo podemos encontrar en uno de sus más prestigiosos escritores, George Orwell. En su famosísima obra «1984» Orwell divide al mundo en tres grandes superestados, Oceania, Eurasia y Asia Oriental, y considera al primero de ellos como el más importante y compuesto por el hasta entonces Imperio británico, las islas británicas y, ¡cómo no!, los Estados Unidos de América. Cierto es que añade de propina a toda Sudamérica, donde durante tanto tiempo ha mantenido Inglaterra un desmedido empeño en «disfrutar» de los beneficios que España obtenía allí en los tiempos más gloriosos de su imperio. Esta división del mundo hecha por el célebre autor, con su mentalidad británica, nos da una pista respecto a como se ve a sí mismo el Reino Unido en el contexto mundial, que podríamos resumir en una visión imperial de responsabilidad en todo el planeta, una situación de isla cercana pero a la vez separada del resto del continente europeo, y una relación particularmente familiar y privilegiada con los Estados Unidos.

Estos sentimientos, que previsiblemente influyen en los gobernantes británicos a la hora de plantear la estrategia de seguridad de su país, quizás también lo hayan hecho en el resultado del reciente referéndum de salida de la Unión Europea.

En cualquier caso debemos reconocer que, por encima de todo, la relación especial entre los dos países ha sido y es fruto del apoyo leal y de la constante y valiosa ayuda que ha venido prestando el Reino Unido a su aliado norteamericano, dentro de la OTAN y fuera de ella. Una inversión costosa, y muchas veces comprometida en términos de vidas humanas, pero sin duda eficaz para los intereses de ambas naciones.

Volviendo a la postguerra, el año 1948 marcó el punto de inflexión en la actitud de los países de la Europa occidental respecto a su propia seguridad y en el interés norteamericano en los asuntos europeos ante el progresivo avance comunista. El 17 de marzo Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo firmaron el Tratado de Bruselas. El secretario de Estado británico para Asuntos Exteriores Bevin firmó el Tratado de Bruselas, pero no compartió con sus colegas que cinco días más tarde se reuniría en Washington, en un contexto exclusivamente sajón (Gran Bretaña, Estados Unidos y Canadá, esta última a instancias del propio Bevin) para elaborar un pacto de mayores dimensiones, el Tratado del Atlántico Norte, en el que las naciones del Tratado de Bruselas se verían invitadas, y abocadas, a participar.

En cualquier caso las conversaciones secretas del 22 de marzo al 1 de abril nos dicen que la OTAN fue un invento de concepción británica, elaborado en Washington, en el marco de la relación especial entre los dos países, y con la participación de Canadá desde el primer momento.

Han pasado siete décadas desde entonces y a fecha de hoy, parece difícil negar la necesidad del liderazgo norteamericano en la OTAN durante toda la guerra fría, pero un factor que no podemos dejar a un lado a la hora de juzgar a la Alianza y el papel de sus miembros en la misma es el realismo. El Reino Unido, un maestro en el uso de este concepto a lo largo de toda su historia, creó una «special relationship» con los Estados Unidos que le subordinaba en cierto sentido respecto a estos, pero que le ha proporcionado un rédito político de una magnitud difícil de valorar, entre otros aspectos en el proceso de toma de decisiones dentro de la Alianza Atlántica.

Admitiendo que la realidad internacional es la que es, querría introducir aquí la idea de que a los aliados se les reconoce cuando en circunstancias adversas o difíciles se recibe de ellos su apoyo, y en tiempos estables, cuando se comparten los posicionamientos y se aceptan sus consejos. Así es como se ha formado esa relación especial entre británicos y norteamericanos que tan buen resultado proporciona a ambos, y que es sin duda motivo de cierta envidia para muchos Gobiernos europeos. Terminaría estas reflexiones citando literalmente las palabras que dedicó el presidente George W Bush al Reino Unido en su discurso en el Capitolio el 21 de septiembre de 2001 tras los ataques terroristas del 11-S, que contó con la presencia de Tony Blair desplazado hasta Washington especialmente para mostrar su apoyo: «América no tiene amigo más fiel que la Gran Bretaña –y aquí fue interrumpido por aplausos de los senadores y congresistas–. Una vez más estamos unidos en una gran causa. Estoy muy honrado de que el primer ministro británico haya cruzado el Atlántico para mostrarnos su solidaridad con América. ¡Gracias por venir, amigo!». Verdaderamente se trata de una relación muy especial, ¿sería un ejemplo a seguir?

Eduardo Zamarripa fue Jefe de Estado Mayor del Mando de la OTAN del Sur de Europa.

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