Una rica cultura de la pobreza

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 05/05/07):

Toda nueva generación ha de matar a sus progenitores para poder sobrevivir y ocupar el lugar que aspira en su escala de valores. No me canso de repetirlo conforme tengo ocasión porque cada generación tiene su propio baremo – digámoslo así, para corregir que en el anterior artículo apareció baremo con uve-. Sin embargo algo nuevo tiene que haber ocurrido para que el desdén, ni siquiera el desprecio, haya ocupado todo lo ancho del escenario y ni siquiera se apunte a los veteranos para castigarles con sus puyas. A veces se me ocurre pensar si no será porque la actual generación de intelectuales es tan puta, tan puta – tan subvencionada, quiero decir-, que no conoce ni a sus padres. Me vino a mientes esta idea ante el ninguneo de nuestros delegados del intelecto a la figura del poeta Antonio Gamoneda.

Cuando oigo al plumilla de turno explicarnos la cualificación del premio Cervantes de las letras españolas como el premio Nobel del hispanismo, me abrumo en la comparación entre el huevo y la castaña. El premio Cervantes es el galardón oficial del Gobierno de turno; le bastaría que al presidente del Gobierno – no el de ahora, sino cualquiera- no le agradara que le dieran el premio a éste o al otro para que nuestras autoridades intelectuales se apuraran en negárselo. Si la memoria no me falla, de los dieciséis faros de nuestra cultura que designan al galardonado, catorce dependen directamente del poder. Esto explica por qué se hizo necesario que José María Aznar fuera presidente del Gobierno para que se le concediera el Cervantes a José Jiménez Lozano, y por qué fue menester que Zapatero gobernara para que Antonio Gamoneda alcanzara tal honor. No quiero decir que Jiménez Lozano o Gamoneda no merecieran premios y dotes económicas, que bien les habrían de venir a sus asaeteadas economías, sino que la relación causa efecto es la contraria de la cultura: no es el talento el que ha forzado el homenaje, sino el poder político el que paga las afinidades, produciéndose entonces algo tan chocante como que mientras Jiménez Lozano, por ejemplo, era un escritor audaz y consecuente en su sinceridad pietista no recibió nada que no fuera abandono, y fue necesario que se echara por una deriva rancia y ultramontana para que le pusieran los laureles.

Y así tenemos que hombres tan diferentes y de tan diversas trayectorias como Lozano y Gamoneda han de verse encorchetados en eso tan hispano de atiborrarles con dosis de rejuvenecimiento cuando ya pasean nietos, algo que tiene incluso expresión popular en el sarcástico refrán de a la vejez, viruelas,que me hubiera gustado explicar en su mala leche y que debo dejar para otro día. Antonio Gamoneda no necesitaba para nada al presidente Zapatero, salvo para ese hálito tan cruel como necesario de un poco de boato, por no marcharse de aquí sin catarlo, y cierto numerario para la ancianidad apabullante. Constituyó siempre un marginal de nuestra cultura, por varias razones. En primer lugar, y digo bien, por motivos geográficos. El eje cultural español tiene una línea troncal que es Madrid-Barcelona, y cualquier hálito periférico ha de acercarse a ella. Y digo más, ese eje cultural Madrid-Barcelona es un producto que nace de la posguerra incivil, que rompió con los cruces intelectuales que tanta fuerza tuvieron durante la República – un período áureo para la cultura e infeliz para otras cosas-. Me estoy refiriendo a Valencia, Granada, Bilbao, Galicia, Sevilla… Una modestísima villa portuaria como Gijón contaba hacia 1931, en el terreno de la cultura, con dos poetas notables ejerciendo de intelectuales locales, Gerardo Diego y Álvarez Piñer. El poder de atracción de la línea Madrid-Barcelona hace muy difícil otra opción que no sea la de la supervivencia. Es el caso de Antonio Gamoneda en León.

Sin explicar cómo era la vida intelectual, por llamarla de alguna manera, de León durante los años del cólera, y lo que significó para la poesía y para la literatura ¡y para la vida social! el minúsculo y valiosísimo grupo de Victoriano Crémer y la revista Espadaña – creo que se llamaba así, pero pido disculpas de antemano porque no dispongo desgraciadamente de un solo libro de consulta y he de fiarme de mi cada vez más insegura memoria-.

Aún nadie ha hecho el trabajo histórico que se merecen los grupos de poetas y escritores locales, auténticos carbonarios de la literatura por mantener una llama, casi una cerilla, en los años difíciles. Pues bien, si hay alguien que los resuma en su carácter y en su fuerza ése es Antonio Gamoneda, que a los 76 años acaba de recibir el Cervantes. Y que ha tenido el valor y el sentido común de dedicar su intervención a una de las más fascinantes raíces que cimentan la literatura española. La Cultura de la Pobreza,así con mayúsculas.

Una de las singularidades de la cultura española está ahí, en la torrentera caudalosa de la pobreza; haber extraído de la miseria una cultura, una sabiduría, no es mal resultado. Recuerdo un trabajo magistral, el mejor que leí sobre el tema, que se titulaba, creo, Literatura del pobre,dedicado a la picaresca que tuvo en el Lazarillo de Tormes una de sus cimas. Un libro tan valioso como poco divulgado, escrito por uno de los escasos hombres de talento que he conocido en la universidad española, Juan Carlos Rodríguez, profesor marginal en la de Granada. Porque lo insólito de esa cultura, en la que se sientan las bases de una de las corrientes nutricias del castellano literario, es que se desarrolla al margen, cuando no en virulenta oposición a la cultura oficial, la de corte y la de iglesia; rasgo que define buena parte de otras literaturas como la catalana y la vasca, donde la iglesia y lo cortesano – Tirant lo Blanc-marcan de manera indeleble el desarrollo posterior. Quizá habrá que esperar a Salvat Papasseit para encontrar algo similar a una cultura de la pobreza en la literatura en catalán.

Lo explica con rotundidad de sufridor el propio Gamoneda en su reciente intervención en Alcalá de Henares al apelar a algunos ejemplos emblemáticos de la literatura castellana; el dominante, que no puede ser otro que Cervantes, y el no menos singular Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), vinculándolos a ámbitos más amplios de la poesía moderna, a poetas que constituyen mundos únicos e inmensos, como el peruano César Vallejo y el turco Nazin Hikmet; ambos inmersos en la cultura de la pobreza, de la rebelión y de la resistencia. Como el propio Gamoneda.

Conviene repetir el largo párrafo autobiográfico que pronunció en Alcalá ante las máximas autoridades del Estado, porque son una aportación intelectual de fuste: “Dentro de esa cultura de la pobreza yo no soy más que un caso mínimo y ocasional… Es verdad que, en 1936, en mi casa había un solo libro, en el que aprendí a leer… Es verdad, asimismo, que mi primera información sobre la vida civil consistió en advertir la horrible represión en el barrio más tristemente obrero de León, y es verdad también que, al día siguiente de cumplir catorce años, a las cinco de la mañana, yo estaba cargando carbón en la caldera del extinguido Banco Mercantil y que, a esa misma hora, mi madre, desde otra hora lejana del día anterior, inclinaba más de la cuenta su cabeza sobre una máquina Singer. Pero, dentro de la cultura de la pobreza, ¿quién soy yo al lado de un François Villon, de un César Vallejo o de un Miguel de Cervantes?”

Es mucho más que un crimen, y no porque sea sólo un error, sino porque además produce vergüenza ajena y propia, que una reflexión como la de Gamoneda no llegue ni siquiera a las páginas de los diarios. Que la gente jactanciosa del consumo cultural no alcance ni siquiera a saber quién es Antonio Gamoneda, que no conozcan ni por asomo o referencia unos versos tan sentidos como los que componen su Libro del frío.

En ocasiones así, uno se siente como si fuera un empleado de almoneda, de esos individuos que se dedican a consignar bultos de otra época, apuntando en asientos contables un poeta abandonado al que conceden un galardón que la sociedad valora casi como póstumo, un escritor perdido y hallado muy triste luego, en una posada equivocada y comiendo de prestado, un mueble en forma de robellón gigante, de seta comestible para gozo de paladares ansiosos. Cada vez tengo menos claro para qué escribimos, como no sea por vicio o por ganarse la vida con un poco de dolor y cierto esfuerzo. A mí, cuando Gamoneda, al que no conozco de nada como no sea de leerle, que lo valoro como digno patrimonio de un mundo ya terminado, cuando al definir su condición de poeta precisa que en ellos, es decir, “en nosotros, los de la pobreza, el lenguaje será poética y semánticamente subversivo”, en ese momento, afirmo que me abruma y me intimida.

Me ocurrió algo similar al enterarme de la muerte de Tomasa Cuevas, esa mujer que sin saber nada de poesía llegó a escribir con su vida un brutal y conmovedor poema a la rebelión y a la libertad. Aseguran que murió en Barcelona la pasada semana, tras 80 años y 15 días de pelea por afirmarse como ser humano, militante de todas las causas dignas y perdidas que recorren la historia de España desde que nació, en 1917, cuando se creía que el mundo iba a cambiar de base y los nada de hoy todo habían de ser. Pasó prisiones y sufrimientos íntimos en los que dejó esos jirones del dolor que son el poso de la cultura de la pobreza, y que en algunos sirve para ser una comunista derrotada en todas las batallas menos en la de su dignidad, y a otros para escribir poemas como aquel que recoge Antonio Gamoneda en su Libro del frío:”Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza y la lluvia. Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría si dijese su nombre”.