Una ruptura por confirmar

Por Éric Maigret, sociólogo y profesor en la Universidad Paris III (EL CORREO DIGITAL, 08/05/07):

Por muchas razones, el ascenso al poder de Nicolas Sarkozy significa el final de un paréntesis abierto por el general De Gaulle, relativo a una supuesta excepción francesa en el ámbito político y económico que permitiría trascender las diferencias entre intervención del Estado y liberalismo. Tras la reconstrucción económica de los años 1940-1950, que requería una fuerte presencia de las estructuras públicas, y la posterior puesta en marcha de un ‘Estado providencia’ que ha permanecido inalterado bajo Pompidou, Giscard d’Estaing, Miterrand y Chirac, el candidato ganador de la UMP ha anunciado -ha proclamado a los cuatro vientos- un viraje liberal.

Sarkozy ha impuesto claramente a su partido -y por tanto, a Francia entera- la vía de una política inspirada en Thatcher y Reagan, que se despliega en sus tres dimensiones: socialmente conservadora, desreguladora en lo económico y nacionalista en política exterior. La «rehabilitación del trabajo», del «orden» y de la «patria» están a la orden del día, al igual que el final de una Francia ‘penitente’ que habría olvidado en demasía los aspectos positivos de su odisea colonial (a la manera de un Reagan intentando borrar la culpabilidad ligada a la Guerra de Vietnam en Estados Unidos).

La paradoja reside en que este tipo de política ha perdido fuelle en Reino Unido y en EE UU, países en los que se están forjando nuevas representaciones de la acción política. La paradoja vendrá también del hecho de que quizás no se aplique nunca el programa de Sarkozy, quien ha sabido refundar la derecha francesa con una habilidad pasmosa -incluyendo temas ultraliberales así como de la derecha extrema, a la italiana o a la española- sin que sepamos aún si semejante síntesis es de uso electoral o gubernamental.

Dicho de otra manera, no conocemos aún qué es lo que en el proyecto de Sarkozy forma parte de la estrategia -la voluntad de transformar realmente Francia, siguiendo con retraso las ‘reaganomics’ y el ‘thatcherism’ y sumando unas dosis de populismo- y de la táctica -la necesidad de componer y pegar en el discurso las expectativas de electorados diversos. ¿Si se ha presentado como el candidato de la ruptura, será Sarkozy el presidente de la ruptura?

Francia está acostumbrada a promesas no mantenidas y a carreras políticas que duran mucho, a base de síntesis, compromisos y renuncias. Y la de Sarkozy viene de largo; y se reveló en su condición de ministro de economía muy poco liberal, incluso proteccionista en ocasiones en materia de política industrial. Su voluntad de no modificar profundamente las instituciones de la V República da fe también de su apego al rol particular de un presidente a la francesa, una especie de monarca que delega en sus sucesivos primeros ministros la gestión de los asuntos corrientes, sin asumir plenamente responsabilidades.

Por significativo que haya sido, el apoyo de los electores al nuevo presidente no está exento de tensiones y amenazas. El voto Sarkozy, que podríamos considerar alentado por una ola de ciudadanos activos que se sienten constreñidos por el Estado y de jóvenes que esperan que se alivie la carcasa que pesa sobre la economía (Francia tiene el triste récord europeo de paro en los menores de 25 años), no es mayoritario en realidad más que en la franja de edad de los mayores de 60 años (le ha votado el 68% de los mayores de 69 años, por ejemplo). Son los ‘senior’ los que han inclinado la balanza del lado de la UMP, y se trata de una categoría de población mucho más sensible a los argumentos sobre la inmigración y el desorden social que al liberalismo económico.

Dos grupos sociales son particularmente reacios a su programa: los jóvenes y los desfavorecidos. Los titulares de ingresos modestos votaron por Ségolène Royal en un 56%, así como el 75% de los parados. Una verdadera ‘fractura social’ asoma por tanto en este voto, compensada en parte por una preferencia cuasi-equilibrada en los medios populares entre la derecha y la izquierda. Este desarrollo demuestra que Sarkozy ha logrado pellizcar electorados que pertenecían a la izquierda y al Frente Nacional, es decir, entre aquéllos que esperan un cambio de estatus social. Arrinconados entre los viejos, los pobres y los pobres que no quieren seguir siendo pobres, los sectores intermediarios se arriesgan a la marginación política si se produce una ruptura liberal que, aunque modesta, cuenta con apoyo electoral.

A la cabeza de una derecha heterogénea y sostenido por un electorado que lo es también, el nuevo presidente va a tener que imaginar una política más allá de las decantaciones electorales. Si logra no estrellarse contra el supuesto inmovilismo de sus predecesores, Sarkozy deberá enfrentarse a una dificultad aún mayor: formular una visión adaptada a una sociedad más compleja que aquélla en la que operó el liberalismo en 1980-1990.

Las investigaciones sociológicas demuestran desde hace un tiempo que las expectativas de los ciudadanos en las grandes democracias cambian con la escolarización masiva, la individualización y la percepción de una globalización acelerada. Éstas oscilan a menudo en un mismo electorado entre la búsqueda de más libertad económica y el consuelo de encerrarse en sus fronteras, tendencias contradictorias que integra bien Sarkozy.

Pero las expectativas de los ciudadanos oscilan también entre la confianza hacia los cargos electos revestidos de un ‘mandato imperativo’, como subraya el vencedor desde el domingo, y la aspiración profunda a una intervención continua y generalizada del público en los debates. Este último fenómeno, que Ségolène Royal había detectado mejor aunque apareciera torpemente expresado en su discurso sobre participación social, desestabiliza el marco político inventado hace un siglo y constituye, quizás, la verdadera ruptura al largo plazo.