Una salida para Ucrania y Rusia

Los dirigentes de Rusia y Ucrania se reunirán en Astana (Kazajstán) el 15 de enero para hablar, una vez más, de poner fin a los combates que han enturbiado la situación de la región de Donbas, en la Ucrania oriental, desde la pasada primavera. No son muchas las esperanzas de que se logre un acuerdo viable.

Una razón por la que la crisis de Ucrania ha resultado tan difícil de superar es la de que sus raíces se extienden mucho más allá de las fronteras del país. Para encontrar una solución auténtica, habrá que resolver una disputa entre Rusia y Occidente que data del decenio de 1990, antes de que el Presidente de Rusia, Vladimir Patín, llegara al poder.

En su esencia, el conflicto de Ucrania se debe a un desacuerdo sobre la ampliación de la OTAN a lo que Rusia considera su “exterior cercano”. Por fortuna, una solución es posible, pero requerirá una reelaboración de la estructura de seguridad de Europa.

Las dos partes están profundamente comprometidas con sus posiciones. En el pasado mes de noviembre, el portavoz de Putin, Dmitry Peskov, dijo a la BBC que Rusia necesitaba una “garantía al ciento por ciento de que Ucrania no ingresará en la OTAN”. Se trata de una promesa que los países occidentales no podrán conceder. Para ellos, lo que está en juego es el principio de que los países soberanos tienen derecho a decidir su propio rumbo, en lugar de encontrarse enredados en la esfera de influencia de una potencia mayor.

De hecho, ese principio fue el que, una vez invocado para justificar la ampliación de la OTAN en el decenio de 1990, internó a las dos partes por una vía de colisión. Al tener los vecinos de Rusia libertad para ingresar en la alianza, el resultado lógico sólo podía ser una nueva línea divisoria, pegada a las fronteras occidentales y meridionales de la Federación de Rusia. El veterano diplomático americano George F. Kennan previó ese resultado. En una entrevista que concedió al New York Times en mayo de 1998, predijo que la ampliación de la OTAN provocaría una nueva Guerra Fría.

Ahora que la predicción de Kennan prácticamente se ha cumplido, las partes en el conflicto deberían tener la sensatez de aprovechar la enseñanza que se desprende de las gestiones diplomáticas que contribuyeron a poner fin a la Guerra Fría original, en particular el Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE). La ampliación de la OTAN puede haber dejado obsoletas las disposiciones detalladas del Tratado, pero su planteamiento subyacente –un régimen transparente de inspecciones que impone limites a la cantidad total y, fundamentalmente, a las concentraciones regionales de fuerzas en tierra– sigue siendo aplicable en la actualidad.

Para Occidente, un Tratado FACE renovado contribuiría a mitigar las preocupaciones por amenazas militares en la zona que Rusia ha considerado tradicionalmente su esfera de influencia. Las violaciones del Tratado serían fáciles de advertir y brindarían tiempo a Occidente para adoptar medidas contrarias. Además, no habría una prohibición oficial de adhesión de Ucrania a la OTAN o de cualquier otro país de la periferia rusa.

A Rusia un nuevo tratado le permitiría aceptar la situación –hasta entonces de pesadilla– de la adhesión de Ucrania a la OTAN; mientras el pacto permaneciera vigente, la adhesión de Ucrania no tendría consecuencias militares. La OTAN pasaría a ser fundamentalmente –al menos en la región interior de Rusia– una organización política.

Por encima de todo, un nuevo tratado permitiría tanto a Rusia como a Occidente garantizar la protección de sus intereses en un acuerdo equilibrado y vinculante. Para Rusia, eso significaría una mejora importante en lo que se le ha ofrecido desde el fin de la Guerra Fria. Aunque las invitaciones por parte de Occidente a que se adhiriera a organizaciones mixtas –como, por ejemplo, el Consejo OTAN-Rusia o el G-8– pueden haber sido simbólicamente importantes y, por tanto, políticamente valiosas, esas vías sólo brindan foros para el debate; no producen acuerdos vinculantes.

Un nuevo tratado contribuiría más que ninguna otra cosa a crear la paz en Ucrania. Eliminaría el motivo primordial en que se basa el apoyo de Rusia al separatismo en el sudeste de ese país: el de velar por que Ucrania siga sin tener derecho a ingresar en la OTAN. La disputa por el destino de Crimea continuaría, pero se podría hacer que un acuerdo entre Ucrania y Rusia al respecto fuera una condición previa para la entrada en vigor plenamente del tratado.

Hay otras dos objeciones evidentes a esta propuesta. La primera es la de que Putin rechazaría un tratado con la OTAN. No por ello debería Occidente dejar de hacer la oferta. En vista de que la economía rusa padece graves dificultades, Putin puede estar buscando una salida de su arrinconamiento.

La segunda objeción es la de que lo mejor para Occidente sería simplemente mantenerse al margen y contemplando cómo las sanciones y el desplome de los precios del petróleo hunden la economía de Rusia y, en última instancia, al propio Putin, pero ésa sería una estrategia irresponsablemente peligrosa y en última instancia contraproducente. Al fin y al cabo, el desmoronamiento económico y político de Rusia tendría profundas consecuencias negativas allende las fronteras de Rusia y en particular para Ucrania.

Christopher Granville, a former British diplomat in Moscow, is Managing Director of Trustedsources, an independent research service on emerging markets. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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