Una sentencia que no gusta a nadie

Y el fallo confirmó las filtraciones, porque para eso son las filtraciones. Quien filtra persigue un efecto, generalmente político; en este caso, amortiguar la reacción del separatismo en víspera de unas elecciones inciertas. ¿Hasta dónde llegará la reacción? Serán jornadas de airadas protestas porque el Movimiento -la única mayúscula que se merece una ideología en España desde 1975- no puede reconocer que la sentencia es infinitamente menos dura de lo que podría haber sido. Y porque a ese tugurio aún no ha llegado el aguafiestas que encienda la luz y mande a los borrachos a casa antes de ponerse a barrer el suelo de la autonomía de serpentinas fascistoides. Aún puede estirarse la épica ebria de los irresponsables unos días más. Luego vendrá la resaca, pero que nadie se preocupe: será el mismo Estado que pretendieron quebrar el que garantice el ibuprofeno para todos.

Se llevarán los titulares los 13 años para Junqueras por un delito de sedición con malversación; los 12 de Romeva, Bassa y Turull; los 11 de Forcadell, los 10 de Forn y Rull o los nueve de los Jordis. Suenan contundentes y desde luego lo serían si los cumplieran. Pero -y aquí viene la clave de la sentencia- el Supremo ha desestimado la petición de la Fiscalía de que los condenados cumplieran al menos la mitad de su pena antes de poder beneficiarse del tercer grado.

Recordemos que las competencias penitenciarias fueron cedidas a Cataluña por Felipe González, alias el Estadista. Recordemos que Oriol Pujol salió a la calle a los ¡dos meses! de ser condenado. Recordemos el rico programa de animación hotelera que organiza Lledoners para sus presos alfa, desvelado en este periódico por Leyre Iglesias. Dice la sentencia que «no concurre peligrosidad» para obligarles a cumplir al menos la mitad de la pena en su celda como Dios manda y exige un mínimo decoro a la igualdad de todos los españoles ante la ley, incluidos los que no quieren serlo ni que lo sean sus vecinos. La negativa del Supremo a la demanda de la Fiscalía supone que no hará falta pedir indultos ni inventar amnistías anticonstitucionales: bastará la mágica aplicación del 100.2 del reglamento penitenciario, ese infame coladero para favores políticos que permite, si así lo dispone la autoridad catalana competente, que ‘san Junqueras’ se coma el turrón en casa como el resto de compañeros mártires.

Es lo que hay. Pero para entonces ya habrán pasado las elecciones.

La inhabilitación para cargo público, esa sí, no se la quita nadie. Pero nadie tampoco podrá prohibir en la próxima campaña de las catalanas los cameos estelares de los condenados, aclamados como héroes de la causa, pidiendo el voto para sus respectivas marionetas. Mientras tanto los catalanes constitucionalistas, tras la efímera esperanza de un par de manifestaciones y una victoria de Ciudadanos que Torrent y el PSC se ocuparon de esterilizar -Torrent chapando el Parlament; Iceta deslegitimando por facha o montapollos el triunfo electoral de los catalanes españoles-, serán forzados a regresar a su estado habitual desde que Pujol empezó a desplegar su nación B: la humillación cotidiana, el silencio y la resignación. En el mejor de los casos los gobernará ERC con Iceta de vicepresidente, que este es el plan de Sánchez oculto tras el biombo del «Ahora España».

Concedamos que la prosa judicial de Marchena es notabilísima. Que su refutación del derecho a decidir es poderosa. Que corrobora el empleo de la violencia para desenmascarar ante el mundo la farsa de la revolución de las sonrisas. Concedamos incluso, en un generoso juicio de intenciones, que Marchena quería secundar el criterio de rebelión de su colega Llarena, pero que ha debido pagar el caro precio de la unanimidad rebajando a sedición el delito fundamental. Pero no podemos olvidar que la sedición estipula un alzamiento contra el orden público y Felipe VI no habló por televisión para sofocar un tumulto de derbi futbolero. No podemos olvidar que el legislador no cuantifica el grado de violencia necesario para liquidar el orden constitucional en el tipo de la rebelión: basta que se certifique la violencia. Esta sentencia, en cambio, se aferra a la insuficiencia de la violencia registrada para devaluar el tipo penal. Sedición y todos unánimes.

¿Todos? Solo los ropones, me temo. Quienes durante años han combatido de frente, con alto coste personal, el golpe independentista que buscaba extranjerizarlos en su propia tierra no van a poder disimular la decepción. La condena impuesta por el procés es cuatro veces inferior a la más alta impuesta por el Supremo en Gürtel. El pasteleo -llamémoslo gradualidad- parece innegable. Pero mientras los demócratas acatan con la lengua mordida, los benévolos objetivos de recuperación de la convivencia ahora solo dependen de una inverosímil epifanía de cordura en el corazón del fanatismo, que de momento ya está cortando calles y relanzando la insurrección, porque siguen pensando no solo que son inocentes sino que son superiores. Queda la única duda del próximo destino de Puigdemont una vez se reactive la euroorden con sentencia firme, algo ya muy difícil de ignorar incluso para un juez belga; yo apuesto por Rusia de Putin, santuario de todos los enemigos de la democracia liberal.

La gran derrotada de esta sentencia es la Fiscalía. Y su coraje no merecía esta derrota. No la merecía la memoria del difunto José Manuel Maza, ni la firmeza de Javier Zaragoza y Fidel Cadena. La segunda derrotada es la honra de la Abogacía del Estado, de la que se expulsó a Edmundo Bal por no avenirse a esta sedición de diseño finalmente refrendada. Pero lo peor es que tan magnánimo garantismo no lo merecen los supremacistas. A mí, llámenme cavernario, que un Estado democrático diluya el castigo debido a golpistas que no solo no muestran arrepentimiento sino que juran que repetirán la agresión me parece deshonroso. Si sirviera a la contrición y al autonomismo, lo daría por bueno: es la ‘realpolitik’. Lo insoportable sería que a la deshonra se añadiese la guerra. Y que, impuesto el orden al fin en la calle y reinando el tercer grado en la vida de los convictos, el ciclo se reanudara donde se quedó antes de la intentona: con otro Artur Mas al volante, el cuentakilómetros nacionalista a cero, la llave en el contacto con PSOE y PP en Madrid y todo el tiempo del mundo por delante para volverlo a repetir.

Jorge Bustos, jefe de Opinión de El Mundo.

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