Una solución confederal para Palestina

El mes pasado, estando en la ciudad de Nueva York, dio la casualidad de que me alojé en el mismo hotel que el Primer Ministro israelí, Benyamin Netanyahu. Para atender sus necesidades de seguridad, el hotel había quedado convertido en una fortaleza, muy parecida al propio Israel.

Netanyahu estaba en los Estados Unidos para otra ronda más de conversaciones sobre la paz en el Oriente Medio. Los Estados Unidos ofrecieron diversos incentivos para inducir a Israel a paralizar durante noventa días más su construcción de asentamientos en la Ribera Occidental. Los israelíes se negaron, por lo que se llegó a otro callejón sin salida.

Entonces, ¿cuáles podrían ser las perspectivas de una paz negociada entre dos pueblos que reivindican el mismo territorio?

La respuesta es: muy pocas. Todas las gestiones en pro de la paz desde los acuerdos de Oslo de 1994 se han basado en la “solución con dos Estados”, conforme a la cual Israel debe devolver los territorios ocupados a un Estado palestino, los palestinos deben renunciar a reivindicación alguna sobre el Estado de Israel y todo el mundo ha de vivir feliz por siempre jamás.

La doctrina occidental oficial sigue siendo la de una solución negociada mediante el procedimiento de “territorio por paz”. Como dijo en un discurso reciente la Secretaria de Estado de los EE.UU., Hillary Clinton, “una paz justa, duradera y total” tiene que basarse en la fórmula de “dos Estados para dos pueblos”.

Entretanto, las dos partes principales en la disputa, Palestina e Israel, están buscando opciones substitutivas unilaterales del “proceso de paz” bloqueado. Los palestinos presionan para obtener el reconocimiento internacional de su condición de Estado, mientras que los israelíes están utilizando su política de asentamientos para imposibilitar un Estado palestino.

El Presidente palestino, Mahmoud Abbas, ha dicho que, si las últimas conversaciones de paz fracasan rotundamente, presionará para obtener el reconocimiento por las Naciones Unidas de un Estado palestino basado en las fronteras de 1967. Este mes, el Brasil y la Argentina han reconocido a “Palestina” y se espera que una cascada de países latinoamericanos sigan su ejemplo.

Abbas está poniendo ahora la mira en Europa y quisiera pedir a Turquía que haga de mediador. El juego consiste en conseguir el reconocimiento internacional de un Estado palestino independiente para presionar a los EE.UU. a fin de que retiren su apoyo casi incondicional a la política israelí.

La preocupación principal de Israel sigue siendo la seguridad. La doctrina occidental oficial es la de que la seguridad a largo plazo de Israel depende del éxito del “proceso de paz”. En la práctica, Israel ha estado adoptando otras medidas para asegurar su futuro. La atención de los medios de comunicación se ha centrado en el “muro de seguridad”, que sin lugar a dudas ha logrado reducir el nivel de violencia.

Pero, para los halcones que ahora controlan la política israelí, la clave para la seguridad de Israel depende de la profundidad de la defensa, para lo cual resulta indispensable la ampliación de los asentamientos. La receta de los halcones para la supervivencia es triple: apoyo militar y económico continuo de los EE.UU, fronteras defendibles mediante un programa de asentamientos estratégicos y la división de la Ribera Occidental palestina en batustanes desconectados o autoridades subordinadas, incapacitados para hacer una oposición concertada a la política israelí.

De modo que, mientras que Abbas intenta crear una nueva “realidad en el terreno” consiguiendo el apoyo internacional para un Estado palestino, el objetivo de Israel es ganarlo por la mano haciendo que semejante Estado resulte inviable.

La opción substitutiva ideal de las dos estrategias es un proceso de paz encaminado no a crear dos Estados, sino a establecer una base política y económica común para un solo Estado confederal. De hecho, la solución de los dos Estados ha sido siempre una falsa ilusión. Nunca ha habido territorio suficiente para satisfacer la apasionada posesividad de todos los que lo revindican y, con el tiempo, la desvinculación de los colonos israelíes de la Ribera Occidental y de Jerusalén Oriental ha llegado a ser tan imposible como un intento por parte de Israel de expulsar a los árabes que en ellos quedan.

Los judíos israelíes van a permanecer en la Ribera Occidental y en Jerusalén Oriental y los árabes israelíes van a permanecer en el Israel propiamente dicho. Ésas son las “realidades en el terreno” que condenan al fracaso las esperanzas palestinas de conseguir un Estado palestino soberano no menos que las esperanzas israelíes de conseguir un Estado totalmente judío.

Además, la fórmula de territorio por paz nunca tuvo sentido desde el punto de vista económico. Si la compensación a los palestinos por los agravios padecidos había de ser el principio rector, habría habido formas mejores de hacerlo que fundar un nuevo país precario, marcado por la pobreza y dependiente de la ayuda extranjera.

La mayoría de la gente ha olvidado que los Protocolos de París de abril de 1994 establecieron una unión aduanera entre Israel y los territorios ocupados, con un Consejo Económico conjunto para que arbitrara sobre controversias comerciales. La libre circulación de mercancías, mano de obra y capitales entre las dos partes podría haber dado un impulso económico enorme al PIB palestino.

También podría haber sido la base de un Estado confederal, cuya parte palestina se habría beneficiado de la productividad y los impuestos de los colonos de la Ribera Occidental, pero esa benéfica perspectiva fue socavada por la violencia necesaria para mantener el Estado de Israel y permitir el surgimiento de otro palestino.

La opinión oficial sigue siendo la de que sólo una solución de dos Estados internacionalmente garantizada brindará la seguridad necesaria para la reactivación económica de los territorios palestinos, pero también es posible que la unilateral política israelí, implícitamente respaldada por los EE.UU., cree condiciones provisionales de paz que sean suficientes para que el crecimiento económico enfríe el nacionalismo palestino.

La causa palestina no es la preocupación primordial ni siquiera de los Estados árabes, por lo que la estrategia de Netanyahu de defensa en profundidad tiene más posibilidades de éxito que la prosecución por parte de Abbas de la condición de Estado mediante el reconocimiento internacional. El proyecto de Netanyahu no es moral, pero eso no significa que no funcione, al menos por un tiempo.

Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica, profesor emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick, autor de una biografía premiada del economista John Maynard Keynes y miembro del consejo de administración de la Escuela de Estudios Políticos de Moscú. Traducido del inglés por Carlos Manzano

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