Una tierra sin huellas

Casi tres largos años de cruel guerra civil en Siria y la cifra de personas muertas, la mayor parte de las mismas civiles desarmados, sobrepasa el número de cien mil. Los partidarios de Bachar el Asad, una persona supuestamente culta formada en las universidades británicas, y sus no menos feroces detractores armados, no sólo incendian, destruyen y arrasan ciudades enteras aniquilando a sus indefensos habitantes, sino que —por si no fuera ya poco grave esto— están poniendo en peligro una región cuyo patrimonio artístico, arqueológico e histórico es uno de los más importantes del mundo. Me conmueve contemplar, por ejemplo, fotos e imágenes de soldados y combatientes civiles luchando entre las murallas, los fosos y las torres del Crac de los Caballeros, uno de los castillos más grandes e impresionantes que jamás he visto. Fue levantado hace siglos por los cruzados. Lo recorrí, no hace tanto, en un absoluto silencio y soledad, mientras sus dos vigilantes, procedentes del pequeño pueblo formado a las faldas del mismo, dormitaban placenteramente de aburrimiento.

El Crac es uno de los seis lugares históricos más amenazados incluidos en una lista preparada por la Unesco y presentada en la última reunión del comité del Patrimonio Mundial. Los otros cinco son Damasco, Alepo, Palmira, Bosra y varias antiguas ciudades del norte. Hace siglos, Abu el Hussein Ibn al Yubayr, después de describir la magnificencia de Alepo, se lamentaba: “¡Cuánta guerra ha provocado y hojas de acero se desenvainaron por ella!”. Hoy Alepo sigue siendo escenario de violentas batallas que han destruido el minarete de su histórica Gran Mezquita de los Omeyas así como la biblioteca. En Damasco no sólo San Pablo se convirtió al cristianismo, sino que lo refundó. Para perseguir a sus futuros hermanos salió de Jerusalén por la Puerta de Damasco (entre ambas ciudades hay apenas 300 kilómetros) y a la entrada de la hoy capital siria, por donde ahora transitan tanques y cañones, los cielos lo cegaron. El maestro Eckhart comentó que San Pablo a su caída no vio nada “y, entonces, vio a Dios”. En la ciudad de Damasco hasta hace pocos años convivían las tres religiones monoteístas en sus diferentes credos. Hoy parece que todos esos dioses la han abandonado a su suerte. El Museo Nacional reúne piezas arqueológicas extraordinarias sin las cuales sería imposible reconstruir la historia de la escritura y la lectura.

Las ruinas de Palmira, en medio del desierto y junto a un inmenso oasis repleto de palmeras, todavía hoy nos deslumbran en su aristocrática desnudez. Los saqueos que está sufriendo la antigua ciudad de la reina Zenobia son preocupantes. Palmira, en su subsuelo, conserva uno de los conjuntos funerarios más ricos. ¿Cómo preservar el parque arqueológico y el museo sin funcionarios y vigilantes, en un lugar tan remoto y aislado? La eternidad de las ruinas de Palmira está en peligro. La eternidad ¡qué palabra tan obsoleta! Para Zygmunt Bauman la eternidad ya no es un valor espiritual, de prestigio o respeto, ni siquiera un objeto de deseo. Ha sido relegada por la tiranía del instante, del momento, del presente perpetuo. El temor al olvido del tiempo ya lo había manifestado Leopardi. Lo olvidado, dice Benjamin, es lo que no tiene necesidad de nosotros. ¿Quién la tendrá entonces? La desolación, la destrucción, el vacío, la desmemoria, todo esto viene provocado por la guerra.

En la carretera de Damasco a Amán se encuentra la antigua ciudad de Bosra. A diferencia de Palmira o Apamea ha estado habitada hasta hoy mismo. En un momento dado, los inquilinos fueron desalojados de sus casas para llevar a cabo las tareas arqueológicas en la zona. El teatro romano es de una magnitud semejante al Marcelo de Roma. Por su lado a Qabat Seman, otro de estos lugares excepcionales, se llega desde Alepo, muy cerca ya de la frontera turca. Es el norte de Siria y por aquí no hay desiertos sino zonas fértiles y extensiones de pedregales entre cordilleras. Zona intrincada muy favorable para las escaramuzas y emboscadas. Aquí oró San Simeón el Estilita. Yo aún pude tocar la base de su pódium. ¿Sobrevivirán las ruinas monásticas que se construyeron alrededor de la columna donde el santo permaneció sin bajarse más de cuarenta años (a mediados del siglo V)? En Simón del desierto, Luis Buñuel pone en boca de una de las personas que tientan al estilita la siguiente convicción: “Tu penitencia sirve de poco al hombre”. Sí, ha servido de muy poco para evitarle algunos de sus principales males: la intolerancia, la injusticia, el fanatismo y la violencia.

La destrucción de nuestro patrimonio histórico universal por los efectos de la contienda, los robos, excavaciones sin permiso, tráfico ilegal de obras de arte, son algunos de los muchos males que sufre Siria. Hace pocos años, en una investigación impulsada por el Parlamento británico se llegó a la conclusión de que el comercio ilícito de antigüedades en el mundo movía alrededor de diez mil millones de dólares al año. La guerra, la inseguridad y el abandono ayudan a elevar esta gigantesca cifra. Siria, Irak, Afganistán o Egipto se han convertido en suministradores de valiosísimos materiales a los insaciables mercados de obras de arte. Los lugares en guerra son pasto de lobos, pero también el saqueo y abandono sigue existiendo en otros países donde reina la paz desde hace décadas.

Europa, sin ir más lejos, es un buen ejemplo aún, desgraciadamente, del vandalismo, el robo y la dejación de los poderes públicos hacia su patrimonio nacional y común. La crisis no ha hecho más que agrandar este problema. La sobreexplotación de los espacios arqueológicos y los museos también contribuyen al deterioro. La UNESCO debería ser más cuidadosa y más beligerante con los países que no cumplen con su deber. Pero ¿cómo imponerse cuando la sobrevivencia de la propia institución depende de las contribuciones económicas de dichos países? ¿Cómo puede permitir el mundo libre lo que hicieron los talibanes afganos dinamitando las gigantescas estatuas de Buda en Bamiyan? ¿Cómo se puede permitir las destrucciones artísticas y bibliográficas de Tombuctú? ¿Cómo se puede permitir el asalto al Museo arqueológico de El Cairo para llevarse parte del ajuar de la tumba de Tutankamon? También estos actos deberían ser declarados crímenes contra la humanidad. Ya lo escribió Milton en su Areopagítica a mediados del siglo XVII “Quien mata a un hombre está arrebatando la vida a una criatura racional, trasunto de Dios; pero quien destruye un libro está matando la razón misma, está acabando con la propia imagen del Creador”.

Un libro o cualquier parte del patrimonio histórico mundial. Debería existir un grupo internacional de socorro especializado, dispuesto a intervenir de inmediato en zonas de conflicto, para salvar y proteger los bienes culturales insustituibles. Poco es lo que queda del pasado después de que los mismos hombres que levantaron maravillas se encargaran ellos mismos, a lo largo de los tiempos, de destruirlas. Pero incluso eso poco que aún permanece en pie es ingente para nosotros. Simone Weil, en uno de sus escritos, se preguntaba: ¿De dónde nos llegará el renacimiento? Únicamente del pasado, si es que lo amamos” se respondía. ¿Amamos el pasado? El pasado son las huellas de nuestra memoria colectiva.

“El espíritu es la memoria”, decía San Agustín. Destruir el patrimonio es destruir nuestra memoria y conducir al mundo al alzheimer colectivo. ¿Una tierra sin huellas? ¿Una tierra virtual? ¿Una tierra de decorados cinematográficos? ¿Una tierra de disneylandias? Las ruinas de las saqueadas Apamea (desapareció un extraordinario mosaico), Palmira, Bosra, El Crac, Alepo, Chahba, Doura, Hama, Raqqa o Rasafah son huesos de nuestro propio esqueleto, son parte de nuestra eternidad. Un mundo donde la nada se hace presente y lo eterno se ausenta. De este modo, veremos cumplido aquel irónico aforismo o irónica sugerencia de Lichtenberg: “Un poema sobre el espacio vacío podría ser sublime”. Una tierra, cada vez más repleta de espacios vacíos. ¿Qué debemos a aquéllos que han muerto?

El acto de amor de recordar a los muertos es el acto de amor más desinteresado, libre y fiel. Pero con certeza no es el más fácil pues seguimos imaginando que están vivos hasta que el vacío se hace presente. Vacío de los muertos en aquellas ciudades donde otrora vivimos. “Yo ya estuve aquí, / Pero cuándo y cómo no sé decirlo”, dice Dante Gabriel Rossetti.

César Antonio Molina fue ministro de Cultura y dirige Casa del Lector.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *