¿Una Unión cada vez más estrecha o un mercado común?

En el próximo referendo del Reino Unido se definirá si seguir siendo parte de la Unión Europea es parte de la propia naturaleza de la UE. El RU quiere una Europa distinta a la que actualmente representa la UE, prefiere, básicamente, que sea solo un mercado común. Aun cuando Gran Bretaña ha tenido la posibilidad de abandonar el euro y muchas otras cosas desde hace mucho tiempo (por lo que no está obligada a participar de ninguna manera en el proceso de profundización de la unión política de Europa), aquí reside la esencia ideológica de la controversia.

Se trata de una pregunta que trasciende el debate por la brexit en el RU. El fortalecimiento de las fuerzas euroescépticas en muchos estados miembros de la UE ha dado relevancia a la misma cuestión en el continente, donde muchos creen que la meta de una unión política puede sobrecargar a los ciudadanos de los estados miembros y debe ser abandonada.

Al igual que los británicos, muchos europeos continentales se preguntan si las normas internacionales dictadas por las instituciones con sede en Bruselas y una unión política son verdaderamente necesarias. ¿No sería suficiente una asociación de estados nación soberanos que compartieran el núcleo económico duro de un mercado común continental (el modelo británico)? ¿Para qué preocuparse por toda la complicada integración que involucra al Acuerdo de Schengen, una unión monetaria y normas para la UE, que en última instancia no funcionan adecuadamente y solo debilitan la competitividad mundial de sus estados miembros?

Si miramos la historia europea de posguerra, resulta claro que este debate nos acompaña casi desde el principio. El RU se centró principalmente en la Commonwealth durante las décadas de 1950 y 1960. El proceso de integración europea —orientado a superar la enemistad franco-germana y reconciliar el potencial industrial de Alemania Occidental con la estabilidad europea (y así, bajo el paraguas de seguridad de EE. UU. y la OTAN, evitar la repetición de la guerra en Europa)— era marginal a sus preocupaciones.

Después de que el Tratado de Roma estableciera en 1957 la Comunidad Económica Europea (CEE), se creó unos pocos años más tarde la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC) bajo el liderazgo británico. Las metas de la AELC consistían en una franca unión aduanera y un mercado común, y esa organización fue diseñada desde el principio para competir con la CEE, especialmente en el norte de Europa y entre los países neutrales, pero nunca logró imponerse.

Se puede aprender del motivo por el cual la AELC no arraigó: solo se basaba en intereses económicos y no luchaba por ninguna idea adicional. La AELC carecía de alma y esa ausencia llevó a que le fuera imposible competir con la incipiente UE.

Por supuesto, los intereses económicos han sido de primordial importancia para sostener los avances de la UE, pero la idea de unir a Europa claramente trascendió la mera unificación económica. Se trataba, y aun se trata, de superar la fragmentación europea a través de un proceso de integración que comenzará con la economía y terminará con la integración política. Winston Churchill lo sabía, como puede apreciarse en su discurso de Zúrich en 1946 —que bien vale la pena leer hoy día— en el cuál convocaba a unos «Estados Unidos de Europa».

La UE es el principal proyecto histórico europeo. Ha intentado, con éxito hasta el momento, aprender de siglos de guerras aparentemente interminables, construyendo un nuevo sistema paneuropeo de estados que ya no se basa solo en el equilibrio del poder, sino también en la superación de las rivalidades nacionales a través de la institucionalización de los intereses comunes y los valores compartidos. La UE ha logrado grandes cosas, algo que no se debe olvidar durante sus crisis actuales.

El error británico es suponer que una de las metas —un mercado común para Europa— se puede lograr sin la otra —una mayor integración política— en el largo plazo. Para que funcione, un mercado común requiere la delegación substancial de soberanía y una amplia regulación europea. De hecho, la UE no puede ignorar ni a los estados nación ni a las instituciones y políticas comunes sin ponerse en riesgo a sí misma, ambos son sus pilares.

La UE estuvo caracterizada por esta dualidad desde el principio: una confederación con elementos federales e instituciones fuertemente integrados. Quien cuestione esta dualidad cuestiona al sistema en su totalidad, mucho más aún considerando que la actual situación de la UE dista de ser propicia para una estabilidad duradera. La UE solo logrará eso cuando haya dado el paso fundamental hacia una federación genuina.

Por esto la mayoría de los estados miembros de la UE nunca deben abandonar la meta de una «unión cada vez más estrecha». El RU no comparte esta meta, ni tiene que hacerlo, pero el futuro de la UE depende de ello. Todo lo demás es una cuestión de compromisos pragmáticos, con un margen de acción bastante amplio.

Joschka Fischer was German Foreign Minister and Vice Chancellor from 1998-2005, a term marked by Germany’s strong support for NATO’s intervention in Kosovo in 1999, followed by its opposition to the war in Iraq. Fischer entered electoral politics after participating in the anti-establishment protests of the 1960s and 1970s, and played a key role in founding Germany’s Green Party, which he led for almost two decades. Traducción al español por Leopoldo Gurman.

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