Una verdad mancomunada

Los vecinos portugueses, quién sabe si alentados por la inmunodeficiencia que de un tiempo a esta parte padece España, resolvieron inscribir una Ruta de Magallanes en la lista vindicativa de la UNESCO, que es el trámite que antecede a la declaración de Patrimonio de la Humanidad. La primera vuelta al mundo, ciertamente, no sólo contó con una representación de navegantes portugueses y de otras nacionalidades europeas, sino que no pudo más que fundarse en los logros y conocimientos acumulados en la larga tradición multinacional de navegantes y exploradores.

'El regreso a Sevilla de Juan Sebastián Elcano', cuadro de Elías Salaverría, de 1919, expuesto en el Museo Naval de Madrid.
‘El regreso a Sevilla de Juan Sebastián Elcano’, cuadro de Elías Salaverría, de 1919, expuesto en el Museo Naval de Madrid.

Dicho lo cual, conviene subrayar que la expedición de Magallanes (quien, después de haber sido ninguneado y humillado por el rey Manuel se desnaturalizó de su origen -hoy diríamos que cambió de nacionalidad- y se hizo español) y Elcano partió de puertos españoles y regresó a puertos españoles, contó con tecnología y naves españolas, y fue, en suma, forjada esencialmente con dinero, aliento y sangre española. El 8 de septiembre de 1522, 18 de los 270 hombres de la tripulación inicial lograron arribar al puerto de Sevilla, tras sortear innúmeras dificultades y penalidades, incluyendo intentos de sabotaje por parte de reinos competidores. Entre ellos, por cierto, el de Portugal, que armó barcos con el propósito de interceptar la flota e impedir que el intento culminara con éxito. La noción de mundo moderno, y de lo que andando el tiempo ha dado en llamarse globalización, debe un enorme tributo a esta fabulosa empresa liderada por españoles, pues nadie hizo más por expandir el círculo del género humano.

La inadvertencia de los gobiernos españoles (del actual y del anterior) ante el intento de Portugal de arrogarse un mérito que en modo alguno le corresponde, revela hasta qué punto el cuidado de lo que, tan pomposamente, ha venido en llamarse Marca España, era puro toreo de salón. Ahora, y a rebufo de la polémica desatada al respecto, España y Portugal han resuelto, en nombre de la hermandad ibérica, presentar una candidatura conjunta para la ruta de Magallanes y Elcano. Lo cual, que nadie se engañe, es una componente equivalente a declarar que la Liga Española es una competición hispano-argentina por disfrutar de los servicios de Messi. Tienen nuestros queridos vecinos peninsulares muchas efemérides importantes que celebrar, por lo que, francamente, no se ve por ningún lado qué justificación puede tener que la celebración del Quinto Centenario de la Vuelta al Mundo se haga de la mano de Portugal. Aunque bien es verdad que a quien debemos reprocharle la falta no es a Portugal, sino, insisto, a las autoridades españolas, que, una vez más, han incurrido en una alarmante dejación.

La idea de que la expedición de Magallanes y Elcano fue básicamente un asunto de Portugal es la enésima expresión de una inveterada corriente historiográfica (y que cuenta con no pocas terminales políticas) que pretende, a menudo de forma indisimulada, el desprestigio de España. En ella entroncan la criminalización del Descubrimiento en las universidades de Estados Unidos, la recurrente Leyenda Negra y, a un nivel más modesto, pero no más nefasto, los estudios (es un decir) de esos nacionalistas catalanes que, disfrazados de historiadores, proclaman a los cuatro vientos que Santa Teresa de Jesús era una abadesa del monasterio de Pedralbes, Lazarillo de Tormes era en verdad Llàtzer de Tormos, valenciano de la Marina Alta, y las montañas que aparecen en algunos lienzos de Leonardo da Vinci no son sino las de Montserrat. Hace unos días, sin ir más lejos, el más afamado apóstol de esta nueva ufología declaraba en La Vanguardia que Colón fue embajador de la Generalitat y participó en la guerra civil catalana.

La diplomacia española, pero también la propia UNESCO, deben velar con mucho más celo que el que han demostrado hasta la fecha por que España conserve en esta historia, que también es historia europea, el lugar que le pertenece por mérito y justicia. En mi condición de eurodiputada, he remitido sendas cartas en este sentido, suscritas, asimismo, por mi compañero Javier Nart, a la señora Audrey Azoulay, directora general de la UNESCO, y a nuestro ministro de Exteriores, Josep Borrell. En la esperanza de que no sean mensajes en una botella lanzados al mar.

Teresa Giménez Barbat es eurodiputada del grupo ALDE y miembro de la Comisión de Cultura y Educación del Parlamento Europeo.

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