Una vergüenza para Europa

Un inmigrante muere en el mar Mediterráneo cada dos horas de promedio. Después de una serie aterradora de dramas, entre ellos el naufragio que causó por sí solo unos 700 muertos, el día 23 de abril se celebró en Bruselas una cumbre extraordinaria de jefes de Estado. El resultado de la reunión ha sido a todas luces insuficiente y, desde luego, no ha respondido a la magnitud del problema; de cualquier manera, cabe afirmar que está en juego salvar vidas humanas.

¿Cómo podemos aceptar que se olvide el sentido humanitario y se dejen de lado los valores identificados sin embargo largo tiempo con Europa, este continente que ha inventado el universalismo, la Ilustración, los derechos humanos? La indiferencia que predomina en Europa o la hostilidad hacia quienes se exponen a morir ahogados en el Mediterráneo puede parecer sorprendente si se considera la inmensa sensibilidad de las propias sociedades europeas, la solidaridad de que se hace gala cuando ocurren determinadas catástrofes naturales y el acierto con que actúan las oenegés humanitarias. Sin embargo, y por desgracia, no es difícil comprender el motivo por el que las distintas opiniones públicas, en toda Europa, apenas se han movilizado en favor de los nuevos boat people que arrostran peligros inauditos y pagan un elevado precio por huir por mar de África o de Oriente Medio hacia una Europa que debería ofrecerles condiciones de existencia acordes con sus aspiraciones políticas o económicas.

Ya intenten atravesar España o Italia, encarnan todo lo que los partidarios de la sociedad cerrada y de la nación homogénea pueden temer o detestar: ¿no se trata, en efecto, de inmigrantes, indeseables en épocas de paro y crisis económica, negros, árabes, tal vez también musulmanes, que cuestionan la identidad nacional, religiosa o racial de los países europeos? ¿Y no cabe la posibilidad de que traigan bajo el brazo, quién sabe, el islamismo, el yihadismo, el terrorismo? ¿No costarán caro en una situación en que se enseñorean las dificultades económicas, las cuestiones relativas al empleo y a los ingresos?

Los argumentos que apelan a la solidaridad de los seres humanos no pesan casi en este caso, ni tampoco el análisis sereno de las cifras en juego, que muestran no obstante que Europa podría digerir perfectamente la llegada de unas decenas de miles de inmigrantes que se trata de salvar de una posible muerte en el mar. Lo que prima es de otro orden: el racismo, la islamofobia, la xenofobia y, a continuación, la idea de que el cierre de las fronteras proporciona la mejor manera de afrontar las dificultades de los tiempos actuales.

Por otra parte, no es únicamente la imagen de países y sociedades que se repliegan sobre sí mismos la que ejemplifica esta mezcla de indiferencia y hostilidad; es, también, la de una Europa que se niega a adoptar medidas realmente humanitarias y que no se esfuerza en absoluto por construirse mediante la adhesión a valores éticos. Los dramas más espectaculares suscitan en todo caso frases enfáticas que expresan compasión, e incluso cierto revuelo y nerviosismo; incluso, si me apuran, remiten a un cierto grado de activismo por parte de los líderes políticos pero no desembocan en compromisos humanitarios y humanistas bien palpables.

Con ocasión de la cumbre de Bruselas del 23 de abril, lo más importante para los reunidos jefes de Estado y de Gobierno, de todas las tendencias, no fue salvar vidas humanas, sino desalentar a los posibles candidatos a la emigración, revisando y potenciando en todo caso la política de vigilancia.

He aquí un rostro que no se molesta siquiera en parapetarse tras la crisis de la idea europea. La construcción europea, a principios de los años cincuenta, pretendía ante todo impedir la guerra y mostraba una perspectiva moral de modo que la economía había de ser en todo caso un recurso destinado a tal fin. En la actualidad, la economía se ha disociado de la moral y, en cuanto a la política –en el plano europeo–, pasa sus apuros a la hora de canalizarla o controlarla. Esta política se vez, a su vez, dominada por lógicas de naturaleza tecnocrática. Y, antes de preocuparse por encarnar los valores más elevados de la civilización, las autoridades e instancias europeas se esfuerzan, ante todo, por encontrar el modelo económico más conforme a los intereses, si no de todos los países, al menos de los más poderosos.

¿Es aceptable dejar que un país, en mayor medida que cualquier otro –Italia–, asuma casi en solitario la tarea de abordar y gestionar tal desafío? ¿Han de liberarse los estados, a título individual, y Europa, como un todo institucional, de cualquier responsabilidad que no sea la consistente en convertir el Viejo Continente en una fortaleza capaz de protegerse y de vigilar sus fronteras?

Puede apreciarse perfectamente a dónde conduce semejante política: a aceptar que los estados y Europa no asuman valores morales o éticos, y a dejar a protagonistas privados, o supranacionales, la tarea de asumir la responsabilidad en cuestión. Puede tratarse de una oenegé, o incluso de organizaciones caritativas, de inspiración a veces religiosa. Puede tratarse, también, de grandes instituciones, por ejemplo con el apoyo de las Naciones Unidas. En todos los casos, se advierte aquí un fracaso de Europa como también de sus estados, y una concepción de la acción política reducida al cinismo o, dicho como mayor finura, al realismo o al pragmatismo. Sin embargo, cabrá acaso decir: para que los estados se movilicen, para que Europa actúe, ¿no sería necesario que se hagan oír voces elocuentes, que eleven la voz figuras intelectuales o morales? Existe además un problema adicional: estas figuras no pueden existir, ni esperar hacerse oír, más que si consiguen sumar indignación, protesta y participación al debate político. Si se mantienen demasiado alejadas, si no desean mezclarse en la vida política, en ese caso cuentan con escasas posibilidades de tener un eco importante.

He aquí un ejemplo de un caso contrario: en 1978, en Francia, los intelectuales, en su mayoría antiguos activistas de Mayo del 68, lanzaron una campaña, a instancias de un médico francés, Bernard Kouchner, para fletar un barco que iría a recoger a los boat people que huían del Vietnam comunista y arriesgaban la vida en el mar de la China. No se entenderá nada de esta acción, ni de su impacto impresionante, si se pasa por alto la manera en que una lógica humanitaria, encarnada sobre todo por Kouchner, era una lógica coordinada de hecho con una lógica política: se trataba también, en efecto, de señalar el fin del marxismo y de la fascinación por los regímenes comunistas y no es un azar si los miembros más activos del comité que dirigió esta iniciativa eran antiguos izquierdistas o comunistas que encontraban ahí una forma de acabar con su propio pasado militante.

Sin embargo, en la actualidad ya no existe esta capacidad de dar un sentido a la vez político y moral. Ambos registros, disociados, se oponen más que combinarse y las fuerzas del repliegue y el egoísmo, como las del miedo y del odio, tienen el viento de popa y ejercen una influencia decisiva sobre la acción de los dirigentes políticos. Ya es hora de que a escala europea se reabra el espacio de la solidaridad humana y de los valores morales que nos gusta invocar.

Michel Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París.

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