Una victoria tardía para la no proliferación

Hay que elogiar a quienes realmente se lo merecen. A pesar de todas las críticas que enfrentaron, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su secretario de Estado, John Kerry, se abocaron tenazmente a la tarea de negociar un acuerdo con Irán para limitar su programa nuclear. Junto con representantes del Reino Unido, Rusia, China, Francia y Alemania, finalmente lo han logrado.

Los principales términos de este acuerdo histórico, concluido en contra de los deseos de la oposición en Israel, los competidores regionales de Irán (particularmente Arabia Saudita) y la derecha política en Estados Unidos, pretenden controlar las actividades nucleares de Irán de manera que la capacidad civil no se pueda transformar rápidamente en capacidad armamentista. A cambio de inspecciones y un monitoreo de los sitios nucleares, se levantarán las sanciones económicas internacionales que le fueron impuestas hace años a Irán.

Este es un momento importante en la era nuclear. Desde 1945, la aterradora fuerza destructiva de las armas nucleares ha llevado a los líderes políticos a buscar maneras de controlarlas.

No mucho tiempo después de la destrucción de Hiroshima, el presidente Harry S. Truman, junto con los primeros ministros de Canadá y el Reino Unido, propusieron el primer plan de no proliferación; todas las armas nucleares serían eliminadas y la tecnología nuclear para fines pacíficos sería compartida y supervisada por una agencia de las Naciones Unidas. La iniciativa de Truman luego fue un poco más allá y abarcó la mayoría de las cuestiones de no proliferación que todavía discutimos al día de hoy.

Sin embargo, las propuestas se toparon con una oposición absoluta por parte de Joseph Stalin, quien no aceptaría ningún límite a la capacidad de la Unión Soviética de desarrollar sus propias armas nucleares.

De modo que comenzó la carrera por las armas nucleares y en 1960 el presidente John F. Kennedy advirtió que habría 15, 20 o 25 estados nucleares para mediados de los años 1960. “Les pido”, dijo en 1963, “que se detengan a pensar por un momento qué significaría que hubiera armas nucleares en tantas manos, en manos de países grandes y pequeños, estables e inestables, responsables e irresponsables, diseminadas por todo el mundo”.

Dos acontecimientos evitaron la pesadilla de una proliferación nuclear imprudente. Primero, varios países capaces de desarrollar armas nucleares concluyeron -en algunos casos, inclusive después de lanzar programas- que hacerlo no aumentaría su seguridad. Hay que decir a su favor que Sudáfrica y una cantidad de países latinoamericanos tomaron este camino. Segundo, la abnegación se vio enormemente respaldada por el Tratado de No Proliferación (TNP), negociado después de la Crisis de los Misiles en Cuba de 1962 y administrado por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA).

Desde que entró en vigencia en 1968, el TNP ha sido central a la hora de detener la propagación de las armas nucleares. Hoy en día, aparte de las potencias nucleares originales -Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Rusia-, los únicos países con estas armas son China, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte.

Las negociaciones de Irán fueron vitales para asegurar la integridad del sistema. El peligro, por supuesto, era que Irán pasara de desarrollar una potencia nuclear civil a fabricar sus propias armas. Esto inevitablemente habría provocado que otros países de la región, empezando probablemente por Arabia Saudita, emprendieran el mismo camino.

Hay una lección importante que aprender de más de una década de negociaciones con Irán. El actual presidente iraní, Hassan Rouhani, fue el principal negociador nuclear de su país entre 2003 y 2005. El presidente de Irán en ese momento era Mohammed Khatami, un erudito moderado con quien yo intenté en algún momento negociar un acuerdo de comercio y cooperación en nombre de la Unión Europea. El progreso se frenó por un descuerdo sobre cuestiones nucleares.

Los intentos de Khatami de abrir un diálogo con Occidente cayeron en oídos sordos en Washington en la época del presidente George W. Bush, y finalmente fue reemplazado por el populista de línea dura Mahmoud Ahmadinejad. Pero en las discusiones de Rouhani sobre la proliferación en aquel entonces, Irán había ofrecido a los tres países de la UE con quien había iniciado negociaciones un acuerdo razonable: Irán mantendría una capacidad nuclear civil pero no militar. Esto habría limitado la cantidad de centrífugas a un nivel bajo, habría mantenido el enriquecimiento por debajo de la posibilidad de fabricar armamentos y habría convertido el uranio enriquecido en formas benignas de combustible nuclear.

El representante británico ante la AIEA en aquel momento, el embajador Peter Jenkins, ha dicho públicamente que los negociadores de la UE estaban impresionados por la oferta iraní. Pero la administración Bush presionó al gobierno británico para vetar un acuerdo que siguiera estos lineamientos, con el argumento de que se podrían obtener más concesiones de los iraníes si se los presionaba más y se los amenazaba con sanciones más severas y hasta con una respuesta militar.

Sabemos en qué devino la estrategia de Bush. Las conversaciones colapsaron: ninguna transigencia, ningún acuerdo. Hoy se cerró un acuerdo, pero no es tan bueno como el que se podría haber alcanzado hace diez años -un punto que vale la pena recordar en tanto personajes de la talla del ex vicepresidente Dick Cheney y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu comienzan a gritar desde las líneas laterales.

En la práctica, un acuerdo no sólo cimentará el TNP; también podría abrir el camino para el tipo de entendimiento con Irán que es esencial para cualquier medida diplomática más amplia destinada a controlar y frenar la violencia que azota a Asia occidental.

Chris Patten, the last British Governor of Hong Kong and a former EU commissioner for external affairs, is Chancellor of the University of Oxford.

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