Una visita de Goya

Durante las dos últimas generaciones, Londres ha tenido unos embajadores españoles maravillosos, y varias de las personas en cuestión se han convertido en amigos íntimos. También nos han visitado muchos turistas perspicaces y agradecidos, que parecen saber más sobre la ciudad que nosotros mismos.

Ahora, en octubre del 2015, la principal galería de arte del país recibe a un visitante muy especial: Francisco de Goya y sus amigos, algunos regios (el Rey Carlos III, famoso por afirmar que «la lluvia no rompe los huesos»); otros, nobles (pensamos en la famosa duquesa de Alba); muchos de ellos escritores o intelectuales (el arquitecto Ventura Rodríguez, por ejemplo, o el estadista Jovellanos, primer político español en escribir un diario); y algunos del pueblo llano (las viejas del Musée des Beaux Arts, en Lille).

Una visita de GoyaAnte todo, conviene hacer cuatro apuntes. En primer lugar, los cuadros de esta exquisita exposición fueron escogidos con gran gusto e imaginación por un especialista mitad británico mitad francés, Xavier Bray, al que conocí en Bilbao, cuando trabajaba en la excelente colección permanente de la ciudad. Bray ha contado con la colaboración de la genial y enigmática Juliet Wilon Bareau, cuyo catalogue raisonnée de las obras de Goya sigue siendo un tesoro escondido. La conozco, me alegra poder decirlo, casi de toda la vida.

Lo segundo que conviene saber de la Galería Nacional es que todas las piezas expuestas llegan de fuera de Inglaterra. Reino Unido cuenta con una colección de Goya muy modesta, y solo por eso la exposición representa un punto de inflexión en nuestra educación.

El tercer elemento a tener en cuenta es que esta exposición es la primera contribución seria del nuevo director de la Galería Nacional, Gabriele Finaldi, que llega a Londres directamente desde el Prado, donde estuvo hasta hace muy poco. Cabe añadir que, merced a la genialidad de Goya, hemos conservado para siempre a varias familias de la aristocracia española, como los Alba y los Osuna, los Benavente y los Santa Cruz, poniendo en evidencia el hecho de que no se recuerda ninguna otra generación de españoles.

Por lo demás, cada uno de nosotros tendrá sus invitados favoritos en el brillante surtido de personajes que Goya nos presenta con tanta maestría. Mis cuatro predilectos son, en primer lugar, el del Rey Carlos III, sin lugar a dudas el Monarca español más capaz entre Felipe II y Juan Carlos I. La última vez que vi al segundo, tenía otro retrato de Carlos detrás de su escritorio. Goya pintó al Rey Carlos III listo para cazar, pero en realidad se le recuerda como el gran arquitecto de Madrid, donde inspiró muchos y muy hermosos edificios, entre ellos el museo del Prado. El retrato de Goya nos lo muestra sonriente, con gesto tolerante y sencillo, con la sierra de Guadarrama al fondo. En primer plano vemos al perro de caza del rey.

Mi segundo cuadro favorito no puede ser sino el del hermano disoluto de Carlos III, el Infante don Luis, y su familia. El Infante fue el primer mecenas de Goya, y este lo retrató a él y a su (morganática) esposa, María Teresa de Vallabriga, en varias ocasiones. El retrato familiar es imperfecto y tiene muchos misterios. ¿Quiénes son todas esas personas? ¿Sirvientes o secretarios? Sin duda vemos a Goya con sus pinturas, muy joven. ¿Pero quién es el joven sonriente con la cabeza vendada? Curiosamente, ahora el cuadro tiene su hogar en Parma, pero ha visitado Londres con anterioridad —di una conferencia con motivo de dicha visita—, durante el reinado de Neil MacGregor en la Galería Nacional.

Mi tercera obra favorita es la familia del duque y la duquesa de Osuna, retratados con exquisitez en su elegante casa a las afueras de Madrid, de camino a Barajas y al aeropuerto. Me alegra decir que hace relativamente poco tiempo pude ver los botones del vestido de la duquesa, ahora en posesión de una descendiente encantadora y brillante que vive en México. El duque demostró ser un aristócrata cuando, tras ser nombrado embajador español ante Francia, descubrió que para asumir su cargo debería irse a vivir a París. Uno de los niños retratados por Goya también acabó siendo embajador, aunque en Moscú, donde cautivó al Zar invitándolo a un huevo frito al fuego de un billete de 5.000 rublos. Para eso servía el papel moneda, apuntó. Tengo entendido que al duque le gustaba invitar a comer a sus amigos cualquier día que se dejasen caer, ya fuese por Madrid, París o Moscú. No es de sorprender que luego los Osuna anduviesen cortos de dinero. ¡Pero cuánta generosidad!

Mi cuarto cuadro favorito de esta exposición tiene que ser por fuerza el excelente retrato de Jovellanos, extraordinario asturiano y gran exponente del liberalismo español en años de la revolución francesa. En Londres vemos uno de sus varios retratos, y en su rostro entregado podemos apreciar a un ministro ilustrado, deseoso de introducir reformas benignas a pesar de la oposición eclesiástica. Se trataba de un hombre del perfil intelectual de Goya. Merece la pena leer su correspondencia con un amigo inglés, lord Holland, que estaba a favor de la idea revolucionaria e incluso tenía una estatua de Napoleón en su precioso parque. Sin embargo, Jovellanos odiaba la violencia, y así se lo hizo saber a Holland.

Me complace recordar un último placer, tras haber visitado en una ocasión todas las fantásticas salas del Renacimiento de la Galleria degli Uffizzi en Florencia. Durante un tiempo, el último cuadro que se podía ver en la gran galería era el de la condesa de Chinchón, de Goya. No estoy rechazando a Giotto ni a Cimabue, ¡pero qué refrescante era ver un rostro moderno!

Thomas de Swynnerton, historiador.

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