Unamuno ante la crisis

Los viajeros del tiempo aterrizan desconcertados en un mundo que no reconocen. No es el caso de Unamuno, que como todos los clásicos sobrevive a su contexto y explica el futuro. Salamanca celebra durante todo 2012 el año de Unamuno, transcurridos 75 años de su muerte -en realidad, casi 76, pues falleció en diciembre de 1936, al tiempo que la República dejaba de serlo y murió, se exilió, asfixió o silenció a la España dispuesta a escuchar-. Bien está que se rememore, porque pocas figuras hay en nuestra Historia fuera del alcance de los tentáculos ideológicos de cualquier signo.

El caso es que Unamuno ha regresado. Arrastra sus pies y su cartera hinchada y roída de cuero marrón por los pasillos brillantes de la T-4, monumental o desproporcionada, según se mire. Abre los periódicos, vuelve a pasear por las plazuelas de su universidad, observa a jóvenes y mayores y encuentra hendiduras del país que retrató: chillón y conformista, sufrido y festivalero, irracional y dogmático, resistente al cambio de siglo y entregado a su destino.

Entonces repasa su Diario íntimo y encuentra lo que hoy escribiría de nuevo: «Nunca he podido ser un sectario, siempre he combatido todo dogmatismo, alegando libertad, pero en realidad por soberbia, por no formar en fila ni reconocer superior ni disciplinarme». No entendemos que esa suerte de pensamiento ácrata -y en ese momento místico- sólo puede ser producto de la lectura, la reflexión y un esforzado ejercicio de individualidad contra el adocenamiento.

Unamuno contempla España y lo entiende todo. Sus problemas son los mismos que en el XIX y principios del XX: separatismo, desconocimiento de nuestra Historia, desorientación y estancamiento intelectual, falta de liderazgo y dirección, corrupción, «instinto de los extremos» (de modo que el medio es un híbrido de ellos), ausencia de horizontes, «pólipo político». Escucha las consignas partidistas y las soflamas trasnochadas del sindicalismo atrapado en su propia superchería. Descubre en Twitter la apoteosis de la vacuidad y lo plasma en En torno al casticismo: «Se fabrican frases sangrientas para que corran de círculo en círculo». Y prosigue: «En una politiquilla al menudeo suplanta la ingeniosidad al saber sólido, y se hacen escaramuzas de guerrillas. La pequeñez de la política extiende su virus por todas las demás expansiones del alma nacional».

Quiere explicarnos lo que ya deberíamos saber de esta crisis que nos parece eterna y natural. Sin embargo, todavía debe pasar un tiempo hasta que nos cercioremos de si hemos aprendido algo. Alberga la secreta esperanza de que así sea, pero desconfía del ser español, pues como ilustra ese diccionario bípedo de citas literarias que es el genial Miguel Ángel Gozalo, Unamuno escribió que «a los españoles lo que nos pierde es la sobra de codicia y la falta de ambición».

La codicia nos llevó a vivir del crédito. Sostiene el viejo rector que «el vicioso círculo de los jumentos» es el de producir para consumir y viceversa. Aquí late «el fondo de la cuestión social», que radica en que unos quieren parecerse a los otros sólo por lo que tienen, pues lo que tienen refleja lo que son. Y los otros desprecian a los unos por lo que no tienen y, por tanto, no son nada. Por eso aquellos codiciosos sólo pensaron en tener sin reparar en el precio, y éstos, todavía más codiciosos, se nutrieron de aquella codicia.

La apariencia frente a la trascendencia. El tener frente al ser. Ésta es la raíz de una crisis que se ha llevado por delante lo que era prestado y luego no pudimos devolver o incluso creímos que no teníamos que devolver. La noción de trascendencia es fundamental en el pensamiento unamuniano. Lo trascendente frente a lo fútil, fatuo, perecedero, fungible o aparente. Lo trascendente es imperecedero. Lo intrascendente es insustancial. Nos asuela una crisis de trascendencia.

Unamuno no expresa una idea de carácter religioso. La religión se basa en la espiritualidad, pero la riqueza de espíritu no precisa de fe, que es sólo uno de los caminos para alcanzarla. La frustración de Unamuno fue su falta de fe. No obstante, nunca dejó de buscar la verdad. La verdad íntima no imponible a otros. El modo de verdad que lo situaba frente a los demás, a veces a un lado y a veces a otro de la fuerza dominante. Se afilió al PSOE en 1894 como ejercicio de disidencia, pero nunca fue reduccionista. Se carteó con Pablo Iglesias y con Giner de los Ríos, aunque tampoco fue krausista. Un espíritu libre no acepta etiquetas.

Caída la noche enciende la tele y oye el ruido de alguna tertulia. Relee lo que anotó justo cuando llegó a Madrid para iniciar su doctorado: «En este bendito Ateneo, leen pocos, discursean más y discuten casi todos». Cansado, pone una película en DVD: Up in the Air. Los rostros mutan cuando un desalmado de gesto imperturbable comunica a leales trabajadores de empresas que no son la suya que están despedidos. Muestra el drama del paro. George Clooney -Ryan- presenta la crisis como una oportunidad. Los trabajadores se enfrentan al abismo. El protagonista no entiende eso porque aparentemente su realidad no es estática. La prisa, el vértigo y los aviones lo libran de sí mismo. Acumula puntos de vuelo y no está solo, hay otros como él: Vera Farmiga -Alex-.

Unamuno busca en Bauman una interpretación actualizada de su pensamiento. Se reconoce en algunos pasajes: el debilitamiento de los vínculos interhumanos ha generado el derecho a la irresponsabilidad. El mundo líquido acorta al máximo la distancia entre el deseo y la satisfacción. ¿Acaso el crédito no es eso: la posibilidad de satisfacer inmediatamente un deseo?

Hay, por tanto, cuatro nociones vinculadas a la crisis e interiorizadas por nuestra sociedad: virtualidad, imprevisión, irresponsabilidad y gratuidad. Es decir, la transferencia a otros de la obligación de pagar por lo que uno disfruta. O dicho de otro modo, el convencimiento falso de que hay bienes gratis. Los flujos de crédito -a los que recurrieron tanto la sociedad como el Estado- provocaron una devaluación del esfuerzo y la construcción de una realidad virtual y, en suma, una sociedad burbuja con valores burbuja: turboconsumismo y omnivoracidad.

Es cierto que casi todo fue producto de la paulatina transformación del capitalismo industrial en capitalismo financiero y de éste en corporativo, caracterizado por la autonomía que adquirieron los altos directivos y consejeros para desligar la cuantía de sus ingresos de los resultados de la empresa. Este paradigma explica la crisis parcialmente y con trazo grueso aunque justifique la irritación ciudadana, aumentada por el hecho de que no todos hayamos asumido la parte alícuota de responsabilidad. Pero Unamuno nos recuerda que si nos aferramos al dogmatismo «simplicista» de esta «conciencia colectiva homogénea y rasa», nos precipitamos hacia la próxima crisis, que será la misma, la nuestra, sólo morfológicamente distinta de las anteriores.

Javier Redondo es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid.

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