Unamuno, entre los hotros y los hunos

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Lo de los nombres de las calles siempre ha sido un follón. Por eso, se alegraba mi abuelo de que en su pueblo se llamaran como las flores. Y, por eso, también, en mi recuerdo, todo en mi infancia es nardo. O sea que, con estos juegos florales callejeros, se forma como una pátina de cursilería viscosa, pero se ahorra uno la matraca del guerracivilismo de los hunos y los hotros

Así es como llamaba Miguel de Unamuno a las dos Españas, en los años postreros de su vida, con el arrebato hastiado y cascarrabias de que los de un bando eran unos energúmenos barbárico-tribales, y los del otro, igual, con h destartalada y analfabeta. Tal vez por esto han decidido en Madrid cambiar la calle del hunísimo Millán Astray por Avenida de la Inteligencia, aprovechando que hoy se cumplen ochenta años de la muerte de Unamuno.

Un par de meses antes de espicharla, cargó este contra el fundador de la Legión con la elegancia quijotesca de quien, aunque viejo, es alto, tiene barba puntiaguda y está un poco zumbado. Fue en un acto solemne en Salamanca, al poco de empezar la guerra, tomada la ciudad por los sublevados y nada menos que en el Día de la Raza. Cuando el frenesí dionisiaco-militar andaba despotricando contra los intelectuales y jaleando vivas a la muerte, Unamuno se levantó, advirtiendo que él “no quería hablar, porque me conozco cuando se me desata la lengua”.

¡Y tanto! Se cebó diciendo que el generalito (el –ísimo no estaba ese día en la jarana) era un tullido (le faltaba un ojo) y que lo de la muerte viviente era una sandez. Carmen Polo, la esposísima, estaba a su lado, presumiblemente al borde del ictus, y Unamuno concluyó señalando que, en el templo de la inteligencia, él era el sumo sacerdote (ego no le faltaba): “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón. He dicho”.

Pero no: no fue así como lo dijo exactamente. Esta es la versión legendaria que nivolizaron algunas crónicas. Así que la nueva avenida madrileña homenajea al Unamuno mitológico, pero sin su nombre, como si la inteligencia fuese una flor. Y es un monumento literario a la verdad de las mentiras, como si Unamuno hubiera sido un antifranquista redomado…

El problema es que ni los unamunólogos saben lo que fue Unamuno. Excepto que era un friki. Ahí está Niebla, una de las mejores obras de la literatura occidental. Pero ¡vaya ida de olla, macho! El protagonista se enamora de una tipa, y, como no le hace caso, se va a charlar con un perro, y con un anarquista místico que habla esperanto, y hasta con el propio Unamuno… Yo es que no le cojo el punto a la novela. Claro, tío, porque es una nivola, ¡que no te enteras!

Luego está la frikada de ponerse a hacer filología con el vasco… No por el vasco (¡San Arana me perdone!), sino por ser el primero en tener la idea. Y es que a Unamuno le fascinaban estas ocurrencias de la intrahistoria. No las grandes guerras, ni las sucesiones de reyes, sino el niño requeté que juega a la rayuela con bayonetas, el áspero marrón del terruño universal, la aventura cotidiana de arrancarle el pan a las espigas. Y las curiosidades dialectales de las gentes y los chascarrillos en los bares y los rifirrafes de toreros… Dicho de otro modo: Unamuno era un cotilla.

Y un galimatías. He aquí la cuestión hamletiana: que lo mismo dice una cosa, como que de pronto manda al carajo el vasco, porque es una lengua muerta, y que si Castilla y el castellano, y que si muy españoles y mucho españoles… ¡Manda huevos! Así se entiende que Unamuno se pasara la vida quejándose de que en él convivían muchos yoes: una jauría de personalidades, a ver cuál se imponía sobre las demás. O sea que Unamuno era una guerra civil andante. O un Woody Allen tardodecimonónico.

Porque Unamuno fue el introductor en España del ensayo moderno, es decir, del hartarse de hablar de uno mismo, de las ideas de uno, de los viajes de uno: que si En torno al casticismo, que si Por tierras de Portugal y España, y en ese plan. Con lo que está visto que los bloggeros no han inventado nada: Unamuno ya era un trendsetter en la España de preguerra, porque todo el mundo quería enterarse de qué color le picaba la mosca cada mañana.

Pues bien, un día nos contó el “ataque de ansiedad más sonado de la historia de España” (Juaristi dixit), y aquello fue una revolución literaria… Y mira que a Miguel le tenían que amargar las mismas cosas que a cualquiera: el trabajo, la familia y que Nietzsche se había cargado a Dios, de modo que no había opio en que fumarse las penas, ni estaba inventado el Prozac todavía. Por eso, se sacó de la manga San Manuel Bueno, mártir: un cura de pueblo que pierde la fe, pero que se lo oculta a los feligreses y los anima a seguir creyendo, para que no se rayen/rallen (nunca he sabido bien la grafía de esta expresión, ¡plugo al DRAE!).

Así le pasaba con todo: un estado constante de esquizofrenia, que no había quien le siguiera el hilo. Tenía un aire de sieso manido, con esa pose de lector momificado sobre la cama; de hecho, le asqueaba el sexo, y se limitó a ejercerlo con su Concha de toda la vida, Concepción Lizárraga, como mera gimnasia reproductiva: nueve hijos, como nueve éxitos deportivos. Sin embargo, bajo esa apariencia de mosquita remilgada, fue todo un millennial y hasta un indignado.

A Concha la tuvo de novia unos siete años, porque, recién doctorado, sólo le daban trabajos precarios. Encima, tuvieron que estar a distancia: no los separaba el avión, pero sí una diligencia de caballos (como en las pelis del Oeste) que tardaba de Bilbao a Guernica (destino ominoso) lo mismo que hoy Ryanair de Madrid a Londres (y daba más miedo).

Entre esto, cuatro oposiciones frustradas/amañadas, los pucherazos y los caciquismos, Unamuno pasó de familia de ramalazo conservador a podemita de la época. No es coña: se carteaba con Pablo Iglesias para luchar contra la oligarquía, venga a rajar del rey… Y lo desterraron, claro, porque entonces no se andaban con chiquitas, De Fuerteventura a París, pero como un héroe: “He del salvar el alma de mi España, / empeñada en hundirse en el abismo”.

A su vuelta, ovacionado entre mítines populares, fue uno de los estandartes de la República… Hasta que dejó de serlo, porque él era un liberal, a ver qué se habían creído esa panda de socialistas, comunistas y anarquistas, que aquello que habían montado no era res publica ni era . Bien está que Dios no exista, pero tampoco es como para quemar sotanas, ¡so bestias!

El final era inexorable. Para horror de media España, Unamuno pensó que Franco era la salvación… Se dio cuenta de su error con lo de Millán Astray. Pero entonces ya se había quedado solo de hunos y de hotros. Y no se ganó un tiro porque no había ganas de otro escándalo internacional, después de lo de Lorca.

Le permitieron vivir tristemente en arresto domiciliario, visitado de vez en cuando por algún falanfriki que admiraba su literatura. Por suerte, se murió pronto y él solito, al abrigo del brasero, mientras echaba una cabezada y se le chamuscaba una alpargata, no se sabe si la izquierda o la derecha… Era el día de Nochevieja, por no hacer mudanza en su costumbre de andar tocando las narices, hasta el último momento.

Guillermo Laín Corona es profesor de Literatura Española en la UNED, y dramaturgo. Su última obra, ‘Poderes extraños’, puede verse en el Teatro Lara de Madrid.

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