Unamuno y la Guerra Civil

Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, sale acompañado del obispo de la diócesis, Enrique Pla y Deniel, tras protagonizar un enfrentamiento verbal con Millán Astray. EFE
Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, sale acompañado del obispo de la diócesis, Enrique Pla y Deniel, tras protagonizar un enfrentamiento verbal con Millán Astray. EFE

En los últimos días se va vuelto incisivamente sobre el posicionamiento político de Unamuno durante la Guerra Civil. Desde hacía tiempo, con la atención siempre puesta en el acto que presidió el 12 de octubre de 1936, se habían expresado opiniones en torno a lo que pudo o no pudo haber dicho en aquella ocasión, los términos en que discrepó con Millán Astray y las consecuencias de todo ello. Muchos comentaristas se han aferrado a la creencia de que Unamuno recriminó al general aquello de que «Venceréis pero no convenceréis», aunque no exista constancia de que pronunciase estas exactas palabras, ni tampoco de que ambos se enzarzasen en un intercambio de recriminaciones. De esta suerte se fue confeccionando el mito de Unamuno -como muchos lo han denominado en estos días-, merced a especulaciones sobre lo que el venerable literato pudiese hipotéticamente haber dicho y sobre la supuesta repercusión de su proceder. Curiosa manera de hacer justicia a quien tuvo por divisa el lema «La verdad antes que la paz».

Aun cuando el trabajo de investigación publicado recientemente por Severiano Delgado pone los puntos sobre las íes, no avanza novedades significativas. La versión más fiable de aquel episodio se contiene, como apunta Delgado, en la biografía de Unamuno escrita por Emilio Salcedo y publicada en 1965. Muy a pesar de que algunos pongan en tela de juicio a Salcedo por haber biografiado la vida de Unamuno en tiempos de censura, su versión se sustentó en los testimonios de testigos y contó con el aval de una hija del protagonista. Salcedo suscribe que las palabras de Unamuno fueron las didascálicas «Vencer no es convencer y hay que convencer». De que empleó esos dos verbos da fe el lacónico guion esbozado por Unamuno en el transcurso del acto para enhebrar su discurso de cierre, donde figura «vencer y convencer». Según Salcedo, Millán Astray tomó la palabra para replicar y acabó proclamando «Mueran los intelectuales» y «Viva la muerte». Aparte de eso, la única prueba fehaciente de lo acontecido la constituye una fotografía tomada a la salida del acto. En su biografía de Unamuno, Jon Juaristi ha observado que en esa instantánea no se percibe actitud de animadversión alguna en los asistentes que rodean a Unamuno. Es decir, que el revuelo que causaron los discursos del rector y el legionario no pasó a mayores ni puso al público falangista en contra del intelectual, si bien molestase tanto a algunos que la Universidad cesó a Unamuno y el jefe local de falange le escribió al respecto.

A partir de ahí, muchos comentaristas han urdido una relación puramente especulativa de lo ocurrido. Primero el exiliado Luis Portillo, a quien siguieron gentes como Luciano G. Egido y otros que presentan a Unamuno como paradigma del antifranquismo. Los relatos se han plagado de incorrecciones, como que Franco lo destituyó del rectorado (lo destituyó el claustro) o que sufrió arresto domiciliario (cuando era libre de salir, a lo que renunció porque decía que le habían puesto un guardia en la puerta para que lo siguiese). Esa mitificación ha calado en la opinión pública actual y ha condicionado sobremanera la percepción que de él se tiene. La cuestión de Unamuno y la Guerra Civil, como bien advirtiese Elías Díaz en 1968, reviste mucha complejidad. Expresado del modo más sucinto, y conforme a sus declaraciones y escritos, puede resumirse en lo siguiente.

Al principio de la contienda, Unamuno se adhirió fervientemente al bando nacional proclamando el deber de «acudir a salvar la civilización cristiana occidental». Su parecer no se trasmutó durante semanas, y aún en septiembre indicaba al periodista holandés Johan Brouwer, en referencia a la guerra, que «Azaña es realmente el culpable». Después del 12 de octubre, probablemente en el mes de noviembre, entregó un Manifiesto al periodista francés J. Tharaud donde porfiaba en condenar las «inauditas salvajadas de las hordas marxistas» y apelaba a que «el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana». Es decir, que poca impresión le causó el enfrentamiento con Millán Astray cuando continuó justificando a los nacionales y a Franco. Antes al contrario, fueron las noticias de las terribles represiones, así en la zona nacional como en la republicana, lo que afinó su parecer. Avanzado noviembre, en cartas dirigidas a amigos se percibe claramente su repulsa de la represión llevada a cabo por el ejército nacional. Entonces apela, en palabras escritas al periodista italiano Mari Garelli, a recuperar la «gloriosa tradición liberal española». Por aquellas fechas, escribe a su amigo Quintín de Torre que «entre marxistas y fascistas van a dejar España inválida de espíritu». El 12 de diciembre dirige una carta al director de Abc, motivada por la publicación de una noticia relativa a su apoyo al bando nacional, en la que reprueba a ambos bandos y preludia que «la más feroz tiranía nos amenaza». En esa carta recrimina a los nacionales pero aún califica a Franco de «buen hombre, víctima y juguete de la jauría de hienas».

En definitiva, las pruebas históricas (primero) certifican el discurso discrepante de Unamuno y la réplica de Millán Astray, pero la imagen de la salida del acto constata que Unamuno y el numeroso grupo de falangistas asistentes no se enfrentaron abiertamente, y (segundo) ilustran que Unamuno pasó gradualmente de defender a los nacionales a renegar de ambos bandos. Tan bárbaros le parecían los republicanos como los nacionales, y a todos ellos se refería -en ingeniosa filigrana alegórica- como los «hunos» y los «hotros». Fue entonces cuando invocó su verdadera ideología política, ese liberalismo de inspiración decimonónica, escorado hacia la llamada Tercera España y que es antecedente del actual centrismo político.

Unamuno nos ha legado uno de los mayores tesoros de la literatura española. Como novelista, filósofo, ensayista y articulista, sus obras rebrillan con una originalidad de verdadera excepción y se yerguen gallardas a la altura de los mejores clásicos. Flaco favor haremos a la Historia si nos empeñamos en conocer a Unamuno meramente por una o dos frases que hubiese podido pronunciar, o por erigirse en azote de uno de los dos bandos que libraron aquella terrible guerra. El extraordinario legado de Unamuno lo constituyen sus obras literarias y filosóficas, obras que -importa advertir ahora- no siempre gozan del justo reconocimiento que merecen.

Juan Antonio Garrido Ardila es catedrático de la Universidad de Malta e investigador de la Universidad de Ámsterdam.

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