Unamuno y religión: un centenario

Por Pedro Larrea (EL CORREO DIGITAL, 08/12/07):

Hace poco más de cien años, el 6 de noviembre de 1907, rubricaba el rector de Salamanca un breve escrito, que habría de conocer la luz tres años después bajo el título de ‘Mi religión’. Era la primera vez que Unamuno ofrecía a sus lectores, y a petición de algunos de ellos, una reflexión explícita acerca del hecho religioso. Lo hacía en un momento de crisis personal, en que «se me agudiza más esta tristeza de nacimiento que llevo a cuestas», a pesar de su creciente prestigio literario y académico. Recién publicado con éxito su primer libro de poesías («gritos del corazón»), se disponía a terminar el año ocupado en la edición de sus ‘Recuerdos de niñez y mocedad’, textos concluidos en 1892, y en la redacción de un último capítulo, cerrado con un nostálgico canto a Bilbao, «villa fuerte y ansiosa, hija del abrazo del mar con las montañas».

¿Sigue la villa en deuda con el que tal vez haya sido el más ilustre de sus hijos? No es pacífica la valoración de la obra del bilbaíno. Con exageración flagrante hay quien le ha considerado «el español más grande y universal después de Goya» o «el más brillante escritor en lengua castellana después de Cervantes». Al contrario, en 1964, primer centenario de su nacimiento, en un excelente monográfico de la revista universitaria ‘Sarrico’, se proponía aprovechar la efemérides para enterrar definitivamente a Don Miguel. Tras su muerte, Baroja lo había advertido: ausente el brazo poderoso que sostenía su armazón, la obra podía desmoronarse, pues «el bagaje no era grande». No podía ser más apropiada una discrepancia tan radical para quien hizo de su vida una contradicción permanente, ya que «sólo vivimos de contradicciones y por ellas».

En general, no se niega la estatura intelectual de Unamuno, aunque algunas plumas críticas subrayan la pobre elaboración teórica de sus textos, así como el aventurerismo práctico que encierran. Lo cierto es que, como filólogo, las aportaciones del catedrático de Lengua y Literatura Griega han sido irrelevantes; como filósofo, los manuales de Historia le dedican discretas menciones, etiquetándolo sin convicción, bien entre los existencialistas (seguidor fervoroso de Kierkegaard), bien dentro del irracionalismo (en la estela de Schopenhauer); y como pensador político, sus análisis manifiestan una trayectoria errática, acorde con los tumbos dados en su quehacer público.

Menos controvertido es su talento de escritor, del que sobresalen no tanto sus novelas o su teatro, como su poesía y, especialmente, sus ensayos. Autor originalísimo en todos los géneros cultivados, polemista vehemente (acusado de ‘energumenismo verbal’), agitador impenitente («excitator Hispaniae», le apodó Curtius), una obsesión dominante recorre de principio a fin toda su obra: la muerte. Su obra literaria es pura autobiografía, dijo Gerardo Diego; y los diez o doce Unamunos que Azorín cuenta llegó a conocer, distintos y aun contradictorios, son constitutivamente uno solo: el hombre Miguel angustiado ya desde niño por la idea de la nada y torturado a lo largo de su vida por «la cuestión humana, que es la cuestión de saber qué habrá de ser de mi conciencia, de la tuya, de la del otro y de la de todos, después de que cada uno de nosotros muera».

La divagación filosófica ocupó las páginas más brillantes de sus ensayos; y, como el propio Don Miguel confesó, su filosofía, lo mismo que su poesía, giraron como una noria alrededor de la religión. Religiosos son los problemas que abordó: ante todo, la inmortalidad del alma, y, por deducción de ésta, y no al revés, la existencia de Dios. (¿De qué nos sirve un Dios creador de hombres mortales?, le preguntaba un campesino). Y religiosa es la dialéctica que confronta las dos vías de acceso a la verdad, la cabeza y el corazón, enemigos irreconciliables, que se baten, a la vez que se necesitan, en una lucha interminable: la razón que no encuentra pruebas para afirmar ni la inmortalidad del alma ni la existencia de Dios (un Dios abstracto, inmóvil y, en fin, contradictorio); y la fe que necesita la supervivencia eterna en el regazo del Dios cordial y sentimental, incluso del Padre con barbas, de las religiones. Pues la esencia de la persona consiste en el anhelo de no morir nunca. «No digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre -escribía a un amigo-, digo que lo necesito, merézcalo o no, que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual».

Tal apetito insaciable de divinidad rebasa las evidencias zafias de la razón, que sólo aspira a la identidad, luego a la muerte, incapaz de atrapar la singularidad y la movilidad de la vida. Verdad no es lo que deduce la lógica, sino lo que se cree de corazón y con toda el alma; verdad es lo que hace vivir, no lo que hace pensar. Y una afirmación arbitraria no quiere decir que carezca de fundamento, y menos que sea falsa, porque a la verdad no se llega a través de las pruebas de la razón, sino con el método de la pasión, de la congoja y del dolor. Así, creer en Dios es crear a Dios, creer porque se quiere que exista y porque se revela, por vía cordial, a través de Cristo y de la Historia.

Pero semejante repudio de la razón tampoco es sinónimo de fideísmo: la fe no es capaz de aportar certezas, y es soberbia e impía cuando no duda. Cualquiera de las dos certezas, la racional o la revelada en la fe, haría la vida insoportable, ya que el acto primordial de la existencia es la incertidumbre. Se trata, pues, no de creer, sino de querer creer. Y así como su ‘hermano’ Kierkegaard se abandonó a la fe, una vez descartada la razón, Unamuno se entregó a su nueva religión: luchar. «Tal vez no pueda saber nunca, pero quiero saber. Lo quiero y basta. Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y mi consuelo»; también angustia y congoja, formas supremas de conocimiento y de vida.

El pensamiento religioso de Unamuno ha sido calificado de ‘soteriología existencial’, etiqueta culta para identificar una patología religiosa, expresión exacerbada del utilitarismo que impregna la fe de numerosos creyentes y que sintetiza la divisa ‘sálveme yo aunque perezca el mundo’. Tras la famosa crisis de una noche de marzo de 1897, en que se sintió morir por una angina de pecho que no padeció, el bilbaíno convirtió la religión en neurosis, tanto la versión carboneril que a veces practicó, como la aristocrática y quijotesca que vivió con desgarro. Lamentablemente, fue poco sensible a otras formas de religiosidad menos individualistas, pero más atractivas y saludables: las que se esfuerzan por alcanzar la comunión con lo numinoso, lo sagrado, lo inaprensible, «lo radicalmente Otro»; o, con un perfil más ético, las que traducen los imperativos de amor y fraternidad en una praxis de liberación personal y colectiva.

La religión es una forma de respuesta que el ser humano da a esa brecha turbadora, que la consciencia detecta, entre aquello que desea y lo que modestamente puede. Como hombre religioso, el ejemplo de Unamuno es desazonador, pues, lejos de sosegar el desajuste, lo tensionó hasta el infinito, convirtiéndolo en una «perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella». Y como filósofo de la religión no supo hacer la crítica de la crítica de la religión (Moeller). ¿Qué queda hoy del Unamuno de ‘Mi religión’? Su tragedia personal, expresada en las páginas de 1907: la religión es «buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva (…); luchar incesante e incansablemente con el misterio; luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob».