Unas chinas imprevisibles

«La historia avanza a pasos de paloma», escribe Friedrich Nietzsche. Desde hace más de un siglo, ninguna profecía se ha confirmado mejor. Hoy en día, al igual que en 1914 (la guerra que nadie quería), en 1917 (la revolución bolchevique inesperada) o en 1989 (la caída del Muro de Berlín imprevista), nadie sabe qué acontecimiento de apariencia menor determinará nuestro futuro colectivo. En este orden de cosas, y por haber visto a Joshua Wong en Hong Kong, me pregunto si la China de mañana se parecerá a Joshua Wong o al presidente Xi Jinping.

Xi Jinping reina en Pekín mientras que Joshua Wong solo tiene dieciocho años y no ejerce ningún poder, pero es la figura emblemática de la revuelta de los jóvenes de Hong Kong contra la dictadura comunista. Hasta la más mínima declaración de Xi Jinping se analiza con lupa y hace temblar al planeta, porque hay algo de Mao Zedong en ese tirano y porque el renacimiento de China es el acontecimiento que marca nuestra época. Entendemos la atención de los medios de comunicación y de los diplomáticos. ¿Pero Joshua Wong? Con la huelga de hambre como única arma –igual que el Mahatma Gandhi contra el Imperio británico en su día– dicta el resultado de las elecciones en Taiwán.

Unas chinas imprevisiblesLos taiwaneses acaban de renovar a todos sus representantes locales. Es indudable que han votado a la luz de los acontecimientos en Hong Kong, después de que Joshua Wong y los estudiantes concentrados hayan demostrado que el Partido Comunista Chino no aceptará nunca la democracia, ni en el continente chino, ni en Hong Kong. Y tampoco en Taiwán, que Pekín sueña con anexionarse. Mensaje captado: los taiwaneses han aplastado en las urnas al partido prochino, el Kuomintang. Todos los esfuerzos del presidente de Taiwán, Ma Ying-jeou, del Kuomintang, desde hace seis años, para acercar a Taiwán a la China «popular», siguiendo el modelo de Hong Kong, han sido anulados por Joshua Wong. Los taiwaneses han anunciado claramente que seguirían siendo chinos, pero chinos libres. Es un revés espectacular para Pekín, que esperaba reunificar a todas las Chinas mediante la seducción. ¡Adiós a la seducción! A Pekín solo le queda la opción militar, pero en una región fuertemente armada en la que patrullan las flotas estadounidense y japonesa.

Joshua Wong pone de manifiesto otra faceta de la dictadura comunista: es de sobra conocido que prohíbe la libertad de expresión, pero también se encuentra al servicio de una clase social. No de la de los proletarios, porque no encontramos ni obreros ni campesinos en la dirección del Partido Comunista Chino. El Partido Comunista Chino es el instrumento de la oligarquía, esos súper-ricos que acumulan el poder político y el del dinero. Los dirigentes comunistas chinos apenas lo ocultan, y el presidente de Hong Kong, nombrado por Pekín y desestabilizado por Joshua Wong, declaraba recientemente ante una asamblea de millonarios locales que «la democracia, si por desgracia se autorizaba en Hong Kong, otorgaría el poder a los pobres y estos exigirían unos salarios decentes y ayudas sociales».

«La democracia mala para los negocios, la dictadura comunista garante de la oligarquía». No se leía eso en el Pequeño Libro Rojo del presidente Mao, pero quizás este aforismo figure en una futura edición, revisada por Xi Jinping. En esto también, los taiwaneses han entendido el mensaje porque, tras comprobar que el acercamiento económico entre Taiwán y la China popular solo beneficiaba a los oligarcas de Pekín y de Taipéi, las clases medias, mayoritarias en Taiwán, también lo han tenido en cuenta para rechazar al Kuomintang. El próximo presidente de Taiwán será, con seguridad, independentista y se mostrará reacio a cualquier acercamiento futuro a Pekín.

Joshua Wong ha ganado en Taiwán. ¿Y en Hong Kong? Todavía no se sabe. ¿Y en Pekín? ¿Cuántos Joshua Wong hay en la China «popular»? Lo ignoramos; en cuanto el Partido Comunista detecta a uno, como Liu Xiaobo, el premio Nobel de la Paz, lo encarcela. Pero quedan todos los demás, ya sean tibetanos, uigures, cristianos, budistas, taoístas, adeptos de nuevas sectas milenaristas o simple y llanamente chinos «de pura cepa». Seguro que nos olvidamos de algunos. Quedan todos los pobres, insoportables para el Partido Comunista, pero todavía mayoritarios. También quedan las nuevas clases medias que, por el momento, apoyan al partido, con la condición expresa de que se mantenga el crecimiento económico. Y ahora se está frenando. Queda todavía la corrupción, insoportable para todos los chinos, y que los gestos de Xi Jinping no eliminarán por lo enraizada que está en el sistema. En China, la corrupción sustituye al Derecho, porque no hay Derecho.

Joshua Wong es una de esas palomas que menciona Nietzsche; y hay millones de palomas en la extensa China. No nos aventuraremos a anunciar que China mañana se parecerá a Xi Jinping o a Joshua Wong, o ni a uno ni a otro. Simplemente nos burlaremos de las afirmaciones altisonantes de todos los sinólogos y sinófilos que nos repiten con toda certeza que China, tal y como es, seguirá siendo lo que es y nos impondrá cada vez más sus exigencias económicas, políticas y militares. Joshua Wong invita a cierta modestia en el análisis del presente y más aún en el del futuro. Ya les digo, una paloma.

Guy Sorman

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