Unidad contra el delirio

Por José María Ridao (EL PAÍS, 06/06/07):

Los asesinos no se convierten en libertadores porque hablen de «suspender el alto el fuego indefinido» para referirse a la amenaza de seguir matando, ni porque digan «las 00.00 horas del día 6 de junio» en lugar de indicar que lo piensan hacer desde hoy mismo, ni porque la expresión «todos los frentes» designe otra cosa que la singularísima heroicidad de pegarle un tiro en la nuca a cualquiera que vaya a un taller o a una oficina, que despida a sus hijos a la hora del colegio o que salga a pasear con sus amigos. Aunque su ceguera criminal les lleve a creer que el simple hecho de imitar el lenguaje de las películas de guerra transforma la realidad en lo que pretende su fantasía, lo cierto es que ni el País Vasco ha vivido un alto el fuego hasta ayer mismo ni hoy ha recomenzado de pronto ningún combate. Lo único que ha pasado es que unos fanáticos que mataban dejaron de matar durante unos meses, asesinaron después a dos trabajadores ecuatorianos y, ahora, han decidido volver sin restricciones de ningún tipo a las andadas.

Frente a una realidad tan escalofriante pero tan sencilla, dependerá en gran medida de la postura que adopten los partidos democráticos que este delirio se retroalimente o que, por el contrario, tenga que seguir encerrado en su burbuja, de la que ningún terrorista podrá sacar nunca la cabeza sin verse como lo que ha sido: alguien que mata porque quiere, no porque se lo exija una criatura mitológica y sedienta de sangre a la que una fratría de sonámbulos ha decidido confundir con Euskal Herria. Basta recordar las muchas vueltas que se dio al significado de la expresión «alto el fuego permanente», incluida en el anuncio de que dejaban de matar por algún tiempo, para comprobar hasta qué punto las palabras de los terroristas están al exclusivo servicio de su delirio, no al de hacerse entender por sus víctimas potenciales, por esos ciudadanos a los que van a quitar la vida y a los que denominan «objetivos militares». Ahora resulta que ya no era «permanente» el «alto el fuego» que declararon, y que tanta tinta inútil hizo correr, sino «indefinido»: ni ellos mismos recuerdan lo que dijeron.

Para no retroalimentar el delirio, los partidos democráticos deberían sacar las conclusiones de los muchos años que el Estado de derecho lleva combatiendo a los terroristas, cuya causa ha sumado sin duda una interminable lista de cadáveres, pero, en realidad, ni un solo éxito. Si los terroristas lo han creído alguna vez es porque, por desgracia, en el campo de los demócratas se ha antepuesto muchas veces la lucha electoral a la necesidad de trazar una frontera infranqueable entre quienes matan y quienes no lo hacen. Como cualquier otra política, la que se dirige a combatir a los criminales no está a salvo de cometer errores. Pero ni siquiera los errores de la política antiterrorista se han convertido nunca en éxitos de ETA, que está en donde estaba y haciendo exactamente lo que hacía, y han sido los propios partidos democráticos los que han dado el paso insensato de decir que las equivocaciones del Gobierno, de uno u otro Gobierno, eran lo mismo que victorias de la causa terrorista. Si ETA es capaz de imaginar que está en guerra sólo porque imita el lenguaje de las películas de guerra, con cuánta más razón no va a imaginar que son victorias lo que un partido democrático ha dicho que son victorias. Eran errores, hasta errores de bulto si se quiere, aunque nada más que errores.

Pero no es el momento de hacer reproches ni de ajustar unas cuentas que, después de todo, sólo se tienen pendientes con quienes han asesinado a mil personas y, según dicen, están dispuestos a seguir asesinando. En el punto en el que hoy estamos se dispone de un pacto antiterrorista, firmado por dos partidos, y de una declaración parlamentaria, suscrita por uno solo de los firmantes y todas las demás fuerzas políticas. No tiene sentido prorrogar esta división que, entre otras cosas, no refleja ya la realidad de quiénes son los que amenazan y quiénes son los amenazados. La unidad de los demócratas tiene que ser, en efecto, la unidad de los demócratas, sin que los principios sobre los que se debe articular puedan representar ningún problema. Puesto que ETA ha dejado claro que no piensa poner fin a su delirio, de nada vale que los demócratas disientan sobre qué es lo que habrá que hacer en el supuesto de que desista a las «00.00 horas» de algún día en el futuro. Basta con acordar que, mientras llega ese hipotético momento, los partidos democráticos están unánime y lealmente comprometidos en aplicar, por así decir, el programa máximo del Estado de derecho: jueces, información y fuerzas de seguridad. Además, por descontado, de sacar la lucha antiterrorista de la batalla política.

La paradoja del terrorismo en los últimos tiempos, y no sólo el relacionado con ETA, es que los asesinos han descubierto el perverso mecanismo para desencadenar las alarmas del terror cuando las fuerzas políticas se encuentran divididas. Mientras mantuvieron contra viento y marea la unidad, a los terroristas les correspondía hacer la totalidad de su execrable y siniestro trabajo: eran ellos los que tenían que amenazar y asesinar y, además, los que tenían que erigirse en portavoces del miedo. Si la lucha antiterrorista se convierte en un insensato mercadeo, les basta con amenazar y asesinar, porque de extender el miedo ya se encargan, lo quieran o no, quienes están obligados a combatirlo.