¿Unidad islámica?

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: Joan Parra (LA VANGUARDIA, 07/09/06):

En materia de violencia geopolítica, dos asuntos han movilizado la atención este verano: por una parte, el de los atentados al parecer frustrados en el Reino Unido (que tenían como objetivo varios aviones) y secundariamente en Alemania (cuyo objetivo eran trenes), y por la otra, el de la guerra desencadenada por las provocaciones de Hezbollah contra Israel en el sur de Líbano. Se podrían añadir otros ejemplos notables, como la continuación de la tensión entre palestinos e israelíes, los cientos de muertos de las últimas semanas en Iraq (1.800 en julio) o los esfuerzos de la diplomacia iraní por sacar adelante su programa de armamento nuclear y por incitar y sostener a Hezbollah. Tales acontecimientos parecen tener como único común denominador la dimensión religiosa, y podríamos caer en la tentación de ver en ellos una serie de expresiones de un único fenómeno, el islamismo radical. Pero eso sería una visión demasiado simplista.

El terrorismo de Al Qaeda – que probablemente no se detendrá por los dos verosímiles fracasos que acaban de darnos a conocer sucesivamente los medios- es un fenómeno verdaderamente global, ya que conjuga lógicas transnacionales, metapolíticas – la lucha religiosa del bien contra el mal- y aspectos característicos de las sociedades a las que ataca. Los españoles lo saben muy bien desde el 11-M: los atentados surgidos de ese movimiento terrorista son obra de elementos que pertenecen a redes planetarias, o por lo menos están sintonizados con discursos que circulan a lo largo y a lo ancho del mundo, pero al mismo tiempo también tienen un anclaje, aunque variable, en el mismo seno de las sociedades en las que actúan. Ese terrorismo está relativamente desconectado de la experiencia que viven actualmente las masas musulmanas a las que pretende representar, una desconexión que llega al extremo con los autores de los atentados del 11-S, una serie de individuos que habían cortado hacía tiempo todos los lazos con sus sociedades de origen. Es mortífero y mártir porque los terroristas organizan sus acciones incluyendo su propia muerte en los supuestos de la destrucción.

La extrema violencia de Hezbollah es relativamente distinta. Es guerrera, militar, y por tanto mucho menos global que el terrorismo al estilo de Al Qaeda. Tiene su origen en un poder religioso, pero sobre todo político, que se ha constituido en un pseudoestado en el sur de Líbano. El nacimiento de este partido suele datarse a principios de los ochenta, pero es necesario remontarse mucho más atrás para captar toda su complejidad. En su origen se trataba de un movimiento social chií, el movimiento de los desheredados, cuya acta de fundación data de 1989, cuando el imán Musa Sadr fundó un Consejo Superior Islámico Chií que presiona al feudalismo chií y a sus notables y moviliza una amplia base gracias a una política asistencial. La militarización de ese movimiento se inició con la guerra civil libanesa y se aceleró bajo la influencia de la revolución iraní de 1980 y sobre todo en 1982, después de la invasión israelí de Líbano. Pero no ha perdido su carga social, su apuesta por asegurar un desarrollo económico de manera ejemplarizante, creando escuelas y hospitales u organizando el abastecimiento de agua, tareas que el Estado libanés no ha sabido o no ha podido asumir. Lo ha hecho cada vez más con la ayuda de Irán, al tiempo que ese país, junto con Siria, ponía a su disposición el notable arsenal con el que Israel se ha visto confrontado este verano. De modo que Hezbollah ofrece la compleja imagen de un movimiento-partido-estado y ejerce un patronazgo real sobre la población chií de Líbano que recuerda el nacimiento de ciertos procesos totalitarios, en especial por la fuerte movilización de las bases; su acción es heterónoma, ya que obtiene sus principales recursos gracias a su vínculo de subordinación a Siria y sobre todo a Irán, y sus milicianos no son, sin duda, terroristas dispuestos, como en el caso de Al Qaeda, a preparar su propia muerte al mismo tiempo que la de sus enemigos: son, al contrario, soldados entrenados y concienciados.

Pensemos ahora en Hamas. Es cierto que se trata de un partido islámico. Pero es todavía menos global que Hezbollah, por más que una parte de su dirección esté asentada fuera de los territorios palestinos, lo cual le concede una radicalidad suplementaria, ya que, como suele suceder, los elementos del exterior son menos propensos a negociar que los que se encuentran sobre el terreno. Hamas es una fuerza nacional palestina que en conjunto se mantiene al margen del juego de ámbito planetario del islamismo radical y se esfuerza por mantener una cierta autonomía en sus decisiones y opciones políticas. El terrorismo que surge de sus filas, incluso después de asumir responsabilidades de gobierno, es un terrorismo mártir, cuyos autores organizan su propia muerte al tiempo que la del enemigo israelí. Pero a diferencia de los terroristas de Al Qaeda, el sentido de sus actos radica en la lucha de una nación, es palestino ante todo, es obra de individuos que se sienten representantes directos de su comunidad nacional, en cuyo seno viven.

Así, si se observan con detenimiento los agentes y las agendas de las acciones violentas islámicas contemporáneas, las diferencias aparecen claras, lo cual excluye el enfoque que ve en el elemento religioso el único factor poderoso de unidad. Por supuesto, en Iraq una buena parte de los muertos (se ha avanzado la cifra de 14.000 desde el inicio de la intervención estadounidense y británica en ese país) es fruto de un conflicto entre suníes y chiíes, y no obedece, por tanto, a ningún concepto de unidad religiosa. Tampoco se puede deducir la unidad de los actos violentos islamistas de la tesis del choque de civilizaciones entre Occidente y Oriente, un modelo descrito por Samuel Huntington hace más de quince años y que se invalida aunque sólo sea porque el islam es a veces víctima, y no sólo autor, de los episodios de violencia que se ejercen en su nombre. Tampoco se encuentra la clave en Israel, que es sólo parcialmente un elemento aglutinador que permite a todas esas acciones violentas designar un mismo enemigo. También ahí conviene desconfiar de los planteamientos simplistas. Al Qaeda, por ejemplo, no se constituyó en modo alguno contra Israel, y el odio a los israelíes, o mejor dicho a los judíos en general, no entró en su programa hasta un punto muy tardío. Imaginemos por un instante que Israel no existiera, o ya no existiera: nada hace pensar que por eso los actos violentos del islam radical dejarían de encontrar su espacio.

En ciertos casos, el islam se asocia más bien a una lucha nacional o mejor dicho nacionalista, se trate de los palestinos, con Hamas, o de un régimen, como en Irán. En otros casos, comporta un proyecto político relativamente clásico, el de participar en un sistema político nacional, o mejor dicho, desempeñar el papel central en él, pero no constituirse a sí mismo en Estado: es lo que sugiere la experiencia de Hezbollah. Todavía en otros casos, el islam desempeña netamente el papel de una fuerza transnacional que determina de un modo genérico las conductas de sus agentes, como observamos en Al Qaeda, que desarrolla un terrorismo global,ya que sus dimensiones desbordan el nivel y por tanto el marco de los estados nación, a pesar de que eventualmente puede llegar a adquirir las dimensiones propias de ese marco.

En realidad, las acciones violentas islámicas carecen de unidad, no son susceptibles de integrarse en un proyecto único y reflejan, cada una a su manera, la fragmentación y las contradicciones que animan el universo árabe-musulmán: un universo efectivamente diversificado, aunque vertebrado por sus estados, sus naciones y sus fuerzas políticas.