Unidad y diversidad social

Una sociedad, sea cual sea, es a la vez una y plural. Al tratar de insistir en su unidad, incluso artificialmente, los periodistas, los intelectuales, los agentes políticos recurren a un vocabulario que no es el mismo que cuando se trata de considerar lo que separa o divide el cuerpo social. Y, en los dos casos, se perfilan graves peligros cuando se trata exclusivamente de una u otra posibilidad; sólo de lo que crea la unidad, de forma exclusiva, o únicamente de lo que conforma la diversidad.

Para hablar de unidad, se recurre en primer lugar a la idea de nación o, en ocasiones, a la de patria. La nación es, en sí misma, objeto de definiciones más o menos contradictorias, hasta el punto de que es posible proponer toda clase de dúos opuestos entre sí para dar cuenta de ello: para unos la nación es una expresión de la modernidad que la creó, para otros se enraíza en la tradición y la hostilidad a la modernización; para algunos presenta un carácter histórico, incluso völkisch, refiriéndose en este caso a la cultura y, en último extremo, a la sangre; y para otros presenta un carácter político, es abierta al mundo, acogedora o, por el contrario, cerrada, afanosa de homogeneidad cultural o étnica. Etcétera. La unidad de una sociedad se expresa, asimismo, evocando un pueblo, un término vago, fácilmente ambivalente pues en el discurso político no siempre se sabe si el pueblo es bueno, legítimo, soberano, justo o, al contrario, malo, versátil, manipulable. Y, si el pueblo es un sujeto histórico, ¿comprende este a toda la población, no excluye a las élites, a los privilegiados?

Ha sucedido, y sucede, que las ideas de nación o de pueblo sean emancipadoras, lo más distantes posible de toda clase de odio, de todo llamamiento a encerrarse sobre sí mismo, de toda intolerancia. Sin embargo, en estos tiempos de crisis, lo que se observa es más bien, generalmente, de otra naturaleza, compuesta de rechazo y desconfianza ante la alteridad e incluso, a veces, ante el ruido de botas.

Las referencias a la unidad, incluso a la unión, por ejemplo para hacer frente al terrorismo o a las dificultades económicas, tienen dos funciones principales. O expresan un nacionalismo hostil a todo aquello que pueda alterar la identidad nacional o la homogeneidad lingüística, cultural o étnica del pueblo: es, más bien, el caso de fuerzas contestatarias, de movimientos, de partidos de oposición más o menos racistas, antieuropeos o xenófobos. O bien invitan a la sociedad a superar sus diferencias en nombre de la lucha por su supervivencia o su integridad: tal es el caso de la parte de los poderes establecidos que tratan de obtener legitimidad. En ambos casos, el horizonte es el mismo: la democracia resulta debilitada, el autoritarismo amenaza y las divisiones internas en la sociedad ya no tienen ni espacio ni enfoque político posible.

Los nacionalismos impulsados por minorías que quieren emanciparse del marco impuesto por un Estado nación mayor, por ejemplo en Escocia, en Córcega o en Catalunya, pueden eludir en un grado u otro estas tendencias al tiempo que movilizan fuerzas contestatarias conducidas por un ímpetu democrático, ya rehúsen todo racismo o xenofobia o bien rechacen explícitamente la violencia. Pero ¿cómo no preguntarse sobre el futuro que trazarían en caso de alcanzar sus fines y si la idea nacional siguiera animando y coordinando la acción pero, en esta ocasión, de un poder establecido y no de un movimiento en lucha?

Durante largo tiempo, el vocabulario relativo a las diferencias en el interior de una sociedad se ha visto dominado por la cuestión social. Unos hablaban, por ejemplo, de clases o de movimiento obrero; otros, de desigualdades y de estratificación. Pero, desde hace más de medio siglo, la diversidad parece vivirse, en primer lugar, en términos culturales y, crecientemente, religiosos. Puede revelarse entonces inquietante, no en sí misma sino en razón de las tensiones que suscita. El principal desafío es en este caso el del enfoque político de tal forma que las diferencias puedan convivir entre sí.

Tal enfoque puede resultar rechazado o de alcance imposible, por ejemplo a raíz de tendencias autoritarias o nacionalistas que ya se han mencionado o debido a que el sistema político se halla, él mismo, en crisis, incapaz de responder a las expectativas provenientes de la sociedad. Cuando la cuestión social parecía imponerse a cualquier otra, podía adoptar el aspecto de un conflicto estructural que oponía el movimiento obrero, sus partidos y sus sindicatos a los dueños del trabajo. Este conflicto ha impulsado durante mucho tiempo la vida política e incluso ha llegado a suceder que revista una forma violenta; ha constituido oportunidad, en el caso de numerosas sociedades, de aprender la gestión institucional y política de las instituciones. Pero, en la actualidad, las diferencias en todas partes son religiosas o culturales, y no únicamente sociales, lo que dificulta tal gestión.

En estas condiciones, los sistemas políticos siguen diversos tipos de evolución contrastados que dan fe de las inmensas dificultades al abordar las diferencias, ya sean sociales, culturales o religiosas, o bien, como suele ser generalmente el caso, se combinan según estos diversos registros de mil y una formas y sobre un telón de fondo de individualismo generalizado. En algunos países, el paisaje político se fragmenta y deja de poder caracterizarse por una oposición binaria entre dos principales visiones posibles, como es el caso de España en la actualidad. En otros, un viejo sistema institucional y político estático y rígido no deja espacio nuevo más que en su periferia; es el caso de Francia, donde la única novedad política desde hará medio siglo ha sido la creación y auge del Frente Nacional. Y en otros países las divisiones políticas se borran o se edulcoran en provecho de un acuerdo de programa en la cumbre, tal vez la respuesta menos mala; es el caso de Alemania, donde Merkel gobierna con la socialdemocracia.

Cuanto menos gozan las diferencias sociales, culturales o religiosas de un tratamiento institucional o político satisfactorio, más se convierten en fuente de ignorancia y de inquietud, al tiempo que se refuerzan en el seno del grupo dominante las tendencias al autoritarismo y a los llamamientos a la nación.

Jugar, entonces, la única carta de la unión, es olvidar las injusticias sociales o las exigencias de reconocimiento que emanan de grupos culturales o religiosos, circunstancia que no hará más que radicalizar a parte de sus miembros. Cuanto más grave es el olvido, más se asemeja a una negación. Sin embargo, no poner de relieve lo que divide equivale a ser indiferente al vínculo social y a la pertenencia a una comunidad nacional o a un pueblo; es arriesgarse a la radicalización y, de ahí, a perspectivas propias de conflicto civil, de ruptura violenta, terrorista o revolucionaria.

Las democracias no podrán evitar grandes dramas más que combinando, y no oponiendo, estos dos principios no obstante contradictorios de la vida colectiva que son la unidad y la división. Esto implica el rechazo del autoritarismo, pero también el de la violencia; el rechazo del nacionalismo, pero el reconocimiento de la necesidad de un marco cultural y simbólico dotado de sentido para todos; la preocupación por transformar la crisis económica, social y política en debates y en conflictos institucionalizables. ¡Un bonito programa para el año que comienza!

Michel Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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