Unión Europea: 50 años de integración democrática

Por Manuel Marín, presidente del Congreso de los Diputados. Fue uno de los artífices de la firma del Tratado de adhesión de España a las Comunidades Europeas en 1985 y ha sido vicepresidente de la Comisión Europea (EL MUNDO, 24/03/07):

El proyecto de integración europeo cumple 50 años. Muchas cosas han pasado en el Viejo Continente en este medio siglo de existencia. Tantas, que es difícil imaginar en la actual Unión Europea las circunstancias y el momento histórico en que se produjo la firma del Tratado de Roma.

Si queremos comprender lo que ocurre en Europa hay que empezar por reconocer que en estas cinco décadas la situación interna e internacional de la reciente construcción europea ha conocido mutaciones formidables que, en ocasiones, han sido un gran pretexto para avanzar, pero que en otras han constituido un gran pretexto para pararse.

A pesar de los grandes cambios históricos que hemos vivido en el final del último siglo, sí podemos afirmar que el proceso de integración europeo ha sabido mantener algunas líneas directrices básicas que han supuesto elementos de referencia fundamentales para su desarrollo. Me refiero a que siempre haya sido un proyecto de integración basado en los valores propios de una sociedad democrática.

Puede parecer banal esta afirmación en los tiempos actuales, pero no lo ha sido en nuestro pasado reciente. Cuando los padres fundadores del proyecto firmaron el Tratado Fundacional en Roma en marzo de 1957 existían aún en Europa dictaduras fascistas y comunistas. Aquellas antiguas dictaduras de corte fascista en Portugal y España, y la sobrevenida más tarde en Grecia, son desde hace años miembros de pleno derecho de la UE. Los antiguos países satélites de la Unión Soviética recuperaron su independencia y su libertad y no dudaron en reclamar su derecho a participar enteramente en este proceso integrador.

Compartir los valores de la democracia y de la libertad en un proyecto común nos ha servido a muchos países miembros para rehacer parte de nuestra Historia gracias, precisamente, a que existía este lugar de acogida llamado proceso de integración europeo.

La adhesión española suele presentarse como el ejemplo de un país que ha sabido utilizar todo el potencial que procuran las políticas comunes para transformarse en un estado moderno y desarrollado, con una sociedad libre y abierta y una economía fuerte y sostenida. Yo creo que ha supuesto la operación de política exterior más rentable de nuestra Historia. Sin negar el esfuerzo colectivo realizado por la sociedad española en su conjunto para convertirse en una sociedad moderna, es evidente que nuestra pertenencia a la Unión Europea ha sido un factor de ayuda determinante para ser lo que hoy somos.

Tengo la impresión de que también será éste el caso de los antiguos países satélites de la época soviética, hoy miembros de pleno derecho, que encontrarán en su calidad de estados miembros la palanca necesaria para alcanzar la modernidad y el progreso económico.

Insisto en la reflexión inicial. Parece una banalidad confirmar hoy día que el proceso de integración europeo ha sido históricamente una referencia para aquellos países que carecían de un sistema democrático. Se da por supuesto que siempre ha sido así y se interioriza como algo normal que en el siglo actual seamos capaces de convivir con una razonable armonía hasta 27 países de diferentes tradiciones y culturas.

Mi apreciación personal, por haber vivido el episodio desde la sala de máquinas de la tan denostada burocracia de las instituciones europeas, es que la gran mutación histórica que supuso el derrumbe del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría en Europa se pudo reconducir con un cierto orden por dos razones fundamentales: la existencia de la propia Comunidad Europea y el ejercicio de un liderazgo firme por parte de los dirigentes políticos de la época.

Sin la Unión Europea como realidad institucional, sin su vocación para ampliarse, sin el mecanismo jurídico de sus Tratados de Adhesión, hubiera sido imposible resolver la situación creada en el Este europeo y la unificación de las dos Alemanias. El proyecto de integración europeo pudo demostrar, una vez más, su potencia para adecuar a los valores de la libertad, de la democracia y de la economía de mercado, a unos países que veían precisamente en su participación en la UE la plataforma para poder rehacer su independencia y recuperar la democracia.

Este proyecto de integración se explica mal. Creo que los apuntes históricos que acabo de describir son algo más, bastante más, que «la gran burocracia de Bruselas», concepto del gusto de los euroescépticos y que utilizan con fruición para reducir el papel de la Unión Europea a un conjunto de políticas vulgares que derrochan el dinero de los honrados contribuyentes.

Me gustaría apostillar mis comentarios con otro ejemplo que demuestra que también la UE ha sido capaz de racionalizar el debate económico, crear reglas, y tener la capacidad política de crear una moneda única y una zona económica regida por criterios económicos y financieros comunes.

La introducción del euro, hoy felizmente en el bolsillo de millones de personas, tanto fuera como dentro de Europa, ha supuesto un proceso que se ha prolongado durante más de 30 años. Para algunos, la moneda única era un atentado a su soberanía e iba a ser imposible de gestionar entre socios diversos y que aplicaban además políticas económicas y monetarias diferentes… Un invento más de la burocracia de Bruselas, se dijo durante muchos años.

Pues bien, cuando los líderes políticos de aquella época comprendieron la imposibilidad de obtener el mercado único que reclamaban si, al mismo tiempo, una moneda común y unas economías alineadas con unos criterios de convergencia no se ponían en marcha, se dio uno de los grandes saltos en la historia de la integración europea. Una vez más se pudo comprobar que los grandes proyectos salen adelante con grandes líderes que los interpretan y los dirigen.

Defender el euro hoy día también parece una banalidad porque ha sido un éxito. Conseguir este éxito no fue nada fácil, al contrario, tuvimos que desplegar un esfuerzo considerable para conseguirlo.

En estos momentos, la construcción europea vuelve a sufrir un nuevo parón y la Constitución Europea corre un serio riesgo después del no de varios países de la Unión. La opinión pública europea reclama que la seguridad interna e internacional, el medio ambiente, especialmente los retos derivados del cambio climático o la energía se conviertan en las grandes políticas del futuro. Es evidente que la Unión Europea necesita políticas comunes en estas materias.

Conseguirlas será muy difícil y de nuevo se plantea el debate de cómo proceder para poder alcanzar estos objetivos. Tengo mi respuesta a este dilema: los grandes saltos en la construcción europea, de ahora y de siempre, necesitan de grandes líderes y de un claro ejercicio de voluntad política. Si se descubre este liderazgo y se sabe ejercer se harán. Un claro liderazgo y un claro compromiso político es lo que falta.