Universalidad de la Lengua Española

Creo que los independentistas catalanes que quieren alejarse del mundo hispano están cometiendo una especie de suicidio cultural. Desde luego, no ignoro cuántos genios ha engendrado Cataluña. La amistad que me unía al gran pintor barcelonés Antoni Tàpies bastaba para estar bien informado; él se identificaba con el poeta y teólogo medieval mallorquín Ramon Lull, cuyas obras había ilustrado. Pero Tàpies era asimismo español, lo que le permitía acceder, me decía, a uno de los tres idiomas universales, español, inglés y francés, que también hablaba. Ciertamente, Tàpies, en su tiempo, no habría aceptado que le «miniaturizasen», quedar reducido únicamente a su cultura catalana. Pero, ¿qué es un lenguaje universal? ¿Realmente solo existen tres en el mundo?

Me parece que una lengua universal se puede definir objetivamente por su expansión lejos de su tierra de origen y por el uso que de ella hacen personas de orígenes y culturas infinitamente diversas. Por lo que respecta al inglés, que es, entre otras cosas, la lengua nacional de los indios y de Singapur, tanto como de los británicos, no hay necesidad de debatir. Igualmente, el francés es la lengua común de los africanos occidentales, de los árabes del norte y de los antillanos, que transmiten, con esta lengua única, contenidos infinitamente diversos. Y también, el español, al que en Argentina llaman castellano, reúne a pueblos que prácticamente no se asemejan en nada, excepto en la lengua, ya que Latinoamérica, vista de cerca, es muy heterogénea. ¿Deberíamos reconocer un estatus semejante al portugués? En absoluto, porque aparte de sus antiguas colonias, nadie aprende a hablar portugués, lo que no ocurre con el español, el inglés y el francés, que se enseñan en todas las naciones, hispanas o no, y en particular en Estados Unidos. Excluyo también el chino, porque aparte de los chinos de nacimiento, y algunos eruditos y comerciantes, nadie aprende la lengua «china», que además no está unificada: los cantoneses, por ejemplo, no entienden el mandarín, ni el sichuanés. Todo esto no implica ningún juicio de valor, pues no son sino hechos producidos por la Historia; todos los idiomas, pequeños y grandes por número de hablantes, son igualmente sublimes, pero no necesariamente universales.

Otro criterio que define una lengua universal es la multiplicidad de sus centros de creación lingüística y cultural. El francés se enriquece constantemente con palabras nuevas acuñadas en las Antillas, Quebec o África. Hay numerosos escritores de lengua francesa que no son de Francia, sino «francófonos», y sabemos hasta qué punto los escritores indios y antillanos renuevan en este momento la literatura en inglés.

En el mundo hispánico, esta proliferación de centros de creación no ha esperado a la época contemporánea, sino que se remonta al menos al Siglo de Oro. Cuando Octavio Paz publicó en 1982 la extraordinaria biografía de sor Juana Inés de la Cruz, subtitulada Las Trampas de la fe, su propósito, según me explicó entonces, era no solo celebrar a la monja poetisa, comparada a menudo con Quevedo y Góngora, sino también recordar que la cultura española era tanto de la Nueva España, como se decía entonces, como de la España metropolitana. Igual que el propio Octavio Paz, sor Juana Inés de la Cruz era mexicana, pero no menos española, pues una literatura se define por su lengua y no por su nacionalidad. Ignoro a qué se debe, pero es un hecho que las colonias francesas e inglesas no mostraron inmediatamente la misma fertilidad cultural que las de España. Quizá los franceses y los ingleses no se interesaron lo suficiente por las culturas locales como para obtener de ellas nuevas fuentes de inspiración, mientras que los españoles conocían a los pueblos que habían conquistado, aunque se defendieran de ellos. No carece de interés que sor Juana Inés hablara un idioma indio, el nahuatl de su región natal; Octavio Paz, tres siglos más tarde, apelará también a la cultura española y mexicana precolonial. Aquellos a quienes atemorice la enormidad de los libros de Octavio Paz, pueden coger un atajo hacia la universalidad de la lengua española viendo la hermosa película argentina de María Luisa Bemberg, basada en la vida de sor Juana Inés, Yo la peor de todas (1990), y, más recientemente,

Juana Inés, distribuida en español por Netflix, grandilocuente y un poco aventurada en la supuesta relación erótica con la virreina, la marquesa de Mancera, y sin duda excesiva en la caricatura de los dignatarios de la Iglesia que perseguían a sor Juana, pero acertada en conjunto.

Para concluir donde empecé, el que los catalanes rechacen todo esto por puro narcisismo local y politiqueo, me parece muy decadente. En cuanto a querer imponer semejante retirada del mundo a los no catalanes que viven en Cataluña me parece un neocolonialismo miniaturizado, pero neocolonialismo, al fin y al cabo.

Guy Sorman

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