Universidad, decadencia

Por Pablo Jauralde Pou, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de la biografía más completa de Francisco de Quevedo (EL MUNDO, 05/04/08):

A quienquiera que ronde en un campus universitario por escuelas y facultades le llamará la atención la cantidad y variedad de proclamas idealistas que engalanan sus paredes -contra el hambre, la miseria, la corrupción, los géneros militares y económicos…- , en armonía con la generosidad que en ese lugar se prodiga para firmar casi a diario en pasillos, paredes, reuniones, etcétera, escritos contra tiranías, catástrofes, abusos y otras secuelas de nuestro paso por la tierra. Se diría que al llegar a la universidad penetra uno en un limbo ennoblecido, pasajeramente, por la utopía juvenil, casi siempre refrendada, impulsada incluso con entusiasmo crítico, por la intelectualidad universitaria.

Nada más lejos de la realidad. A poco que mantenga uno la atención sobre ese lugar y su organización -y llevo casi 40 años haciéndolo- se irá percatando de que tantas proclamas y tantas críticas se suelen situar siempre, cuidadosamente, al margen de la propia institución, de la universidad, donde uno anota en su cartera a cada paso el desprecio hacia el inferior, la deshumanización de problemas, el silencio ante cualquier situación coercitiva, el despilfarro, la falta de ética en casos simples de la vida cotidiana…

Cada cartel y cada proclama tienen su correlato, su ejemplo, en la práctica real que se ejerce en ese inmenso tugurio: el vice de lo que sea que envía 1.000 cartas en carísimo folio timbrado para anunciar su nadería; el decano que se engalana como novia para mostrar el aparato de su título mientras los estudiantes pierden las mañanas en largas colas; el jefe de departamento que amaña reuniones y provoca votaciones sucias; el profesor que ignora la condición humana de sus subalternos; el becario que oculta cuidadosamente las opciones de promoción que conoce; el cuidadoso sistema de clientelismo que domina todo… Se diría que esto es normal, que acudimos todos con nuestra mochila personal de virtudes y defectos y que de ella no nos desprendemos cuando traspasamos las puertas de la universidad. Puede ser, pero para eso podría funcionar la institución, ejerciendo su noble función educadora en primera instancia e intentando amortiguar el efecto de conductas que malcasan con el dorado utópico.

El contraste entre lo que se predica y lo que se hace puede ser la distancia entre la generosidad juvenil y su capacidad de materializarla; pero no debiera exhibirse de manera tan brutal en el caso de otros estamentos universitarios, particularmente el de los profesores y sus acólitos, y el de la parafernalia burocrática que domina el aparato oficial y que se consolida o se acomoda a la institución, como una pandilla de monigotes amamantando un fantasma. Creo que así nos pueden ver desde fuera. Y acertarían.

No me cabe duda de que estoy generalizando a la mala parte; cierto. Tampoco me cabe duda de que esa vertiente negativa, primero, domina la situación; luego, ha terminado por procrear todo tipo de inmoralidades; y, finalmente, corre de su cuenta el rechazo de críticas y reformas, es decir, ejerce el papel de depredador de buenas intenciones, con notable eficacia y el aplauso de puertas adentro.

El hábito de alimentarse de las ideas, sobre todo cuando no se corresponden, ni por pienso, con las conductas, engendra ese curioso palo aséptico o esfinge que conserva su pureza mirando lejos, en donde no va a poder hacer nada, mientras a su lado se cometen arbitrariedades, tropelías e injusticias. La esfinge, a veces, se desmelena con el hambre de Senegal y con el deshielo del Artico. La vetusta mole universitaria bendice aquella asepsia como un procedimiento para mantener la imagen de una institución noble, de altas y lejanas miras, que quiere conservar su predicamento social y su halo de prestigio, a pesar de que no parece que en ella se asuman nunca o casi nunca los principios que jalea para aplicarlos.

La corrupción total del sistema se ha consolidado, primordialmente, al desarrollarse dentro del propio organismo sistemas interesados fuera de control, sancionados por quienes los disfrutan, y calificados como democráticos. En nombre de esa palabra se insulta a casi todos y casi todo. El primer insulto es para la inteligencia de los lugareños universitarios, que han de aceptar la tropelía si quieren mantener su vocación, su trabajo, su tranquilidad para poder ser eficaces en su campo, como economistas, médicos, ingenieros, juristas, historiadores, químicos… Quienes hacen constante uso de la palabra, sin embargo, no quieren discutir su significado. Nunca admitirán, primero y ante todo, que el lugar donde se produce el rito de la votación -que es a lo que suelen reducir el término- ha de estar lo más limpio posible de turbulencias, y que es deber de quien promueve estas votaciones devolver constantemente a los votantes su libertad, su capacidad crítica, su acceso a posibilidades de elección que no se supediten a la necesidad o al interés acuciante.

En la universidad española se hace exactamente lo contrario. En cada miserable celulilla universitaria se reproduce como una gangrena su propio mal: una serie de individuos -a veces cuadrillas de mafiosos acuartelados-, dirigidos por un cabecilla, del que dependen en buena medida bastantes cosas de su vida pública y privada (plazas, horarios, promociones, dinerillos…), disponen de lo que han de ser sus tareas (clases, exámenes, programas, becas, etcétera), desde luego, pero también de quién puede y quién no llegar a esa célula, ejercer ese oficio y acaparar el tesorillo reservado. Además, la cuadrilla se autoproclama «soberana», y no admite ninguna reclamación que ponga en duda la validez de sus votaciones. Lo normal, en fin, es que se excluya a todos los que no pertenecen al clan, primero; y a todos los que no están presentes en la célula, luego. Y con esa jactancia democrática se autosatisfacen y empalagan, se reúnen, y se dan a la masturbación intelectual que les consagra, al mismo tiempo, como profesores, intelectuales, demócratas, etcétera, porque han decidido a mano alzada sobre ellos mismos y su papel. Y así hasta que se mueran o se jubilen, aunque ya no abran un libro, tomen una probeta o generen un espacio de investigación y crítica. La ausencia de ese aire limpio es, en estos momentos, uno de los principios generales y aceptados complacientemente por ellos mismos para lograr un exquisito grado de corrupción en la universidad.

Por otro lado, consumado aquel simulacro democrático y consolidada su pertenencia a la intelectualidad privilegiada, no reconocerán nunca que es necesario un exquisito respeto hacia las minorías y hacia los ajenos. Batalla que siempre ganarán, pues con las mismas mañas democráticas los ajenos siempre lo serán; y las minorías siempre perderán las votaciones, incluyendo aquella que pide que se les respete como minorías.

El hacer funcionar esos mecanismos democráticos en espacios cerrados en donde no existe libertad suficiente para ejercitarlos, y en donde los votantes excluyen de entrada a todos sus oponentes, ha pervertido definitivamente el sistema. Y sobre ese eje descansan los departamentos y la mayoría de las universidades españolas que conozco.

Pero el sistema universitario ha generado, como todas las estructuras de poder, sus propias reglas de juego: nadie que esté fuera del sistema puede criticarlo, y si lo hace, será descalificado. Las críticas internas que operen desde supuestos distintos, o que utilicen formas no habituales -como la de este artículo- serán siempre tachadas de inapropiadas e indecentes, porque no se han sometido previamente a las normas que los criticados han establecido, lo que es una manera bien simple, como se sabe, de amortiguar cualquier crítica, como cuando en la declaración de la renta nos suministran un impreso para «reclamar», según sus propias normas de lo que es una reclamación.

Quien reclama se somete. La función del poder se ejerce con su mera existencia y con el uso impecable de una reglamentación: un decano bien pulido, con su dependencia gremial, y un jefe de departamento con sus votos bien amarrados -es decir: sus dependencias sutilmente manifestadas y la necesidad de su firma para todo- es garantía de movilidad controlada; una jerarquización en donde las formas se impongan sobre los contenidos es garantía de inmovilismo. Luego, la estructura del poder se defiende al enunciarse y manifestarse, cosa de la que dan cuenta los rangos y las ceremonias, las reuniones regladas y las condescendencias derramadas siempre desde arriba. La caspa del rector ha de bautizar sistemáticamente a los vices y los decanos, que a su vez, procederán a idéntica ceremonia sobre sus subordinados. Nótese que en todos estos casos -de caspa reglada y suprema, diríamos- autoridad y jerarquía no proceden, como pudiera pensarse, de conocimiento, sabiduría, técnica, capacidad, etcétera, sino de la reglamentación que las universidades mismas se dan para su gobierno. Un decano, apoyado en su estatus administrativo, puede ser, bonitamente, azote de investigadores, depredador de docentes y castrador de vocaciones… y analfabeto.

Una vez que cada individuo ocupe su cargo, sancionará, como pontífice, todas las proclamas sobre mundos ajenos, perorá en los foros, hablará de la libertad, la justicia y la ética -sin preocuparse de su práctica, desde luego- y dejará que el estrato de poder sobre el que descansa tanta eminencia haga su juego, recelando siempre de los colegas que trabajan, investigan, crean o critican. Una crítica desde dentro se considerará una deserción y el aparato represor podrá, en consecuencia, sancionar rápidamente esa deserción intentando señalar o expulsar al osado.

Que una institución, uno de cuyos principios básicos es el desarrollar el sentido crítico de quienes acuden a ella, se haya estructurado para cerrar el paso a cualquier crítica, organizándose burdamente para que así sea, dice ya mucho de lo que se puede esperar de ella. Y que se haya consolidado como sistema el que se basa en el funcionamiento aberrante de las células de administradores y advenedizos que pueden controlar talleres, seminarios, investigaciones, etcétera, quiere decir que esta institución ha entrado en total decadencia y que necesitaría, definitivamente, sin piedad, de una vez, su reforma absoluta.