Universidad e investigación, inseparables

Tres reales academias nacionales, las de Ciencias, Medicina y Farmacia, han valorado recientemente la figura del profesor Julio R. Villanueva, para rendir homenaje a una de las trayectorias académicas y científicas más relevantes de la segunda mitad del siglo XX en España.

Su labor representa un ejemplo de notable éxito, de los que llegan a ser paradigmáticos y que deberían inspirar las iniciativas legislativas de reforma de nuestra universidad. Todo ello por demostrar que en España también se ha hecho posible el desarrollo de escuelas científicas capaces de proyectar la investigación en la docencia universitaria, fomentando la selección y la movilidad de profesores competentes. Esa movilidad del profesorado universitario y personal investigador, a pesar de ser reconocida como muy necesaria en todas las leyes y normas aprobadas en las últimas décadas por gobiernos de distinto signo, se ha ido perdiendo casi por completo. La endogamia que caracteriza actualmente a la universidad española constituye una de las características más negativas de nuestras instituciones de educación superior, que nos aleja de los mejores sistemas universitarios de otros países.

Inspirado por maestros destacados, doctorado en la prestigiosa Universidad de Cambridge, y después de crear un grupo de investigación en el CSIC, Villanueva accedió en 1966 a una cátedra en la Universidad de Salamanca, movido siempre por el convencimiento de que hemos de acabar con la insatisfacción que produce la deuda de España con la Ciencia, tal como lo formuló Cajal. Desde el foco salmantino –qué mejor lugar para plantear una tarea universitaria ambiciosa– Villanueva se constituyó en inspirador de vocaciones para la dedicación universitaria, en todos los casos impregnadas por una inquietud y una preocupación fundamental: la investigación como forma de culminar una tarea académica de excelencia.

Centrado en el cultivo de las Ciencias de la Vida, con una visión moderna basada en las aproximaciones experimentales que han propiciado avances espectaculares en el conocimiento, el profesor Villanueva y su escuela han destacado en el cultivo de la Microbiología. Su trabajo arranca en las décadas de los 50 y 60, etapa fundamental para los estudios microbianos, que se constituyen en fundamento de una buena parte de los estudios experimentales sobre los seres vivos. La Biología Molecular emergía entonces con fuerza gracias al conocimiento que propiciaban los microbios como sistema de experimentación. Se descifraba el código genético universal y la organización genética de las bacterias y sus virus dominaba la escena. Además, los antibióticos y su «modo de acción», y la bioquímica microbiana, con resultados de enorme impacto práctico, constituían puntos focales, mientras que las fermentaciones industriales alcanzaban escalas crecientes.

La escuela salmantina de Microbiología destacó por la selección de candidatos capaces y motivados lo que se acompañaba de notables exigencias. Entre ellas, Villanueva impuso un extenso período de formación postdoctoral en el extranjero, como algo fundamental para la ulterior consolidación en el mundo académico español. Todo ello habría de dar magníficos resultados que se proyectaron de manera especial en la universidad española en su conjunto. Profesores formados junto a Villanueva ocuparon cátedras en más de una docena de universidades españolas, en las que a su vez generaron focos de intensa actividad docente e investigadora. Otros accedieron a centros extranjeros, mientras que dos excelentes institutos de investigación, el de Biología Funcional y Genómica, y el Centro de Investigación del Cáncer, ambos vinculados a la Universidad de Salamanca y al CSIC, han surgido como consecuencia de sus esfuerzos y constituyen a día de hoy una espléndida realidad en la ciudad del Tormes.

Casi cinco décadas han transcurrido desde que comenzó la actividad del profesor Villanueva en la Universidad de Salamanca. Su influjo ha sido decisivo para el desarrollo y consolidación de investigaciones microbianas, que también se proyectan en el desarrollo de la Biotecnología en España, basado en buena medida en materiales y sistemas de trabajo microbianos. La Biotecnología, microbiana en notable proporción, constituyó pronto uno de los terrenos en los que los microbiólogos españoles alcanzaron mayor presencia y competitividad en Europa. Igualmente hubo momentos en que las empresas farmacéuticas internacionales identificaban a la Microbiología como uno de los campos en los que invertir en I+D en España.

Podemos hablar de un despegue de la Ciencia española que sucede desde el inicio de los años ochenta y que se proyecta hasta la primera década del siglo actual. Se trata de un primer despegue que supuso multiplicar por tres nuestra contribución porcentual a la creación de conocimiento, que determinó un notable aumento de la visibilidad internacional de nuestra producción científica, y que se acompañó con un salto notable del esfuerzo español en I+D, alcanzando más del 1,3% de nuestro PIB. Tareas como la creación y formación de escuelas científicas en España, como la promovida por Villanueva, han sido esenciales para ese despegue. Todo ello nos hace añorar un segundo y definitivo despegue, para el que estamos preparados, pero que requiere esfuerzos adicionales de inversión en Ciencia, que también favorezcan la innovación. Y que sólo será posible si se promueve la reforma que ahora necesita nuestra universidad.

César Nombela, catedrético de Microbiología y rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

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